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Lenguaje político


La forma y el contenido del lenguaje expresado por quienes hacen política partidista no deja de ser manipulador y engañoso. Diríamos que esa es la forma apropiada con que pretenden enviar mensajes, los que a la postre resultan argucias que no resuelven nada, contribuyendo así cada vez más con la deformación de la gente.

Interesante es la obra "Simuladores del Talento", del médico argentino José María Ramos Mejía, que reproduce en gran medida al político nacional, sobre todo en el discurso. Desde luego, la forma y el fondo constituyen partes de una misma cosa.

En el caso del lenguaje político panameño, lo disforme en su presentación lo sitúa en un pobrísimo nivel, producido sin elegancia, sin el acompañamiento de los elementos que deben darle vida, sin los recursos idiomáticos necesarios, como la sátira, por ejemplo, hace que se perciba chabacano, sin los tonos que inviten a prestar oídos, sin el efecto docente que debe animarlo permanentemente; en fin, amorfo en toda su extensión. Más bien, en lo que a la forma respecta, ese lenguaje ha mostrado un retroceso. Los discursos encendidos con garbo, contenido y apropiado uso de la retórica -presentes en un ayer- han sido desmovilizados por la rudeza, la procacidad y el chirrido. Lo que hoy tenemos son expresiones del político simulador, que Ramos Mejía al referirse precisamente a este tipo, es decir al que simula, dijo que son: "mentirosos emotivos por excelencia", "deliciosos macaneadores", que presentan una "incoercible verborragia", "oralidad verbosa cargada de colores chillones", y una "pose sugeridora". A partir de éstas, el simulador recrea, repite y reemplaza palabras, frases y enunciados que fueron originalmente expresados por otra persona.

Por otro lado, el contenido del discurso es vacuo, anémico, soso, y no tiene en su interior la fortaleza conceptual que coadyuve a la cohesión de la conciencia panameña. Con un manejo precario de la realidad, y sin una adecuada visión del país de hoy, y al que aspiramos mañana, han hecho de manera muy particular su propio fondo, dándole al discurso un sentido ramplón, cuyo contenido nada dice.

De allí que tanto la forma como el fondo del lenguaje político panameño muestra sensibles deficiencias que consecuencialmente tienen un efecto en la propia actividad política. Desde oficialismo se advierte un discurso engañador que se profundiza, por ejemplo, cuando se introduce la variable del cambio. Más real para su pretensión de éxito en el próximo torneo electoral, hubiera sido hablar de continuismo, que es en verdad lo que lo caracteriza. Y, peor aún es la cosa cuando plantean la tesis de los millones, sin reparar que la portaestandarte de ese mismo oficialismo para el evento venidero se ubica justamente en el marco de los millones.

Y, desde la oposición, el cambio como argumento se sustenta sobre lo actuado por el oficialismo y la necesidad del replantear otros objetivos, sin dejar bien establecido a cuál se refieren por cuanto que éste puede darse de distintas formas y los efectos igualmente.

Así las cosas, el lenguaje político en Panamá presenta hoy síntomas evidentes de negación y de un atraso manifiesto. Ninguna de la ofertas electorales han podido incidir en las masas desde un discurso que sustente sus ofertas que no aparece con seriedad. El debate se ha reducido a la propaganda y al recorrido de autos, y el lenguaje a un dime y dierete, o a un coloquio falaz que no contribuye, ni edifica.

101 años de Panamá América

 
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