Lo delgado de la soga
O LA SOGA revienta por lo más delgado, como suele decirse. El debate y las protestas surgidas a propósito de la reforma a la Caja de Seguro Social han puesto en evidencia hechos y lecciones que es necesario inventariar aprovechándonos que el tema aún no ha perdido temperatura.
Los errores confesados del gobierno por la forma que se utilizó para aprobar la reforma significa que se echó al hombro un volumen de peso sin contar con todas las condiciones físicas que le hubieran permitido salir menos dañado. A partir de esa confesión gubernamental, no puede darse el lujo de salir peor ahora que se propone la instancia de un diálogo nacional. Dicho de otra manera: la eficiencia y la viabilidad de los programas ejecutivos van a depender cada vez más de la forma en que el presidente Torrijos resuelva los problemas que se han causado en su piso político.
El movimiento popular no se ha fortalecido al nivel que, se suponía, había alcanzado. La dirigencia tiene tales niveles de contradicciones entre sí que no necesitan de adversarios ajenos porque ellos se bastan. Y los personajes se han envejecido en sus cargos en tal grado que la solución al estancamiento pasa, inevitablemente, por la renovación integral de los dirigentes. Caso contrario, sólo un milagro salva al movimiento de quedar en limbo a merced de cualquier predicador barato. Para ellos se aplica el tema: ahora o nunca.
El interior del país, empezando por las cabeceras de provincias, se ha rejuvenecido con movimientos de protestas novedosas, alegres y atractivos.
Los partidos políticos son convidados de piedras en el drama social. Se quedaron sin voces y lo que logran balbucear suena como eco, porque se quedaron sin auditorios para ser escuchados.
La lucha social y las discusiones de repercusión nacional han resultado, como siempre, tierra fértil para el surgimiento del oportunismo político de toda clase, color y vestimenta. Personajes, increíblemente demagogos y saturados con un ego enfermizo, no tienen reparo para cambiarse de bando o de discurso. Son, porque no hay mal que dure cien años, luces que se apagan pronto; pero tienen el efecto perverso de dañar la visión de cuántos los siguieron o creyeron.
Los grupos económicos, camuflageados en directivas empresariales o escondidos detrás de banderas cívicas, son ruidosos en público; sin embargo, en lo privado, no pierden olfato para la caza de prebendas o privilegios. Sus quejas son proporcionalmente compensadas con arreglos silenciosos bajo el amparo de círculos con acceso restringido.
Las Iglesias, sin particularizar, y la Defensoría del Pueblo, cerraron la boca demasiado tiempo y cuando decidieron pedir el uso de la palabra ya se había agotado el orden del día y la sala se declaró suficientemente ilustrada. Ellos andan en penitencia por sus pecados inocultables.
La Asamblea Nacional apenas logra, porque es su mínimo, cumplir con su tarea de aprobar las leyes que otros deciden por ella. No es foro al que se recurre ni al que se le hace caso. Su estado calamitoso es reflejo inevitable del desastre de las toldas partidistas por ser éstos el único camino que se tiene para llegar al hemiciclo legislativo.
Los obreros de la construcción son los únicos en huelga porque los empresarios no les pagan salario. Los médicos y docentes no trabajan, perjudican a inocentes y pobres, pero corren a cobrar puntualmente sus sueldos. Si tanto abogaron por la solidaridad de la Caja de Seguro Social, ¿por qué no muestran su espíritu solidario compartiendo con los obreros del SUNTRACS el dinero con que el gobierno les financia su vacancia?
Sin detenernos en las trincheras que las circunstancias nos coloquen, el país, como la gran soga, no podemos romperlo ni permitir que nos lo rompan, aunque sea por lo más delgado.
Los errores confesados del gobierno por la forma que se utilizó para aprobar la reforma significa que se echó al hombro un volumen de peso sin contar con todas las condiciones físicas que le hubieran permitido salir menos dañado. A partir de esa confesión gubernamental, no puede darse el lujo de salir peor ahora que se propone la instancia de un diálogo nacional. Dicho de otra manera: la eficiencia y la viabilidad de los programas ejecutivos van a depender cada vez más de la forma en que el presidente Torrijos resuelva los problemas que se han causado en su piso político.
El movimiento popular no se ha fortalecido al nivel que, se suponía, había alcanzado. La dirigencia tiene tales niveles de contradicciones entre sí que no necesitan de adversarios ajenos porque ellos se bastan. Y los personajes se han envejecido en sus cargos en tal grado que la solución al estancamiento pasa, inevitablemente, por la renovación integral de los dirigentes. Caso contrario, sólo un milagro salva al movimiento de quedar en limbo a merced de cualquier predicador barato. Para ellos se aplica el tema: ahora o nunca.
El interior del país, empezando por las cabeceras de provincias, se ha rejuvenecido con movimientos de protestas novedosas, alegres y atractivos.
Los partidos políticos son convidados de piedras en el drama social. Se quedaron sin voces y lo que logran balbucear suena como eco, porque se quedaron sin auditorios para ser escuchados.
La lucha social y las discusiones de repercusión nacional han resultado, como siempre, tierra fértil para el surgimiento del oportunismo político de toda clase, color y vestimenta. Personajes, increíblemente demagogos y saturados con un ego enfermizo, no tienen reparo para cambiarse de bando o de discurso. Son, porque no hay mal que dure cien años, luces que se apagan pronto; pero tienen el efecto perverso de dañar la visión de cuántos los siguieron o creyeron.
Los grupos económicos, camuflageados en directivas empresariales o escondidos detrás de banderas cívicas, son ruidosos en público; sin embargo, en lo privado, no pierden olfato para la caza de prebendas o privilegios. Sus quejas son proporcionalmente compensadas con arreglos silenciosos bajo el amparo de círculos con acceso restringido.
Las Iglesias, sin particularizar, y la Defensoría del Pueblo, cerraron la boca demasiado tiempo y cuando decidieron pedir el uso de la palabra ya se había agotado el orden del día y la sala se declaró suficientemente ilustrada. Ellos andan en penitencia por sus pecados inocultables.
La Asamblea Nacional apenas logra, porque es su mínimo, cumplir con su tarea de aprobar las leyes que otros deciden por ella. No es foro al que se recurre ni al que se le hace caso. Su estado calamitoso es reflejo inevitable del desastre de las toldas partidistas por ser éstos el único camino que se tiene para llegar al hemiciclo legislativo.
Los obreros de la construcción son los únicos en huelga porque los empresarios no les pagan salario. Los médicos y docentes no trabajan, perjudican a inocentes y pobres, pero corren a cobrar puntualmente sus sueldos. Si tanto abogaron por la solidaridad de la Caja de Seguro Social, ¿por qué no muestran su espíritu solidario compartiendo con los obreros del SUNTRACS el dinero con que el gobierno les financia su vacancia?
Sin detenernos en las trincheras que las circunstancias nos coloquen, el país, como la gran soga, no podemos romperlo ni permitir que nos lo rompan, aunque sea por lo más delgado.