Lo que se hundió en Mar de Barents
La pérdida inútil de 118 vidas de jóvenes marinos en el fondo de las gélidas aguas del Mar de Barents ha sido una tragedia sentida en todo el mundo. Todos nos vimos en el espejo de los rostros angustiados de sus padres y parientes. La Guerra Fría terminó hace más de diez años, pero sigue cobrando víctimas.
Pero con ellos se hundió mucho más que las valiosas vidas inmoladas. Es el epílogo de lo que queda de un sistema inhumano, absurdamente empeñado en una carrera que terminó hace tiempo.
El día del accidente, el presidente ruso Vladimir Putin, comandante supremo de las fuerzas armadas de su país, enterado del hundimiento, se marchó de vacaciones, no sin antes solidarizarse con el alto mando que rechazaba la ayuda internacional para asistir al submarino nuclear accidentado.
En aquel momento importó más la nostálgica arrogancia de superpotencia caduca, que la vida puesta en riesgo de los oficiales atrapados en aquel féretro de metal. Putín retornó de su breve veraneo tranquilo y renovado. Los despachos de prensa lo describen luciendo reluciente y bronceado.
Ya para ese entonces, la frustración de la marina de guerra rusa se hizo evidente. No podían sacar a los marinos. Ante esa realidad dio la orden de pedir y aceptar ayuda "venga de donde venga", pero el daño estaba hecho.
Tras la posible colisión que hizo pedazos la cubierta de la nave y abolló la escotilla del "Kursk", se hacía imposible abrirla y posibilitar el rescate. Gran Bretaña alistó inmediatamente un minisubmarino experimental de rescate. Noruega facilitó a su vez un buque grúa para transportarlo. Se requirieron tres días más para llegar al punto del hundimiento. Se habían perdido tiempo vital por puro orgullo y la demora terminó en tragedia.
Los marinos atrapados habían apagado los motores de la nave, aún a sabiendas que reducirían sus expectativas de vida al suprimir la calefacción y los filtros de anhidrido carbónico que finalmente los mataría. Fue una sacrificio noble para evitar que los peligrosos reactores atómicos encendidos del "Kursk" provocaran una explosión y una contaminación del mar.
Se preguntó a Putín por qué esta vez no había interrumpido sus vacaciones y había volado hacia el lugar del accidente. Contestó que su presencia allá en nada ayudaría y que por el contrario, entorpecería el trabajo de los técnicos. Tenía razón, pero nos preguntamos: ¿Cómo es que durante su campaña electoral por la presidencia voló a Chechenia, a su teatro de guerra, para estar con sus soldados, dándoles apoyo moral, y no lo hizo ahora en estos dolorosos momentos? La diferencia es que no hay una elección que ganar esta vez.
Pero ha de pagar el precio por lo hecho. Putín hizo gala de un stalinismo que se intuía desde que Boris Yeltsin lo puso en escena, trayéndolo desde los oscuros despachos de la KGB. Su frialdad se evidenció como nunca antes, incluyendo la implacable destrucción de Grozni, atemperada por la guerra.
Con el "Kursk" se hundió el sueño de Putín por recobrar para Rusia su sitial de gran potencia. Y se reflejó igual la corrupción e inhumanidad de la oligarquía militar y mafiosa que hoy gobierna a ese noble y sufrido pueblo.
Pero con ellos se hundió mucho más que las valiosas vidas inmoladas. Es el epílogo de lo que queda de un sistema inhumano, absurdamente empeñado en una carrera que terminó hace tiempo.
El día del accidente, el presidente ruso Vladimir Putin, comandante supremo de las fuerzas armadas de su país, enterado del hundimiento, se marchó de vacaciones, no sin antes solidarizarse con el alto mando que rechazaba la ayuda internacional para asistir al submarino nuclear accidentado.
En aquel momento importó más la nostálgica arrogancia de superpotencia caduca, que la vida puesta en riesgo de los oficiales atrapados en aquel féretro de metal. Putín retornó de su breve veraneo tranquilo y renovado. Los despachos de prensa lo describen luciendo reluciente y bronceado.
Ya para ese entonces, la frustración de la marina de guerra rusa se hizo evidente. No podían sacar a los marinos. Ante esa realidad dio la orden de pedir y aceptar ayuda "venga de donde venga", pero el daño estaba hecho.
Tras la posible colisión que hizo pedazos la cubierta de la nave y abolló la escotilla del "Kursk", se hacía imposible abrirla y posibilitar el rescate. Gran Bretaña alistó inmediatamente un minisubmarino experimental de rescate. Noruega facilitó a su vez un buque grúa para transportarlo. Se requirieron tres días más para llegar al punto del hundimiento. Se habían perdido tiempo vital por puro orgullo y la demora terminó en tragedia.
Los marinos atrapados habían apagado los motores de la nave, aún a sabiendas que reducirían sus expectativas de vida al suprimir la calefacción y los filtros de anhidrido carbónico que finalmente los mataría. Fue una sacrificio noble para evitar que los peligrosos reactores atómicos encendidos del "Kursk" provocaran una explosión y una contaminación del mar.
Se preguntó a Putín por qué esta vez no había interrumpido sus vacaciones y había volado hacia el lugar del accidente. Contestó que su presencia allá en nada ayudaría y que por el contrario, entorpecería el trabajo de los técnicos. Tenía razón, pero nos preguntamos: ¿Cómo es que durante su campaña electoral por la presidencia voló a Chechenia, a su teatro de guerra, para estar con sus soldados, dándoles apoyo moral, y no lo hizo ahora en estos dolorosos momentos? La diferencia es que no hay una elección que ganar esta vez.
Pero ha de pagar el precio por lo hecho. Putín hizo gala de un stalinismo que se intuía desde que Boris Yeltsin lo puso en escena, trayéndolo desde los oscuros despachos de la KGB. Su frialdad se evidenció como nunca antes, incluyendo la implacable destrucción de Grozni, atemperada por la guerra.
Con el "Kursk" se hundió el sueño de Putín por recobrar para Rusia su sitial de gran potencia. Y se reflejó igual la corrupción e inhumanidad de la oligarquía militar y mafiosa que hoy gobierna a ese noble y sufrido pueblo.