Legisladores, matemáticas y Constituyente
En el ambiente nacional circula la fiebre de la Constituyente como piedra de toque para la fundación de un nuevo país que, a partir de ahí, elimine los vicios de nuestra política local. Los números son claros y sin ambages: cerca del 75 % de los ciudadanos desconoce de manera supina la Carta Fundamental y es percibida como algo ajeno a su quehacer cotidiano. Sería romántico pensar que una sociedad acostumbrada a tolerar la corrupción en sus instituciones fundamentales, cambiase sus paradigmas al tenor de lo que redacten los futuros constituyentes. La reacción al tema de la Constituyente se da por pura desesperación y hastío de la ciudadanía ante el grupo de privilegiados que la percepción popular concibe como hontanar de todas las corruptelas y pecados políticos: nuestros legisladores.
Hay dos tipos de legisladores, el citadino y el de provincias. Sobre el legislador de la ciudad no abundaré, pues conozco poco el especimen. Me concretaré al legislador de provincias y analizaremos algunas estadísticas. Debido a la Constitución, el número de legisladores es dinámico en sentido positivo; es decir, que es creciente y correlacionado con el incremento de la población, ya que nuestra tasa de natalidad supera a la de mortalidad. Cada vez que nos avecindamos 40 mil panameños en sitios geográficos predeterminados, tenemos el derecho a disfrutar de uno de estos hacedores de leyes. Entonces, nuestra Carta Magna junta la geografía con nuestra testosterona y tenemos este extraño híbrido donde el legislador no solamente representa a un territorio virtual conocido como circuito electoral, sino que además la cantidad requerida de legisladores depende del crecimiento demográfico anual y del impulso vigoroso de nuestras gónadas.
Algunos países de gran extensión territorial como Colombia mantienen la representación del Organo Legislativo en base a la división administrativa del territorio: un senador por departamento. Según los parámetros colombianos, ocuparíamos nueve legisladores actualmente. Si trasladásemos los estándares panameños (un legislador por cada 40 mil habitantes) al subcontinente indio tendríamos que India requeriría 12,500 legisladores para una población de 500 millones. Sería un hemiciclo con la población de Boquete, Chiriquí, aproximadamente.
En Panamá, los presidentes se eligen por mayoría simple en elecciones cada cinco años y su reproducción vía reelección queda vedada por diez años después de terminado su período. Los representantes de corregimiento tienen una tasa de crecimiento estática, pues requieren de una reforma administrativa para que al crear nuevos corregimientos se reproduzcan representantes adicionales de la especie. El número de alcaldes mantiene a su especie y género prácticamente inamovible, como algunas naciones europeas, debido a que no es sencillo crear distritos juntando corregimientos adicionales. Sólo el legislador depende de nuestro impulso reproductivo y testicular, pues entre más panameños nacen, más legisladores planean en el horizonte sobre la rapiña y los despojos del país.
El legislador en los pueblos de provincia es considerado una especie de supraciudadano, alguien quien está más allá de las leyes. Convertido en señor de alta y baja justicia, juez de horca y cuchillo los villanos acuden a su feudo sombrero en mano a pedir pedazos de la pitanza del gobierno: algún empleo en la planilla, quitar infracciones de tráfico, un tanque de gas para cocinar o de ser posible dinero en efectivo. Si el legislador de provincias es oficialista, la parentela puede estar tranquila de ir a parar a la planilla de la Asamblea y a otros estamentos del gobierno provincial.
Como nominalmente se acabaron las añoradas partidas circuitales, el legislador oficialista se apalancará con algún copartidario instalado en el FIS para derivar maquinarias y equipo a través de alguna Organización No Gubernamental local y empezar el camino hacia la reelección con fondos del Estado: ausencia de licitaciones y control previo para construir caminos defectuosos, puentes inseguros, acueductos que colapsan en tres meses después de inaugurados, clínicas que no se usan porque no hay dinero para comprar equipo y nombrar médicos o sencilla y llanamente regalar bolsas de comida y útiles de escuela. Si el legislador de provincias no es oficialista y encima de todo el circuito electoral es uninominal, esas desgraciadas poblaciones deben buscar la anexión a otro país, pues serán borradas del presupuesto de obras de la nación.
Adicionalmente, el legislador es el único funcionario electo que no responde a sus electores, responde a sus gamonales políticos, ya que la curúl legislativa es asignada al Partido y no a los votantes. Surgen aberraciones matemáticas que desvirtúan la voluntad popular, tales como el cociente, medio cociente y residuo que introducen una severa distorsión a los resultados electorales en aras de una representatividad de los partidos y esquilman la voluntad de los electores al ignorar los resultados de la mayoría simple por la que acceden el presidente, los alcaldes y representantes de corregimientos a sus cargos, mas no así los legisladores.
La cantidad y número creciente de legisladores desvirtúa su calidad. Comparemos la Asamblea Legislativa actual y busquemos a alguien remotamente cercano a la claridad de ideas y formación jurídica del Dr. Justo Arosemena, a la beligerancia y debate elegante del Dr. Demetrio Porras o a la amplia cultura humanística del Dr. Carlos Iván Zúñiga, diputados todos en otras épocas a la Asamblea, y contrastaremos de manera vergonzante nuestra situación actual. Probablemente, las reformas constitucionales o una nueva constitución sean vistas como la panacea a nuestros vicios políticos. Pero, una vigorosa reforma al Organo Legislativo es una tarea ineludible para venideros gobernantes y para nosotros los contribuyentes.
Recordemos algo de historia: Ruy Díaz de Vivar adoraba a su corcel Babieca, Alejandro el Grande elevó a rango militar a su equino Bucéfalo y Calígula hizo senador romano a Incitatus, su caballo.
En las elecciones venideras debemos recordar, contrario sensu, que no todos los caminos conducen a Roma y empezar por no desperdiciar los próximos cien años de régimen republicano.
Hay dos tipos de legisladores, el citadino y el de provincias. Sobre el legislador de la ciudad no abundaré, pues conozco poco el especimen. Me concretaré al legislador de provincias y analizaremos algunas estadísticas. Debido a la Constitución, el número de legisladores es dinámico en sentido positivo; es decir, que es creciente y correlacionado con el incremento de la población, ya que nuestra tasa de natalidad supera a la de mortalidad. Cada vez que nos avecindamos 40 mil panameños en sitios geográficos predeterminados, tenemos el derecho a disfrutar de uno de estos hacedores de leyes. Entonces, nuestra Carta Magna junta la geografía con nuestra testosterona y tenemos este extraño híbrido donde el legislador no solamente representa a un territorio virtual conocido como circuito electoral, sino que además la cantidad requerida de legisladores depende del crecimiento demográfico anual y del impulso vigoroso de nuestras gónadas.
Algunos países de gran extensión territorial como Colombia mantienen la representación del Organo Legislativo en base a la división administrativa del territorio: un senador por departamento. Según los parámetros colombianos, ocuparíamos nueve legisladores actualmente. Si trasladásemos los estándares panameños (un legislador por cada 40 mil habitantes) al subcontinente indio tendríamos que India requeriría 12,500 legisladores para una población de 500 millones. Sería un hemiciclo con la población de Boquete, Chiriquí, aproximadamente.
En Panamá, los presidentes se eligen por mayoría simple en elecciones cada cinco años y su reproducción vía reelección queda vedada por diez años después de terminado su período. Los representantes de corregimiento tienen una tasa de crecimiento estática, pues requieren de una reforma administrativa para que al crear nuevos corregimientos se reproduzcan representantes adicionales de la especie. El número de alcaldes mantiene a su especie y género prácticamente inamovible, como algunas naciones europeas, debido a que no es sencillo crear distritos juntando corregimientos adicionales. Sólo el legislador depende de nuestro impulso reproductivo y testicular, pues entre más panameños nacen, más legisladores planean en el horizonte sobre la rapiña y los despojos del país.
El legislador en los pueblos de provincia es considerado una especie de supraciudadano, alguien quien está más allá de las leyes. Convertido en señor de alta y baja justicia, juez de horca y cuchillo los villanos acuden a su feudo sombrero en mano a pedir pedazos de la pitanza del gobierno: algún empleo en la planilla, quitar infracciones de tráfico, un tanque de gas para cocinar o de ser posible dinero en efectivo. Si el legislador de provincias es oficialista, la parentela puede estar tranquila de ir a parar a la planilla de la Asamblea y a otros estamentos del gobierno provincial.
Como nominalmente se acabaron las añoradas partidas circuitales, el legislador oficialista se apalancará con algún copartidario instalado en el FIS para derivar maquinarias y equipo a través de alguna Organización No Gubernamental local y empezar el camino hacia la reelección con fondos del Estado: ausencia de licitaciones y control previo para construir caminos defectuosos, puentes inseguros, acueductos que colapsan en tres meses después de inaugurados, clínicas que no se usan porque no hay dinero para comprar equipo y nombrar médicos o sencilla y llanamente regalar bolsas de comida y útiles de escuela. Si el legislador de provincias no es oficialista y encima de todo el circuito electoral es uninominal, esas desgraciadas poblaciones deben buscar la anexión a otro país, pues serán borradas del presupuesto de obras de la nación.
Adicionalmente, el legislador es el único funcionario electo que no responde a sus electores, responde a sus gamonales políticos, ya que la curúl legislativa es asignada al Partido y no a los votantes. Surgen aberraciones matemáticas que desvirtúan la voluntad popular, tales como el cociente, medio cociente y residuo que introducen una severa distorsión a los resultados electorales en aras de una representatividad de los partidos y esquilman la voluntad de los electores al ignorar los resultados de la mayoría simple por la que acceden el presidente, los alcaldes y representantes de corregimientos a sus cargos, mas no así los legisladores.
La cantidad y número creciente de legisladores desvirtúa su calidad. Comparemos la Asamblea Legislativa actual y busquemos a alguien remotamente cercano a la claridad de ideas y formación jurídica del Dr. Justo Arosemena, a la beligerancia y debate elegante del Dr. Demetrio Porras o a la amplia cultura humanística del Dr. Carlos Iván Zúñiga, diputados todos en otras épocas a la Asamblea, y contrastaremos de manera vergonzante nuestra situación actual. Probablemente, las reformas constitucionales o una nueva constitución sean vistas como la panacea a nuestros vicios políticos. Pero, una vigorosa reforma al Organo Legislativo es una tarea ineludible para venideros gobernantes y para nosotros los contribuyentes.
Recordemos algo de historia: Ruy Díaz de Vivar adoraba a su corcel Babieca, Alejandro el Grande elevó a rango militar a su equino Bucéfalo y Calígula hizo senador romano a Incitatus, su caballo.
En las elecciones venideras debemos recordar, contrario sensu, que no todos los caminos conducen a Roma y empezar por no desperdiciar los próximos cien años de régimen republicano.