Los billetes de cien dólares
Los bancos, el comercio y las autoridades, han perdido la batalla contra los falsificadores. Y aunque son de obligatoria aceptación, los billetes de cien y cincuenta dólares ya no circulan. Pocos se arriesgan a recibirlos; y cuando lo hacen, los someten a una engorrosa rutina que involucra la entrega de cédula, reporte de la dirección, y la firma de un documento para asumir responsabilidad en caso de problemas posteriores.
El Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos se esmera por combatir las falsificaciones. Cada vez, con mayor frecuencia, recogen los billetes y los reemplazan con ediciones sofisticadas. Hemos presenciado atónitos los cambios. Un hilo yace oculto en el espesor del billete; un fantasma de algún prohombre de la Unión o la independencia americana sonríe a contraluz y cada billete está lleno de trampas ocultas para atrapar al impostor. Son tantos los dispositivos de seguridad, que verificar su autenticidad se ha vuelto tarea de especialistas.
Hasta los bancos temen recibirlos. Algunos los fotocopian y hacen firmar a quien los entrega. Las máquinas verificadoras no son fiables, ni siquiera para ellos. Se requiere de tediosos y prolongados cursos para distinguir entre un billete bueno y otro malo. Hasta la calidad del papel ha cambiado. Es una especie de tela hecha de una fibra única, producto de una mezcla secreta. Pero los falsificadores las han reproducido con todos sus impresos, a la perfección.
La señal de la derrota, que más parece una desbandada, es la desaparición de los billetes altos de los bancos. Son recibidos y sacados de inmediato de circulación. La calle se ha quedado sin billetes de cien y cincuenta dólares. Y cuando alguien se ha negado a recibir en cambio un fajo de billetes bajos en el clásico y gordo sobre amarillo - el preferido de los maleantes que aguardan afuera - el cajero le informa: "Ya no damos billetes grandes porque presentan muchos problemas". Algunos comercios prefieren recibir su pago en cheque y tarjeta de crédito. Parece mentira que un cheque personal sea más fiable que una flamante letra contra el Tesoro del Tío Sam.
El Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos se esmera por combatir las falsificaciones. Cada vez, con mayor frecuencia, recogen los billetes y los reemplazan con ediciones sofisticadas. Hemos presenciado atónitos los cambios. Un hilo yace oculto en el espesor del billete; un fantasma de algún prohombre de la Unión o la independencia americana sonríe a contraluz y cada billete está lleno de trampas ocultas para atrapar al impostor. Son tantos los dispositivos de seguridad, que verificar su autenticidad se ha vuelto tarea de especialistas.
Hasta los bancos temen recibirlos. Algunos los fotocopian y hacen firmar a quien los entrega. Las máquinas verificadoras no son fiables, ni siquiera para ellos. Se requiere de tediosos y prolongados cursos para distinguir entre un billete bueno y otro malo. Hasta la calidad del papel ha cambiado. Es una especie de tela hecha de una fibra única, producto de una mezcla secreta. Pero los falsificadores las han reproducido con todos sus impresos, a la perfección.
La señal de la derrota, que más parece una desbandada, es la desaparición de los billetes altos de los bancos. Son recibidos y sacados de inmediato de circulación. La calle se ha quedado sin billetes de cien y cincuenta dólares. Y cuando alguien se ha negado a recibir en cambio un fajo de billetes bajos en el clásico y gordo sobre amarillo - el preferido de los maleantes que aguardan afuera - el cajero le informa: "Ya no damos billetes grandes porque presentan muchos problemas". Algunos comercios prefieren recibir su pago en cheque y tarjeta de crédito. Parece mentira que un cheque personal sea más fiable que una flamante letra contra el Tesoro del Tío Sam.