¿Leyenda negra o nacionalidad?
A dos años de la celebración del centenario de la fundación del Estado Nacional panameño, nos encontramos nuevamente con quienes parecen querer revivir la llamada leyenda negra sobre el origen de ese Estado y la República. De esta manera, un ciudadano panameño, llamado Ovidio Díaz Espino, ha publicado una obra en inglés titulada: ¿How Wall Street Created a Nation?, donde destaca el liderato del presidente Theodore Roosevelt, William Nelson Cromwell, Phillipe Bunau-Varilla, así como otros estadounidenses.
La llamada leyenda negra panameña tiene su imagen en la leyenda negra española, es decir, una perspectiva deformadora, destructiva y unilateral de los hechos del descubrimiento y conquista de España en América y, en nuestro caso, una visión negativa de los acontecimientos de los días 3, 4 y 5 de noviembre de 1903, así como el desconocimiento del proceso nacional panameño.
Si bien la leyenda negra tuvo el apoyo de algunos istmeños, siendo el más destacado, Oscar Teran, algunos colombianos, como Eduardo Lemaitre, y varios sudamericanos, aún hoy encontramos panameños que ven en nuestro pasado de 1903, como un pretérito que toma diferentes formas: novelesco, pecaminoso, sardónico, oscuro, amargo, fantasmal, abstracto o distorsionador. Pareciera un trauma, consciente o inconsciente, o como un mito o magia-ficción, que en la penumbra de los verosímil o inverosímil ha llevado a muchos de nuestros políticos, voluntaria o involuntariamente, a decir que nuestro pasado hay que dejarlo atrás. Negar historia es negar nuestra identidad.
Sin embargo, la leyenda negra panameña o como su opositora la leyenda blanca (o rosa), son insostenible a la luz de las nuevas interpretaciones de nuestra historia y a la labor de los historiadores de la Universidad de Panamá. Así, se ha reconocido que en los sucesos del 3, 4, 5 de noviembre de 1903 sí hubo una siniestra conspiración por parte de William Nelson Cronwell, Theodore Roosevelt y sus seguidores, en defensa de acciones imperialistas del Big Stick e intereses económicos egoístas, así como también, una conspiración interna encabezada valientemente por José Agustín Arango y su familia, con el fin de lograr en forma definitiva los objetivos largamente acariciados por los hombres más notables del siglo decimonónico y las masas populares: la búsqueda de nuestro propio destino histórico.
Una cadena de potencialidades nos hace comprender que en el siglo XIX, fragmentariamente estudiado en Panamá, lucharon con paciencia para conformar su auténtica personalidad nacional, así como un enorme esfuerzo por realizar y adaptar las instituciones a las necesidades nuevas y tan perentorias para el Istmo, pero que la Nueva Granada o Colombia insistieron incomprensiblemente en negarle su autonomía.
Es, precisamente, el doctor Justo Arosemena, la personalidad intelectual más genial del siglo decimonónico, quien recoge en su famoso alegato titulado El Estado Federal de Panamá, el espíritu o el alma de la nacionalidad panameña explicando su determinismo geográfico y económico, su complejidad social, el funcionamiento y estructura moderna de un Estado, y las razones históricas de los movimientos separatistas de 1830, 1831 y 1840. Es él, en realidad, el verdadero teórico de la nacionalidad panameña.
Si comprendemos que la formación y realización de la nacionalidad debía concretarse y se hacía cada día más urgente después del triunfo del movimiento de regeneración del doctor Rafael Núñez y lo que significó para ese proceso que aniquiló el autonomismo o federalismo, conjugado con la feroz Guerra Civil de los Tres Años o Mil Días, y los agravios que apunta el Manifiesto de la Junta Provisional de Gobierno, llegamos a la conclusión de que el destino istmeño tenía por necesidad insoslayable que buscar la separación e independencia de Colombia. Independencia que afrontaría nuevos retos a favor de la consolidación del Estado Nacional y con ella su trascendencia universal, así como la fundamental reafirmación de su soberanía total.
La llamada leyenda negra panameña tiene su imagen en la leyenda negra española, es decir, una perspectiva deformadora, destructiva y unilateral de los hechos del descubrimiento y conquista de España en América y, en nuestro caso, una visión negativa de los acontecimientos de los días 3, 4 y 5 de noviembre de 1903, así como el desconocimiento del proceso nacional panameño.
Si bien la leyenda negra tuvo el apoyo de algunos istmeños, siendo el más destacado, Oscar Teran, algunos colombianos, como Eduardo Lemaitre, y varios sudamericanos, aún hoy encontramos panameños que ven en nuestro pasado de 1903, como un pretérito que toma diferentes formas: novelesco, pecaminoso, sardónico, oscuro, amargo, fantasmal, abstracto o distorsionador. Pareciera un trauma, consciente o inconsciente, o como un mito o magia-ficción, que en la penumbra de los verosímil o inverosímil ha llevado a muchos de nuestros políticos, voluntaria o involuntariamente, a decir que nuestro pasado hay que dejarlo atrás. Negar historia es negar nuestra identidad.
Sin embargo, la leyenda negra panameña o como su opositora la leyenda blanca (o rosa), son insostenible a la luz de las nuevas interpretaciones de nuestra historia y a la labor de los historiadores de la Universidad de Panamá. Así, se ha reconocido que en los sucesos del 3, 4, 5 de noviembre de 1903 sí hubo una siniestra conspiración por parte de William Nelson Cronwell, Theodore Roosevelt y sus seguidores, en defensa de acciones imperialistas del Big Stick e intereses económicos egoístas, así como también, una conspiración interna encabezada valientemente por José Agustín Arango y su familia, con el fin de lograr en forma definitiva los objetivos largamente acariciados por los hombres más notables del siglo decimonónico y las masas populares: la búsqueda de nuestro propio destino histórico.
Una cadena de potencialidades nos hace comprender que en el siglo XIX, fragmentariamente estudiado en Panamá, lucharon con paciencia para conformar su auténtica personalidad nacional, así como un enorme esfuerzo por realizar y adaptar las instituciones a las necesidades nuevas y tan perentorias para el Istmo, pero que la Nueva Granada o Colombia insistieron incomprensiblemente en negarle su autonomía.
Es, precisamente, el doctor Justo Arosemena, la personalidad intelectual más genial del siglo decimonónico, quien recoge en su famoso alegato titulado El Estado Federal de Panamá, el espíritu o el alma de la nacionalidad panameña explicando su determinismo geográfico y económico, su complejidad social, el funcionamiento y estructura moderna de un Estado, y las razones históricas de los movimientos separatistas de 1830, 1831 y 1840. Es él, en realidad, el verdadero teórico de la nacionalidad panameña.
Si comprendemos que la formación y realización de la nacionalidad debía concretarse y se hacía cada día más urgente después del triunfo del movimiento de regeneración del doctor Rafael Núñez y lo que significó para ese proceso que aniquiló el autonomismo o federalismo, conjugado con la feroz Guerra Civil de los Tres Años o Mil Días, y los agravios que apunta el Manifiesto de la Junta Provisional de Gobierno, llegamos a la conclusión de que el destino istmeño tenía por necesidad insoslayable que buscar la separación e independencia de Colombia. Independencia que afrontaría nuevos retos a favor de la consolidación del Estado Nacional y con ella su trascendencia universal, así como la fundamental reafirmación de su soberanía total.