Lo aprendido de la crisis financiera (I)
Es cada vez más usual leer los análisis y recomendaciones macroeconómicas acerca de la crisis financiera. Buena parte de los artículos arguyen que estamos ante una crisis similar a la de 1929, la cual no se ha empleado como referencia para el TARP (Troubled Assets Relief Program). En su lugar, se proponen elementos como la necesidad de un cambio del patrón monetario internacional (probablemente a manera del patrón oro), debido a la frágil cotización del dólar y la imperiosa necesidad de más regulación, medidas que de no atenderse implicarán una crisis más severa. Sin embargo, una lectura un poco más meticulosa me hace tener aprehensiones sobre estos análisis y recomendaciones.
Hace unos días tuve la oportunidad de ojear un reciente estudio sobre las crisis bancarias sistémicas (Systemic Banking Crises: A New Database), en donde se indica que se han registrado un total de 42 crisis financieras en un total de 37 países desde 1970. Lo atractivo del trabajo (y que lo diferencia de un libro de texto) es que presenta un detalle de las políticas aplicadas por los gobiernos para contenerlas y sus efectos.
Si uno toma la historia como referencia, una conclusión del trabajo es que no hay receta única para resolver una crisis financiera y acelerar una recuperación, pero sí elementos básicos en común entre éstas. La primera consecuencia de un remezón financiero es la escasez de liquidez en los mercados financieros. Lo anterior, aunado a la aceleración de los precios de los activos, la acumulación de deuda, los patrones de crecimiento, y los déficit en cuenta corriente, son los elementos que inciden en un traspaso hacia el sector real.
Teniendo ese marco presente, habría que preguntarse, ¿es esta crisis similar a la de 1929? La verdad es que esta pregunta me hace recordar el famoso inicio de la clásica novela de Tolstoy, "Anna Karenina", "Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada". Y es que, sin duda, existen claros elementos que diferencian ambas crisis. Una de ellas es la disponibilidad de liquidez. En 1929, el sistema monetario se basaba en el patrón oro, que impedía que la Reserva Federal (FED) aumentara la liquidez del sistema. La elevación de los tipos de interés para proteger el dólar empeoró la situación y terminó en un fuerte desempleo, deflación y en una fuerte restricción del crédito. Otro elemento importante que diferencian a ambas crisis, es que en 1929 los depósitos bancarios no estaban asegurados. Cuando inició la crisis, el público empezó a buscar sus ahorros en los bancos, dinero con el que no contaban porque estos últimos lo habían prestado.
Una conclusión importante del estudio es que si bien algunas medidas son más efectivas que otras, éstas dependen de la celeridad y selectividad de la asistencia financiera. Aún cuando lo anterior, parezca trivial, es substancial debido a que estamos en un momento de cambio del sistema financiero internacional, y la manera como se gestione la situación actual, sin duda, será un elemento clave.