Los ancianos, una vez más
La existencia de un número plural de organizaciones de la Tercera Edad en el país revela no sólo la atención que las autoridades dan a este tema, sino la importancia que la propia sociedad le dispensa.
Con una vida de esfuerzos, esos adultos mayores ayudaron a construir el país que ahora tenemos, las familias de las que gozamos y las experiencias valiosas para el futuro inmediato. ¿Hasta dónde, sin embargo, hay correspondencia entre los esfuerzos de una vida y las retribuciones que el Estado les asigna? Tal pareciera que muchas organizaciones de la Tercera Edad, responsables de sus quehaceres y gastos, fueran una suerte de entidades para entretener al adulto y no un mecanismo para retribuirle calidad de vida, y hacer placenteros sus años de longevidad.
¿Cuánta es la asistencia oficial a las entidades en cuestión? ¿De qué manera se entrelazan con ventajas y apoyos que da el Estado en el sector social? No es que no se dé, es que no se conoce y nadie rinde cuentas al respecto. ¿Cuál es el balance del estado de nuestros adultos mayores? Aquí se sabe, por ejemplo, cuántos niños tenemos, cuánto comen y cuánto no; cuántos están desnutridos y mal nutridos, y cuántos no. No sucede lo mismo en el caso de los adultos mayores.
Traemos el tema a tapete, porque se observa mayor rigurosidad en el tratamiento de un aspecto y menos en otro. Enhorabuena, por ejemplo, la Primera Dama tomó en sus manos el tema de la discapacidad, y algunas entidades y patronatos el de los niños, y ¿el de los ancianos? ¿Se sabe cómo transcurre la situación de muchos de ellos? ¿Cuántos adultos mayores hay en el país y cuántos aparecen incorporados en las organizaciones especializadas? ¿Cuántos están en situación de abandono y por cuántos responden sus familiares? No es posible que tras una vida de trabajo y aportes, lo único que hereden sea el abandono y el olvido.
Con una vida de esfuerzos, esos adultos mayores ayudaron a construir el país que ahora tenemos, las familias de las que gozamos y las experiencias valiosas para el futuro inmediato. ¿Hasta dónde, sin embargo, hay correspondencia entre los esfuerzos de una vida y las retribuciones que el Estado les asigna? Tal pareciera que muchas organizaciones de la Tercera Edad, responsables de sus quehaceres y gastos, fueran una suerte de entidades para entretener al adulto y no un mecanismo para retribuirle calidad de vida, y hacer placenteros sus años de longevidad.
¿Cuánta es la asistencia oficial a las entidades en cuestión? ¿De qué manera se entrelazan con ventajas y apoyos que da el Estado en el sector social? No es que no se dé, es que no se conoce y nadie rinde cuentas al respecto. ¿Cuál es el balance del estado de nuestros adultos mayores? Aquí se sabe, por ejemplo, cuántos niños tenemos, cuánto comen y cuánto no; cuántos están desnutridos y mal nutridos, y cuántos no. No sucede lo mismo en el caso de los adultos mayores.
Traemos el tema a tapete, porque se observa mayor rigurosidad en el tratamiento de un aspecto y menos en otro. Enhorabuena, por ejemplo, la Primera Dama tomó en sus manos el tema de la discapacidad, y algunas entidades y patronatos el de los niños, y ¿el de los ancianos? ¿Se sabe cómo transcurre la situación de muchos de ellos? ¿Cuántos adultos mayores hay en el país y cuántos aparecen incorporados en las organizaciones especializadas? ¿Cuántos están en situación de abandono y por cuántos responden sus familiares? No es posible que tras una vida de trabajo y aportes, lo único que hereden sea el abandono y el olvido.