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Liberalizar el transporte público


Panamá hace esfuerzos por acercar su infraestructura urbanística y vial al primer mundo. Su ciudad capital luce cada vez más moderna con sus pasos elevados, acuáticos, túneles y autopistas. La Calzada de Amador es hoy timbre de orgullo, un ejemplo de esfuerzo por armonizar la belleza natural con la inspirada arquitectura de las edificaciones que le van dando forma. Cuando esté terminado el museo de Gehry, contaremos con un atractivo de nivel mundial.
Si bien, pues, podemos felicitarnos como panameños, de los logros obtenidos en materia urbanística, hemos también de reconocer el estado calamitoso del transporte público urbano que, en la ciudad de Panamá, es un verdadero desastre que cualquiera puede corroborar a diario. Ni siquiera es el caso abundar acerca de lo que todos somos expertos: manejo irresponsable, vehículos en mal estado, conductores irrespetuosos, gangsterismo vial, escasez de vehículos en ciertas áreas, desorden, anarquía. ¿Qué hacer? La respuesta es sencilla, liberalicemos el transporte público.
¿Qué entendemos por liberalizar el transporte? Es abrirlo a la participación en el negocio del sector privado, sea nacional, sea extranjero. Se invitaría a empresas e inversionistas privados a servir las distintas rutas con vehículos modernos, respetablemente manejados por conductores uniformados, capacitados y pagados con salario, no con las “cuentas” actuales que salen a cubrir a costo de pasar por encima de vidas, propiedades e integridad de terceros.
Lo que hoy ocurre es que el sector está en manos de un oligopolio de ineficiencia regimentado por la Autoridad Nacional del Tránsito, cuya misión no es hacer posible un transporte efectivo, económico, decente y bueno para la comunidad de usuarios sino para preservar el actualmente desastroso estado de cosas. Cada cupo, cada trámite, cada permiso, cada multa es una oportunidad de corrupción del que resultan víctimas los transportistas serios, los bancos y entidades financieras y, sobre todo, los usuarios.
Abrir el sector a la competencia privada requerirá firmeza, determinación y coraje. Habrá que enfrentar un paro inicial que -como ocurrió con el Presidente Endara- se quebrará a los pocos días. Habrá que reprimir desórdenes pero, al final, se creará un ambiente adecuado para que los nuevos participantes compren las concesiones y rutas y adquieran las chatarras para enviarlas al deshuesadero y hacer espacio a unidades nuevas y decorosas. Se despedirá e indemnizará a todos. Y así, sólo así, bajo los escombros del viejo y corrupto sistema, se sentarán las bases para un nuevo esquema de transporte eficaz, moderno y decente, a costo razonable.
Los dominicanos tenemos una deuda con Taiwán y queremos tener relaciones con China. Si fuésemos prácticos, escogeríamos a China, pero somos agradecidos y apoyamos a Taiwán.
Confiamos en que con un poco de paciencia china y de sentido de la realidad, se buscará una solución que “descolonice” a Taiwán y la reintegre dignamente a la comunidad internacional.
(artículo tomado de la revista Rumbo,23 de septiembre de 2002, Santo Domingo)

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