Lo que me enseñó Katrina (y luego ¡Rita!)
Estos huracanes con nombre de mujer (ojalá fuera metáfora) me enseñaron muchas cosas antes, durante y después de su paso por el lugar que hoy día es mi hogar. Me enseñaron que el poder de la oración es real (sobretodo el que va dirigido a San Judas Tadeo, el de los Imposibles, me van decir que ¡no es el santo más apto para la temporada de los huracanes!).
Pobres los que no tuvieron ni su fe para mantenerse a flote; en horrores como lo que Katrina (¡y también Rita!) nos hicieron pasar, lo mejor era rezar todo lo que uno se sabía, a todos los santos y vírgenes posibles. No sólo te mantenía con compañía el susurro continuo de tu voz, te tranquilizaba pensar que algún poder supremo podría realmente ayudarte, salvarte, consolarte, resolverte.
"Saan Hoodas" (como le llama mi esposo, que en su vida había oído hablar de este santo, pero ahora está dispuesto a caminar como cangrejo en plan de manda para agradecerle) demostró ser verdaderamente el santo de las misiones imposibles; nadie de mi familia política, ni del minúsculo círculo de amigos que tengo en New Orleans, ni las empresas varias que todos poseían, ni las casas, ni las mascotas de cada uno, sufrieron daño alguno. Otra cosa que me enseñaron -las que ustedes ya saben- fue el valor de la familia y los amigos.
Además de mi gente en Panamá, que no se con qué brujería conseguían hablarme todos los días para darme apoyo moral, consuelo e intercambiar información sobre el estado del desastre, recibí miles de correos electrónicos de mi familia y amigos desperdigados por el mundo, desesperados por constatar que estábamos sanos y salvos, ofreciéndonos toda clase de refugios y alternativas para salir adelante, haciéndonos reír con chistes malos o simplemente contándonos lo que hicieron el fin de semana pasado, cualquier cosa para demostrarnos que la vida continúa.
No es el antes o el durante, es el después de una tragedia lo que realmente saca a relucir el verdadero valor de un pariente o un amigo; recibimos una doble bendición al constatar que tenemos mucha y verdaderas dosis de ambos bandos.
En lo personal, también me fue muy grato descubrir cuan fantástica es la familia de mi esposo; amontonados en un cuarto de hotel por dos semanas, pasábamos el rato intercambiando anécdotas infantiles, bochinches escandalosos de antepasados propios y ajenos, impresiones de dos mundos que no habíamos tenido oportunidad de compartir por falta de tiempo.
Tiempo. Ese fue un regalo inesperado que los huracanes nos brindaron a manos llenas. Tuvimos tiempo para leer, para conversar, para escribir, para jugar, para cantar, para llorar, para comer, para dormir, para rezar, para abrazarnos y besarnos, para mirarnos y escucharnos, para querernos y apreciarnos en todas nuestras virtudes y debilidades. Y finalmente, lo que me enseñó Katrina (y sobretodo ¡Rita!) fue cuanto amo esta ciudad.
En el pasado, siempre había sentido nostalgia por regresar a Panamá, sin importarme las magníficas experiencias que estuviera viviendo en el destino del momento. Tal vez porque el exilio fue imprescindible, la deriva en la cual me sentí sumergida durante las dos semanas que estuve fuera de mi casa, fue delirante.
Era curioso ver las noticias y escuchar a toda clase de gente echarles la culpa a los políticos por lo que estaba pasando; también leí muchos foros y correos acusando a tal y cual por el estado de la situación e inclusive me tocó oír que lo que estaba pasando en gringolandia era un merecido castigo.
"Los gringos son la potencia más grande del mundo, para que vamos a donarles nada? Bien merecido todo los que se les ha venido encima, quien los manda a jugar a la policía universal y bla, bla, bla". Este tipo de comentarios y similares era mejor ignorarlos, pero igual te hacían daño. La vida no es irónica, es ridícula y exagerada. Quien me iba a decir a mí, que tanto renegué por años de gringolandia y compañía limitada, que terminaría llorando por una ciudad que, dicho sea de paso, es lo menos gringa que pueda existir, pero que igual, en los Estados Unidos de Norteamérica se encuentra.
El que no sabe lo mágica que es New Orleans no tiene derecho a decir nada y punto. El que no sabe lo que es perderlo todo y volver a empezar en el mismo lugar porque ni la comida te sabe igual en otro lado, que se calle. El que no sabe lo que es extrañar a New Orleans, como bien cantaba su ilustre hijo Louis Amstrong, no tiene nada que decir al respecto de lo que aquí se vivió. Todo el que haya venido a New Orleans, ya sea por trabajo, estudios, rumbeo, chingueo o en mi caso, por simple y puro amor, saben a lo que me refiero. Y si el país que me vio crecer pudo reconstruirse después de una invasión, de un saqueo, de un cambio de administración de Canal y de tantas otras metamorfosis, también lo hará New Orleans. De eso no les quepa la menor duda, como que habrá carnavales en Las Tablas el próximo año y también Mardi Gras en Uptown.
Aunque seamos cuatro gatos. Esa es una lección que no se me olvidará jamás. ¡Que no pare la música, la fiesta debe siempre continuar!
(*) Panameña residente en New Orleans.
Pobres los que no tuvieron ni su fe para mantenerse a flote; en horrores como lo que Katrina (¡y también Rita!) nos hicieron pasar, lo mejor era rezar todo lo que uno se sabía, a todos los santos y vírgenes posibles. No sólo te mantenía con compañía el susurro continuo de tu voz, te tranquilizaba pensar que algún poder supremo podría realmente ayudarte, salvarte, consolarte, resolverte.
"Saan Hoodas" (como le llama mi esposo, que en su vida había oído hablar de este santo, pero ahora está dispuesto a caminar como cangrejo en plan de manda para agradecerle) demostró ser verdaderamente el santo de las misiones imposibles; nadie de mi familia política, ni del minúsculo círculo de amigos que tengo en New Orleans, ni las empresas varias que todos poseían, ni las casas, ni las mascotas de cada uno, sufrieron daño alguno. Otra cosa que me enseñaron -las que ustedes ya saben- fue el valor de la familia y los amigos.
Además de mi gente en Panamá, que no se con qué brujería conseguían hablarme todos los días para darme apoyo moral, consuelo e intercambiar información sobre el estado del desastre, recibí miles de correos electrónicos de mi familia y amigos desperdigados por el mundo, desesperados por constatar que estábamos sanos y salvos, ofreciéndonos toda clase de refugios y alternativas para salir adelante, haciéndonos reír con chistes malos o simplemente contándonos lo que hicieron el fin de semana pasado, cualquier cosa para demostrarnos que la vida continúa.
No es el antes o el durante, es el después de una tragedia lo que realmente saca a relucir el verdadero valor de un pariente o un amigo; recibimos una doble bendición al constatar que tenemos mucha y verdaderas dosis de ambos bandos.
En lo personal, también me fue muy grato descubrir cuan fantástica es la familia de mi esposo; amontonados en un cuarto de hotel por dos semanas, pasábamos el rato intercambiando anécdotas infantiles, bochinches escandalosos de antepasados propios y ajenos, impresiones de dos mundos que no habíamos tenido oportunidad de compartir por falta de tiempo.
Tiempo. Ese fue un regalo inesperado que los huracanes nos brindaron a manos llenas. Tuvimos tiempo para leer, para conversar, para escribir, para jugar, para cantar, para llorar, para comer, para dormir, para rezar, para abrazarnos y besarnos, para mirarnos y escucharnos, para querernos y apreciarnos en todas nuestras virtudes y debilidades. Y finalmente, lo que me enseñó Katrina (y sobretodo ¡Rita!) fue cuanto amo esta ciudad.
En el pasado, siempre había sentido nostalgia por regresar a Panamá, sin importarme las magníficas experiencias que estuviera viviendo en el destino del momento. Tal vez porque el exilio fue imprescindible, la deriva en la cual me sentí sumergida durante las dos semanas que estuve fuera de mi casa, fue delirante.
Era curioso ver las noticias y escuchar a toda clase de gente echarles la culpa a los políticos por lo que estaba pasando; también leí muchos foros y correos acusando a tal y cual por el estado de la situación e inclusive me tocó oír que lo que estaba pasando en gringolandia era un merecido castigo.
"Los gringos son la potencia más grande del mundo, para que vamos a donarles nada? Bien merecido todo los que se les ha venido encima, quien los manda a jugar a la policía universal y bla, bla, bla". Este tipo de comentarios y similares era mejor ignorarlos, pero igual te hacían daño. La vida no es irónica, es ridícula y exagerada. Quien me iba a decir a mí, que tanto renegué por años de gringolandia y compañía limitada, que terminaría llorando por una ciudad que, dicho sea de paso, es lo menos gringa que pueda existir, pero que igual, en los Estados Unidos de Norteamérica se encuentra.
El que no sabe lo mágica que es New Orleans no tiene derecho a decir nada y punto. El que no sabe lo que es perderlo todo y volver a empezar en el mismo lugar porque ni la comida te sabe igual en otro lado, que se calle. El que no sabe lo que es extrañar a New Orleans, como bien cantaba su ilustre hijo Louis Amstrong, no tiene nada que decir al respecto de lo que aquí se vivió. Todo el que haya venido a New Orleans, ya sea por trabajo, estudios, rumbeo, chingueo o en mi caso, por simple y puro amor, saben a lo que me refiero. Y si el país que me vio crecer pudo reconstruirse después de una invasión, de un saqueo, de un cambio de administración de Canal y de tantas otras metamorfosis, también lo hará New Orleans. De eso no les quepa la menor duda, como que habrá carnavales en Las Tablas el próximo año y también Mardi Gras en Uptown.
Aunque seamos cuatro gatos. Esa es una lección que no se me olvidará jamás. ¡Que no pare la música, la fiesta debe siempre continuar!
(*) Panameña residente en New Orleans.