Lo grave y triste de la corrupción
Al margen de lo anterior, sin embargo, lo trascendente no es tanto las discrepancias familiares en sí, como la posibilidad de que realmente se haya empleado el soborno como instrumento de uso corriente para que los empresarios nacionales y extranjeros puedan hacer viables grandes inversiones en nuestro país. Y eso es grave y triste a la vez. Los Rodin tal vez sean una víctima y no un victimario.
Lo grave radica en el hecho de que las grandes inversiones crean muchos empleos y riqueza que benefician a Panamá, en circunstancia en que tenemos un crecimiento económico anémico y un desempleo peor, con su correspondiente secuela de pobreza y podredumbre social.
Cada gran inversión debiera ser recibida con entusiasmo de un carnaval, con campanas al vuelo de alegría, en un país con una economía tan deprimida. Aquí, en cambio, las recibimos con exigencias de coimas y favores indebidos, sin contar los interminables trámites y condicionamientos burocráticos. A veces pareciera que hacemos un favor a los inversionistas permitiéndoles que se establezcan aquí, cuando es todo lo contrario. Debiéramos dar gracias por dignarse a considerarnos como sitio para instalar en nuestro suelo sus empresas.
Después nos preguntamos por qué emigran tantas empresas desde aquí hacia Miami y Costa Rica, como ejemplo. Intel, la más grande empresa fabricante de microprocesadores que se instaló en San José, en el vecino país, creando miles de empleos directos e indirectos. No quiso venir aquí y nadie les preguntó por qué no. Se nos antoja que el ambiente de corrupción generalizada influyó en su decisión. Evergreen también se marcha, y tras ella otras.
La corrupción es triste porque nos marca como nación en el extranjero. Hace de la nacionalidad panameña una vergüenza que fuerza a los agentes de migración en aeropuertos del exterior a escudriñar nuestras visas, pasaportes y nuestros ojos como si fuéramos delincuentes. Hay además mucha gente pobre aguardando los empleos que los miserables corruptos les niegan con exigencias indebidas a los inversores extranjeros y nacionales.
Panamá está experimentando una fuga de inversionistas y un aislamiento de capitales foráneos que todos los economistas insisten que son nuestra salvación en nuestro proyecto como país.
Si no ponemos de nuestra parte todos los sectores de nuestra patria para erradicar ese flagelo, sobrevendrán días peores de miseria y tal vez se repita aquella famosa frase: "Quien quiere conocer a Panamá, que venga ahora, porque se acaba".
Lo grave radica en el hecho de que las grandes inversiones crean muchos empleos y riqueza que benefician a Panamá, en circunstancia en que tenemos un crecimiento económico anémico y un desempleo peor, con su correspondiente secuela de pobreza y podredumbre social.
Cada gran inversión debiera ser recibida con entusiasmo de un carnaval, con campanas al vuelo de alegría, en un país con una economía tan deprimida. Aquí, en cambio, las recibimos con exigencias de coimas y favores indebidos, sin contar los interminables trámites y condicionamientos burocráticos. A veces pareciera que hacemos un favor a los inversionistas permitiéndoles que se establezcan aquí, cuando es todo lo contrario. Debiéramos dar gracias por dignarse a considerarnos como sitio para instalar en nuestro suelo sus empresas.
Después nos preguntamos por qué emigran tantas empresas desde aquí hacia Miami y Costa Rica, como ejemplo. Intel, la más grande empresa fabricante de microprocesadores que se instaló en San José, en el vecino país, creando miles de empleos directos e indirectos. No quiso venir aquí y nadie les preguntó por qué no. Se nos antoja que el ambiente de corrupción generalizada influyó en su decisión. Evergreen también se marcha, y tras ella otras.
La corrupción es triste porque nos marca como nación en el extranjero. Hace de la nacionalidad panameña una vergüenza que fuerza a los agentes de migración en aeropuertos del exterior a escudriñar nuestras visas, pasaportes y nuestros ojos como si fuéramos delincuentes. Hay además mucha gente pobre aguardando los empleos que los miserables corruptos les niegan con exigencias indebidas a los inversores extranjeros y nacionales.
Panamá está experimentando una fuga de inversionistas y un aislamiento de capitales foráneos que todos los economistas insisten que son nuestra salvación en nuestro proyecto como país.
Si no ponemos de nuestra parte todos los sectores de nuestra patria para erradicar ese flagelo, sobrevendrán días peores de miseria y tal vez se repita aquella famosa frase: "Quien quiere conocer a Panamá, que venga ahora, porque se acaba".