Lo que nos venden como "verde" no siempre lo es
Investigadora argentina en el campo de la ecología AIPE
Gran cantidad de productos que se ofrecen a la venta bajo un membrete "verde", pero éste no siempre resulta verdadero. En un sorprendente número de casos, tales como las bolsas de papel, envases de cartón y el reciclaje, se utiliza de hecho más energía y se genera más contaminación que con otras alternativas menos aplaudidas por los verdes.
Tomemos como ejemplo los plásticos, a menudo considerados como el principal enemigo del medioambiente. Se nos previene que enterrar productos plásticos en basureros contribuye a "los crecientes problemas de la contaminación tóxica" y se recomienda preferir siempre envases de papel o cartón.
Sin embargo, cuando se investigan los efectos de la manufactura del papel, desde el combustible utilizado en las sierras para cortar los árboles hasta la contaminación del aire generada por industrias que fabrican llantas para vehículos que distribuyen productos pesados de papel, se concluye que la fabricación de un vaso plástico consume la mitad de la energía y produce 35% menos sustancias químicas que se liberan a la atmósfera versus lo que sucede con la producción de envases de papel.
Esto se debe en parte a que un vaso plástico utiliza menos material que uno de papel. Además, los productos plásticos típicos pesan aproximadamente la sexta parte de los de papel que cumplen las mismas funciones. No hay que olvidar tampoco que las fábricas de pulpa y cartón, aunque mucho más limpias que en el pasado, siguen generando una cantidad importante de emisiones tóxicas.
Pero el problema real es aún más profundo. Simplemente porque un producto sea reciclable no quiere decir que será reciclado o, inclusive, que sea una buena idea reciclarlo. Tal es así que la desmesurada propaganda de productos reciclados y gastos en espiral creciente ha llevado a que numerosas ciudades reduzcan sus programas de reciclaje por ser exageradamente costosos.
En Estados Unidos, el papel de periódico reciclado se vendía a 200 dólares la tonelada en 1995 y para agosto de 1996 ese precio se había desplomado a 15 dólares la tonelada. El precio de los plásticos reciclados bajó de 32 centavos la libra a 15 centavos la libra, mientras los costos de recolectar y seleccionar las materias reciclables aumentaron de 150 dólares la tonelada a 175 dólares, costo considerablemente mayor que el valor de cualquier material reciclado, excepto el aluminio.
Los que abogan por el reciclaje suelen argumentar que el costo adicional se justifica en defensa del medioambiente, al reducir el consumo de recursos no renovables y evitar la contaminación. Pero muchas veces estos procesos adicionales producen a su vez un gasto mayor de energía, utilizando recursos adicionales y generando mayor contaminación.
La complejidad del problema es fuente de confusión para empresas que quieren ayudar a proteger el medioambiente. Frecuentemente, lo que aparenta ser "verde" resulta no serlo y lo que en realidad podría ser más beneficioso para el medioambiente resulta muy difícil de vender. Por ejemplo, los parachoques de plástico son menos reciclables que los de acero pero son mucho más livianos, reducen el consumo de combustible y por lo tanto la contaminación. Producir componentes de aluminio es un negocio energéticamente intensivo; pero el aluminio descartado es valioso, lo que estimula su reciclaje. Hasta hace poco el dueño de un automóvil convertido en chatarra tenía que pagar para que alguien se lo llevara. Ahora le pagan 25 dólares por el contenido de aluminio, bronce y zinc.
Lo lógico sería poner mayor énfasis no en el reciclaje sino en el diseño de productos para que sus componentes de alto valor puedan ser recuperados fácilmente. Mientras tanto, los consumidores deben evitar ser engañados y pagar más por productos clasificados como verdaderos.
Gran cantidad de productos que se ofrecen a la venta bajo un membrete "verde", pero éste no siempre resulta verdadero. En un sorprendente número de casos, tales como las bolsas de papel, envases de cartón y el reciclaje, se utiliza de hecho más energía y se genera más contaminación que con otras alternativas menos aplaudidas por los verdes.
Tomemos como ejemplo los plásticos, a menudo considerados como el principal enemigo del medioambiente. Se nos previene que enterrar productos plásticos en basureros contribuye a "los crecientes problemas de la contaminación tóxica" y se recomienda preferir siempre envases de papel o cartón.
Sin embargo, cuando se investigan los efectos de la manufactura del papel, desde el combustible utilizado en las sierras para cortar los árboles hasta la contaminación del aire generada por industrias que fabrican llantas para vehículos que distribuyen productos pesados de papel, se concluye que la fabricación de un vaso plástico consume la mitad de la energía y produce 35% menos sustancias químicas que se liberan a la atmósfera versus lo que sucede con la producción de envases de papel.
Esto se debe en parte a que un vaso plástico utiliza menos material que uno de papel. Además, los productos plásticos típicos pesan aproximadamente la sexta parte de los de papel que cumplen las mismas funciones. No hay que olvidar tampoco que las fábricas de pulpa y cartón, aunque mucho más limpias que en el pasado, siguen generando una cantidad importante de emisiones tóxicas.
Pero el problema real es aún más profundo. Simplemente porque un producto sea reciclable no quiere decir que será reciclado o, inclusive, que sea una buena idea reciclarlo. Tal es así que la desmesurada propaganda de productos reciclados y gastos en espiral creciente ha llevado a que numerosas ciudades reduzcan sus programas de reciclaje por ser exageradamente costosos.
En Estados Unidos, el papel de periódico reciclado se vendía a 200 dólares la tonelada en 1995 y para agosto de 1996 ese precio se había desplomado a 15 dólares la tonelada. El precio de los plásticos reciclados bajó de 32 centavos la libra a 15 centavos la libra, mientras los costos de recolectar y seleccionar las materias reciclables aumentaron de 150 dólares la tonelada a 175 dólares, costo considerablemente mayor que el valor de cualquier material reciclado, excepto el aluminio.
Los que abogan por el reciclaje suelen argumentar que el costo adicional se justifica en defensa del medioambiente, al reducir el consumo de recursos no renovables y evitar la contaminación. Pero muchas veces estos procesos adicionales producen a su vez un gasto mayor de energía, utilizando recursos adicionales y generando mayor contaminación.
La complejidad del problema es fuente de confusión para empresas que quieren ayudar a proteger el medioambiente. Frecuentemente, lo que aparenta ser "verde" resulta no serlo y lo que en realidad podría ser más beneficioso para el medioambiente resulta muy difícil de vender. Por ejemplo, los parachoques de plástico son menos reciclables que los de acero pero son mucho más livianos, reducen el consumo de combustible y por lo tanto la contaminación. Producir componentes de aluminio es un negocio energéticamente intensivo; pero el aluminio descartado es valioso, lo que estimula su reciclaje. Hasta hace poco el dueño de un automóvil convertido en chatarra tenía que pagar para que alguien se lo llevara. Ahora le pagan 25 dólares por el contenido de aluminio, bronce y zinc.
Lo lógico sería poner mayor énfasis no en el reciclaje sino en el diseño de productos para que sus componentes de alto valor puedan ser recuperados fácilmente. Mientras tanto, los consumidores deben evitar ser engañados y pagar más por productos clasificados como verdaderos.