Los alquimistas
El sueño alquimista de la Edad Media era convertir cualquier metal en oro. Algo que entonces era imposible. Los alquimistas modernos han logrado convertir aquel sueño en realidad. Y aunque Hermes Trismegisto sigue siendo su dios, tal devoción no venera su imagen, sino la de un pequeño trozo de papel verde llamado dólar, que una ley de 1900 convirtiera en oro y otra, de 1971, lo volviera papel.
Las grandes crisis económicas han tenido su origen en la especulación; en la ambición ilimitada; en la competitividad bajo la indomable tentación del monopolio que persigue el exterminio del contrario y en la ausencia de valores éticos. Estas son algunas de las perversiones de la condición humana que han demostrado la falacia del mercado libre. La crisis de 1907 llevó a USA, a la creación de la Reserva Federal y de una serie de instituciones reguladoras. La de 1929 demostró que al impulsar la demanda y regular otras variables monetarias, se neutralizaba la crisis.
Ahora salen a relucir las fechorías de varias empresas y bancos que provocaron la enésima destrucción del templo de Wall Street. Sus ejecutivos fueron millonariamente bonificados por aumentar la pauperización y el desempleo de la clase media, hundir en la miseria a los que ya eran pobres y dejar un tendal de viviendas vacías. Estos son algunos de los productos beneficiados con el máximo grado de inversión de la Burbuja Financiera. Una situación que para nosotros es bien conocida, pues la corrupción crónica y la tolerancia extrema hacen que la “patria boba” se acomode con resignación a la vieja política de la coima, hoy legitimada bajo el nombre elegante de cabilderos o lobbies. Mientras los ciudadanos pagamos intereses de usura, los grandes inversionistas pagan según el grado de inversión de las calificadoras de riesgo. ¿Y quién califica a las calificadoras?
Los alquimistas de la economía vernácula, los del patio, hacen arreglos de pago para cancelar sus desfalcos y obtener casa por cárcel aunque hayan asaltado bancos y empresas nacionales, sin correr el mismo riesgo de hacerlo pistola en mano, como lo hacían Butch Cassidy y el Sundance Kid, sino por hallar los resquicios legales que “leyes alquimistas” sancionan. De ese modo la especulación ostentará el bello rostro de la legalidad, aunque el negocio de la empresa sea una cochinada o ponga en peligro la salud de la población.
Los filo-sofistas del mercado libre debieran recapacitar en su teoría. El mundo que vivimos no es el de los puritanos, donde la ética jugaba un papel preponderante en la sociedad protestante y reformista de Weber. Hoy la ética y la moral duermen el sueño de los nuevos héroes, de alquimistas que reciben coimas blanqueadas con firmas de testaferros, a cambio de una tajada del jugoso cheque extranjero proveniente de un paraíso fiscal, donde el banco es una cueva en la isla de Tortuga. ¡Y viva la Pepa!