Lo que la elite verde quiere
Londres (AIPE)- Que viva la reina Isabel II. No es que yo sea monárquico furibundo, sino que temo lo que viene después. Su hijo, el príncipe Carlos, siempre ha sido estrafalario, pero últimamente está peor. En el trono puede convertirse en un verdadero obstáculo al progreso del Reino Unido.
La crítica implacable del príncipe de Gales hacia la arquitectura moderna, refiriéndose a ella como una colección de furúnculos, inspiraba cierta simpatía pública. Igualmente inocuo era ver al príncipe cultivando vegetales orgánicos en su finca de Highgrove.
Más preocupante es su creciente objeción al avance científico en general. Su "mensaje del milenio" nos advertía los peligros de los alimentos genéticamente modificados, implorándonos no "creer que la ciencia tiene todas las respuestas", mientras apuntaba hacia las vacas locas como prueba de una catástrofe científica. Luego salió con su discurso chiflado sobre la necesidad de "balancear lo racional con lo intuitivo". Y en estos días culpó las inundaciones en el "arrogante descuido" del delicado equilibrio de la naturaleza y en las emisiones de los motores de gasolina de los automóviles.
Lo más preocupante es que el príncipe no está sólo en su torre de marfil. l simboliza a un tipo de gente, llamémosla la elite verde, poseedora de sus casas de vacaciones, sus cavas de buenos vinos y sus lujosos automóviles Rolls Royce y Aston Martin. No quieren que la plebe les vaya a ensuciar su medio ambiente. Su manera de pensar prevalecía entre los burócratas que asistieron a la fracasada conferencia de La Haya, en días recientes, desde donde planeaban frenar el desarrollo para reducir el supuesto efecto invernadero.
Pero sería equivocado indicar que su motivación es puramente egoísta. En gran parte se basa en un sentimiento de culpabilidad. Los colegios más caros enseñan y cultivan ese sentimiento de culpabilidad. Son los herederos modernos de los puritanos y de quienes se flagelaban para ahuyentar al diablo y a los malos pensamientos.
Por eso es que los verdes se asombran cuando les sugerimos mecanismos tales como los alimentos genéticamente modificados para poder reducir las fumigaciones de pesticidas y los abonos químicos, logrando así un mundo más seguro, más limpio y más próspero.
David Forman, fundador de Primero la Tierra (Earth First) decía que si la energía nuclear reemplazaba al petróleo como alternativa no contaminante, ello equivaldría a "darle a un niño idiota una ametralladora".
Ese sentimiento de culpabilidad les permite ser moralmente condescendientes, pero es su intolerancia lo que resulta peligroso e imperdonable. Exigen aún mayores impuestos a la gasolina. Y si la gente no tiene pan que coma tortas; es decir, si no pueden pagar el costo de la gasolina, que utilicen el transporte público. Están convencidos que los cambios climáticos se deben a nuestros excesos. A pesar de que no existe evidencia científica, insisten en que las recientes inundaciones en Inglaterra apoyan sus tesis. La ciencia se basa en hechos comprobados, lo cual molesta mucho a los verdes apocalípticos.
Según el connotado científico Fred Singer, "no ha habido recalentamiento en los últimos 60 años" y las mediciones que indican lo contrario han sido distorsionadas por el calor urbano, es decir, los edificios y el asfalto.
Las recientes y espontáneas manifestaciones populares contra los altos impuestos a la gasolina demuestran que la gente común y corriente no cree en la amenaza climática. Y los gobiernos de Londres, París y Berlín tuvieron que dar marcha atrás ante las multitudes enardecidas.
El príncipe Carlos y compañía mejor que disfruten hoy de su influencia porque más
temprano que tarde la gente se dará cuenta que ese sentimiento de culpabilidad,
esa intolerancia y ese odio contra la ciencia es incompatible con el progreso y el
bienestar general.
(c)www.aipenet.com
El más reciente libro del autor es "Políticas que matan: Malaria y la historia del DDT".
La crítica implacable del príncipe de Gales hacia la arquitectura moderna, refiriéndose a ella como una colección de furúnculos, inspiraba cierta simpatía pública. Igualmente inocuo era ver al príncipe cultivando vegetales orgánicos en su finca de Highgrove.
Más preocupante es su creciente objeción al avance científico en general. Su "mensaje del milenio" nos advertía los peligros de los alimentos genéticamente modificados, implorándonos no "creer que la ciencia tiene todas las respuestas", mientras apuntaba hacia las vacas locas como prueba de una catástrofe científica. Luego salió con su discurso chiflado sobre la necesidad de "balancear lo racional con lo intuitivo". Y en estos días culpó las inundaciones en el "arrogante descuido" del delicado equilibrio de la naturaleza y en las emisiones de los motores de gasolina de los automóviles.
Lo más preocupante es que el príncipe no está sólo en su torre de marfil. l simboliza a un tipo de gente, llamémosla la elite verde, poseedora de sus casas de vacaciones, sus cavas de buenos vinos y sus lujosos automóviles Rolls Royce y Aston Martin. No quieren que la plebe les vaya a ensuciar su medio ambiente. Su manera de pensar prevalecía entre los burócratas que asistieron a la fracasada conferencia de La Haya, en días recientes, desde donde planeaban frenar el desarrollo para reducir el supuesto efecto invernadero.
Pero sería equivocado indicar que su motivación es puramente egoísta. En gran parte se basa en un sentimiento de culpabilidad. Los colegios más caros enseñan y cultivan ese sentimiento de culpabilidad. Son los herederos modernos de los puritanos y de quienes se flagelaban para ahuyentar al diablo y a los malos pensamientos.
Por eso es que los verdes se asombran cuando les sugerimos mecanismos tales como los alimentos genéticamente modificados para poder reducir las fumigaciones de pesticidas y los abonos químicos, logrando así un mundo más seguro, más limpio y más próspero.
David Forman, fundador de Primero la Tierra (Earth First) decía que si la energía nuclear reemplazaba al petróleo como alternativa no contaminante, ello equivaldría a "darle a un niño idiota una ametralladora".
Ese sentimiento de culpabilidad les permite ser moralmente condescendientes, pero es su intolerancia lo que resulta peligroso e imperdonable. Exigen aún mayores impuestos a la gasolina. Y si la gente no tiene pan que coma tortas; es decir, si no pueden pagar el costo de la gasolina, que utilicen el transporte público. Están convencidos que los cambios climáticos se deben a nuestros excesos. A pesar de que no existe evidencia científica, insisten en que las recientes inundaciones en Inglaterra apoyan sus tesis. La ciencia se basa en hechos comprobados, lo cual molesta mucho a los verdes apocalípticos.
Según el connotado científico Fred Singer, "no ha habido recalentamiento en los últimos 60 años" y las mediciones que indican lo contrario han sido distorsionadas por el calor urbano, es decir, los edificios y el asfalto.
Las recientes y espontáneas manifestaciones populares contra los altos impuestos a la gasolina demuestran que la gente común y corriente no cree en la amenaza climática. Y los gobiernos de Londres, París y Berlín tuvieron que dar marcha atrás ante las multitudes enardecidas.
El príncipe Carlos y compañía mejor que disfruten hoy de su influencia porque más
temprano que tarde la gente se dará cuenta que ese sentimiento de culpabilidad,
esa intolerancia y ese odio contra la ciencia es incompatible con el progreso y el
bienestar general.
(c)www.aipenet.com
El más reciente libro del autor es "Políticas que matan: Malaria y la historia del DDT".