Los caminos del fraude
A medida que aumenta la posibilidad de un resultado estrecho en las elecciones de mayo próximo, más grande es la probabilidad de fraude. Lo ocurrido en 1994 cuando el partido en el poder reconoció el triunfo de la oposición por el insignificante margen de 34 mil votos es inédito en la historia patria y no tiene necesariamente que repetirse el domingo próximo.
El fraude electrónico puede ocurrir y, en ese sentido, no arroja una buena señal el que se ensaye simultáneamente dos sistemas distintos de votación, por papeletas y máquinas computadoras, aunque sean opcionales. Ello es particularmente peligroso porque por inexplicable razón, aquí se queman las papeletas de votación, dejando en manos de quienes confeccionan las actas de mesa el precisar los resultados, sin posibilidad alguna de ulterior verificación.
Las actas de mesa son formularios complejos que cambian de forma y contenido cada año, cuyo manejo está fuera del alcance del común de los jurados de mesa que nombran los partidos. Al final, son los representantes del Tribunal Electoral quienes hacen prevalecer su criterio frente a los demás.
El hecho de que el manejo de las actas siga una senda tortuosa que empieza en el lugar de votación, para pasar a una Junta Circuital y de allí a la Junta Nacional de Escrutinio, con complicadas estaciones de por medio, se presta a manipulaciones.
Por otra parte, la experiencia indica que San Blas y el oriente chiricano son tradicionales bolsones de fraude, propicios para voltear un resultado cuando es estrecho. La deficiente preparación de los jurados de mesa y la condición de áreas de difícil acceso, provocan demoras que brindan ocasión para malas prácticas.
Las impugnaciones y una legislación plagada de ambigüedades y peores interpretaciones son también caldo de cultivo ideal para el fraude. Así por ejemplo, un electorado acostumbrado a la raya como mecanismo de escogencia entre dos o más candidatos, puede ver su voto anulado si en esta ocasión, en vez de utilizar el gancho como marca de selección, aplica el viejo método, y peor aún, si se interpreta la raya como señal de preferencia en vez de desaprobación.
Del mismo modo, unas impugnaciones que pongan en manos de una mala decisión judicial un número decisivo de votos, bien puede hacer la diferencia entre el triunfo o la derrota. La elección del 84 fue en ese aspecto una experiencia amarga para una oposición que vio convertir una amplia victoria en una estrecha pérdida por 1713 votos, producto de una combinación de impugnaciones adversas y resultados dudosos en zonas indígenas.
En todo este cuadro de negativas posibilidades, los medios de comunicación y los organismos de supervisión independientes pueden conjurar parte del peligro. Pero la comunidad tiene mucho que aportar con su presencia en las mesas, vigilando cada detalle y denunciando cualquier irregularidad.
Y a quienes cedan a la tentación del juego peligroso, es bueno recordar que en el extranjero hay gente poderosa, ansiosa de cualquier pretexto para negar a Panamá la reversión del Canal y las bases militares, con el argumento de no entregarlos a manos de un gobierno surgido de un fraude electoral.
El fraude electrónico puede ocurrir y, en ese sentido, no arroja una buena señal el que se ensaye simultáneamente dos sistemas distintos de votación, por papeletas y máquinas computadoras, aunque sean opcionales. Ello es particularmente peligroso porque por inexplicable razón, aquí se queman las papeletas de votación, dejando en manos de quienes confeccionan las actas de mesa el precisar los resultados, sin posibilidad alguna de ulterior verificación.
Las actas de mesa son formularios complejos que cambian de forma y contenido cada año, cuyo manejo está fuera del alcance del común de los jurados de mesa que nombran los partidos. Al final, son los representantes del Tribunal Electoral quienes hacen prevalecer su criterio frente a los demás.
El hecho de que el manejo de las actas siga una senda tortuosa que empieza en el lugar de votación, para pasar a una Junta Circuital y de allí a la Junta Nacional de Escrutinio, con complicadas estaciones de por medio, se presta a manipulaciones.
Por otra parte, la experiencia indica que San Blas y el oriente chiricano son tradicionales bolsones de fraude, propicios para voltear un resultado cuando es estrecho. La deficiente preparación de los jurados de mesa y la condición de áreas de difícil acceso, provocan demoras que brindan ocasión para malas prácticas.
Las impugnaciones y una legislación plagada de ambigüedades y peores interpretaciones son también caldo de cultivo ideal para el fraude. Así por ejemplo, un electorado acostumbrado a la raya como mecanismo de escogencia entre dos o más candidatos, puede ver su voto anulado si en esta ocasión, en vez de utilizar el gancho como marca de selección, aplica el viejo método, y peor aún, si se interpreta la raya como señal de preferencia en vez de desaprobación.
Del mismo modo, unas impugnaciones que pongan en manos de una mala decisión judicial un número decisivo de votos, bien puede hacer la diferencia entre el triunfo o la derrota. La elección del 84 fue en ese aspecto una experiencia amarga para una oposición que vio convertir una amplia victoria en una estrecha pérdida por 1713 votos, producto de una combinación de impugnaciones adversas y resultados dudosos en zonas indígenas.
En todo este cuadro de negativas posibilidades, los medios de comunicación y los organismos de supervisión independientes pueden conjurar parte del peligro. Pero la comunidad tiene mucho que aportar con su presencia en las mesas, vigilando cada detalle y denunciando cualquier irregularidad.
Y a quienes cedan a la tentación del juego peligroso, es bueno recordar que en el extranjero hay gente poderosa, ansiosa de cualquier pretexto para negar a Panamá la reversión del Canal y las bases militares, con el argumento de no entregarlos a manos de un gobierno surgido de un fraude electoral.