Libre comercio con Costa Rica
Cuando el Gobierno Nacional anunció pleno de regocijo hace dos años, que tenía prácticamente listo un tratado de libre comercio con Chile, surgió la inmediata alarma de dos productores nacionales, en especial los de servicios. Los contadores y médicos, en especial, se quejaron; y el embajador del hermano país, argumentando a favor del comercio, aclaró que era muy poco probable una migración de profesionales chileno hacia Panamá, habida consideración que en la nación austral gozaban de mejores salarios.
Por nuestra parte, minimizamos el impacto del eventual tratado, apuntando que la distancia encarecería el intercambio, y que la diferencia abismal de gustos y hábitos de consumo, no incrementaría mayormente el flujo de productos agropecuarios chilenos hacia nuestro país. Para empezar, carecemos de una cultura del vino, las uvas y la lana, tal cual ocurre con los chilenos respecto al ron, el arroz y los frijoles.
Mas con todo y eso, sugerimos al gobierno pararse firme con el servicio bancario y financiero, en los que les llevamos años luz de ventaja; pero los chilenos, que no son tontos, prefirieron darnos con la puerta en las narices, alegando que no modificarían su legislación interna por causa nuestra.
Despúes vino el de México, mucho más delicado, tanto por su cercanía como por la mayor afinidad cultural, a la que hay que agregar su vasta experiencias en este tipo de negociaciones, como lo demostró con Costa Rica de donde, de cuando en cuando resurge la polémica sobre las bondades y desventajas del convenio. De todos modos, al margen de la discusión, el volumen del intercambio bilateral se ha multiplicado varias veces desde la suscripción del tratado, aunque los ticos lleven la peor parte.
No obstante, en lo que a Panamá respecta, al margen de los que exprese el Ministerio de Comercio, la realidad es que el TLC con México tendrá que esperar al próximo gobierno. Y sus términos, cualesquiera sean, deberán ser objeto de escrupulosa revisión, así sea Torrijos quien asuma la presidencia.
Menos complicada sin embargo, debiera ser la negociación con Centroamérica y, en especial, con Costa Rica. Hace pocos días, el canciller Ritter, luego de reunión sostenida con su similar tico, Roberto Rojas, manifestó que ambos habían instado a sus gobiernos a que aceleren su TLC bilateral.
En favor de esas negociaciones y en la firma de un eventual tratado, gravita una larga experiencia en convenios bilaterales con nuestros vecinos, basados en listas de productos sujetos al libre intercambio. Siempre hemos creído que la megalomanía no va con nuestro tamaño y que, en esta materia, deberíamos ser más modestos y empezar por las ligas menores. El convenio con Costa Rica, sería un buen ensayo. Después, podremos seguir con República Dominicana, Colombia y el resto de Centroamérica, antes de ir con los grandes.
Por nuestra parte, minimizamos el impacto del eventual tratado, apuntando que la distancia encarecería el intercambio, y que la diferencia abismal de gustos y hábitos de consumo, no incrementaría mayormente el flujo de productos agropecuarios chilenos hacia nuestro país. Para empezar, carecemos de una cultura del vino, las uvas y la lana, tal cual ocurre con los chilenos respecto al ron, el arroz y los frijoles.
Mas con todo y eso, sugerimos al gobierno pararse firme con el servicio bancario y financiero, en los que les llevamos años luz de ventaja; pero los chilenos, que no son tontos, prefirieron darnos con la puerta en las narices, alegando que no modificarían su legislación interna por causa nuestra.
Despúes vino el de México, mucho más delicado, tanto por su cercanía como por la mayor afinidad cultural, a la que hay que agregar su vasta experiencias en este tipo de negociaciones, como lo demostró con Costa Rica de donde, de cuando en cuando resurge la polémica sobre las bondades y desventajas del convenio. De todos modos, al margen de la discusión, el volumen del intercambio bilateral se ha multiplicado varias veces desde la suscripción del tratado, aunque los ticos lleven la peor parte.
No obstante, en lo que a Panamá respecta, al margen de los que exprese el Ministerio de Comercio, la realidad es que el TLC con México tendrá que esperar al próximo gobierno. Y sus términos, cualesquiera sean, deberán ser objeto de escrupulosa revisión, así sea Torrijos quien asuma la presidencia.
Menos complicada sin embargo, debiera ser la negociación con Centroamérica y, en especial, con Costa Rica. Hace pocos días, el canciller Ritter, luego de reunión sostenida con su similar tico, Roberto Rojas, manifestó que ambos habían instado a sus gobiernos a que aceleren su TLC bilateral.
En favor de esas negociaciones y en la firma de un eventual tratado, gravita una larga experiencia en convenios bilaterales con nuestros vecinos, basados en listas de productos sujetos al libre intercambio. Siempre hemos creído que la megalomanía no va con nuestro tamaño y que, en esta materia, deberíamos ser más modestos y empezar por las ligas menores. El convenio con Costa Rica, sería un buen ensayo. Después, podremos seguir con República Dominicana, Colombia y el resto de Centroamérica, antes de ir con los grandes.