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¡Lo que mal empieza... !


En noviembre del año 2005, mediante la Resolución de Gabinete número 91, el gobierno de Torrijos creó la “Comisión Especial de Evaluación de los aspirantes a ocupar los cargos de magistrados de la Corte Suprema de Justicia y sus suplentes”; un extraño engendro, castrado desde su nacimiento y sin ninguna posibilidad de cumplir las funciones para las que supuestamente fue creado: evitar que los magistrados siguieran siendo escogidos “a dedo” por el gobernante de turno. La esperanza se quedó en quimera y, al final de las cuentas y para la sorpresa de nadie, antes de que se convocara a participar a los aspirantes, hasta los niños de pecho sabían quienes serían los dos escogidos para asumir funciones en enero de 2006 y en enero de 2008.

En enero de 2010, deberán asumir los dos nuevos magistrados o magistradas que ahora le tocará nombrar al presidente Martinelli. La “comisión de evaluación”, rebautizada “de credenciales” volvió a cobrar vigencia; pero reducida a 5 miembros y con poderes más mermados que su predecesora. Ochenta y ocho (88) aspirantes acudieron esta vez a la convocatoria y de ellos “la comisión” excluyó a 17, por diversas razones; entrevistó a muchos y, finalmente, entregó una lista de 71 candidatos. Si la flamante comisión no tenía facultades para siquiera elaborar “una lista corta”, de 4 o 5 candidatos, era más que obvio que su papel, al igual que ocurrió con su predecesora, sería intrascendente. Y los resultados así lo comprobaron.

La lista de los 71 candidatos fue entregada al Ejecutivo y éste, ya porque tuviera “otras intenciones” o porque en realidad quisiera enmendar el entuerto, parece haberla descartado y según se ha “filtrado” procederá a escoger según su “leal saber y entender”, lo que equivale a decir que escogerá a quien le venga en ganas, invocando su facultad constitucional.

Desde que fue inventado el expediente del “concurso para magistrados”, he venido manifestando mi desacuerdo con ese método, que sólo ha servido para que el gobernante de turno, al final de las cuentas y después de muchas alharacas, terminara escogiendo a los que, desde siempre, había mantenido “in pectore”, es decir, a los consabidos “ungidos”.

No comparto que después de haber hecho convocatorias con bombos y platillos, cuando todo el circo había sido montado, se echara abajo el andamiaje; y razón llevan los “comisionados” para sentirse burlados. Pero también es innegable que por la vía del seudo concurso no se garantizaba un escogimiento que respondiera a las expectativas de la ciudadanía. El asunto había empezado mal y no podía, por esa vía, terminar mejor.

Pero no todo lo que mal empieza tiene, necesariamente, que terminar mal, como dice el refrán. Al asumir el presidente Martinelli la decisión de escoger, con o sin lista, dos cosas pueden ocurrir: una, que termine escogiendo como antes lo hicieron sus predecesores y vuelvan a ser burladas las expectativas nacionales o, dos, que escoja bien. En definitiva, lo que contará es el resultado final. Si el presidente escoge bien, desvirtuará los pronósticos de una nueva decepción. Si no lo hace, suya será la responsabilidad y tendrá que asumir la merma que sobre su credibilidad tendría una decisión desacertada.

101 años de Panamá América

 
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