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Libertad de expresión, valor supremo


Tras las intensas jornadas de consultas llevadas a cabo por el relator especial de la OEA para la Libertad de Expresión, Santiago Cantón, por su reciente visita a nuestro país, se generaron opiniones diversas, que merecen mesurada atención. Con posterioridad, tuvimos la ocasión de cambiar francas opiniones con el distinguido visitante, llegando a la conclusión, de que prevalece en nuestro medio una errónea concepción de lo que es nuestro derecho, su trascendencia y alcance.
Sólo así se explica la crasa ignorancia expresada por gente que se supone debiera dominar a la perfección todas sus variantes y elementos, antes de asumir posturas lastimosas, por no decir ridículas, si se les compara con la evolución que hoy tiene la libertad de expresión en otras latitudes.
Se pasa por alto por ejemplo, que se trata de un bien supremo, previo y superior al Estado y sus leyes, porque nace con la persona humana. Pero al mismo tiempo, siendo humano es superior a él, desde el momento que pertenece al conglomerado de todos los hombres y mujeres, elevándose por sobre los demás bienes individuales por valiosos que sean.
En consecuencia, la libertad de expresión es más que un bien superior, el más grande de los derechos. Por eso, es vano anteponer sobre él derechos y bienes individuales cualesquiera, aunque algunos procuren esfuerzos doctrinales por colectivizarlos, esto es presentar como derecho colectivo lo que no es más que un derecho individual.
La vida, por ejemplo, con frecuencia es presentada como bien supremo, pero no lo es frente a otros derechos de carácter colectivo e incluso individual. La teoría penal del estado de necesidad, que hace posible sacrificar la vida de un individuo para salvar la de otros en una barca en zozobra, es clásica. La vida de miles de soldados forzados a morir por un ideal o una bandera es elemental.
En fin, anteponer un bien individual sobre la libertad de expresión, es equivocado. Lo sería igual, si se pretendiera anteponerle cualquiera otro derecho colectivo porque, aún frente a otros de los últimos, la libertad de expresión por su valor y trascendencia para la vigencia de todos los demás derechos individuales y colectivos, es esencial. Sin libertad de expresión no hay nada.
Los hombres y mujeres viviendo en sociedad crearon el Estado en su noción original autoritaria que impone las leyes. Lo hicieron para buscar orden y seguridad. Pero como Frankenstein, un día creció tanto aquel monstruo que empezó a renegar de sus orígenes y a vivir en función de sí mismo. Todos los contrapesos inventados, como la división de poderes y las reglas de ejercicio democrático, fracasaron. Y cuando aquél enorme Leviatán de Hobbes empezó a devorarlo todo, sólo la libertad de expresión se antepuso en defensa de los ciudadanos inermes. Es cierto, los burócratas no temen a sus propias leyes tanto como a un buen periodicazo.
Desde entonces todos los Estados y gobiernos procuran fórmulas para amordazarla; y a los que ejercemos la libertad de expresión nos toca no dejarnos amordazar ni encarcelar en una lucha sin cuartel que tuvo en la Revolución Francesa como uno de sus momentos culminantes hace exactamente 210 años. De eso se trata, de defender la libertad de expresión a ultranza, aun contra nosotros mismos si fuere necesario.

101 años de Panamá América

 
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