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Los "cargamales"


Estimada periodista Lineth Rodríguez:

Me dirijo a usted sin conocerla movido por su artículo (9 de febrero, Sección Ey!, Panamá América) que devela un poco el lado "oscuro" del carnaval panameño, y la felicito.

Los carnavales fueron en sus comienzos un evento donde la reina se elegía por votación popular, a centavo el voto. El dinero recogido servía a la Junta, integrada por gente "honorable", para sufragar gastos. Cualquier particular, a su riesgo, podía traer artistas y orquestas que presentaban en toldos, para diversión del pueblo. El día de coronación, cedían los artistas para darle lucimiento. El pueblo pagaba para divertirse. No se practicaba lo que llaman el arte del "serruche" o "mocheo" del bille. No había figuritas repetidas.

¿Quién dañó el carnaval panameño? Muy sencillo, los canales de televisión al descubrir y montar la horrible Tarima Gratuita, monumento al mal gusto musical. Allí murieron los desfiles y nacieron las comparsas "t-shirts" de mala muerte y el público a pelechar del espectáculo. Pero lo peor es el nivel artístico. Para mí la tarima es el tinaco musical de estas fiestas. La mayoría de los artistas que nos visitan no pasan de mediocres en otras latitudes, verdadera pelagra. Pagamos bofe a precio de filete. La falta de cultura musical y de crítica de farándula, nos ha llevado a considerar como excelente todo lo que pasa por aquí y en lugar de hacerse análisis crítico del espectáculo, se escribe una simple crónica descriptiva del mismo.

Usted no menciona nombres, pero nos propone el piensa mal y acertarás. Además, muchos de estos artistas los hemos visto por dos pesos en otros países.

Vayamos al artista nacional. Usted pensará que yo, autor-compositor-intérprete, no debiera criticar; pero es que yo al menos sí conozco mis limitaciones, sé ocupar mi lugar, y no tengo humo en la cabeza. Contaditos son los que tienen categoría internacional, que en el escenario son originales, creativos, diferentes, con contenido lírico y que no necesitan de bailarines, luces de colores, efectos, pantallas gigantes, etc., para demostrar su talento. ¡Cuán pobre está el guiso cuando sobresalen los condimentos! También son los mismos los que suben a dar aullidos, a hacer ejercicios calisténicos y posturas parapléjicas, con un desorden de repertorio incoherente, los que vemos año tras año, y de paso a almorzarse olímpicamente 25 y 30 mil panchos de nuestros impuestos, por un espectáculo "ratoneril" y de mal gusto, verdadera tortura auditiva. Y es que hay una terrible confusión entre interpretación y amenizar o arengar, verbos que ellos conjugan a la perfección, pero que el pueblo, gorrero, y poco exigente se traga como pez el anzuelo. El resto de los nacionales, no los verás, no aparecen en las listas, llenaron los papeles, pero no hay de piña. Es posible, como dicen por allí, que sea porque ¿no quieren compartir lo que les va a tocar? A ellos les conjugan el verbo planchar en todos sus tiempos. ¿Y qué de los artistas viejos?, que en otros países tienen su espacio. Panamá, país del Kleenex y el desecho, no es para ellos, o reciben limosnas.

El año pasado me tocó ver en escena al famoso Nigga. Me dio vergüenza ajena; pésimo autor, cantante de regadera, total desconocimiento del espacio escénico, cero interpretación, insípido, aburrido... patético. Pero nadie en los 5 días de carnaval hizo una crónica justa de todo el purgante musical que nos dieron esta roña de extranjeros y locales. Siempre apoyaré al pana por encima del extranjero, a pesar de que muchos se venden, como dice el filme de Leone, "Por un puñado de dólares"; pero no tolero las roscas, capillas, componendas y el endiosamiento de estrellitas fabricadas. Espero que su artículo mueva a otras personas del medio a dar la cara y no dejarse más atarugar de tanta mediocridad e incultura, disfrazada de talento.

101 años de Panamá América

 
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