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Los cargos son cargas


Cuando el servicio público se ejerce con honestidad y corrección, el funcionario así comprometido descubre muy pronto que más que un cargo es una carga. Su conciencia lo ata y le impide hacer lo que normalmente hacen los particulares desde la esfera privada: no puede hacer negocios, no puede ayudar a sus amigos, y tampoco puede hacer nada para poner en desventaja a los que considera sus enemigos ni desquitarse contra ellos.
Un servidor público nunca puede colocarse en situación de competencia frente a otro, porque la lógica de la competición terminará por destruir a ambos en sus posiciones, y el que más habrá perdido es el Estado, la colectividad, cuyos recursos se despilfarran por pasiones inconfesables. El servidor que viola los linderos de su compromiso ético porque cede ante las pasiones personales también es corrupto, aunque no reciba dinero, pues la coima no es la única ni la más grande de las modalidades de la corrupción.
Toda utilización del cargo público para fines personales es al fin y al cabo una violación de los deberes del servicio público y más tarde o más temprano acumulará sucientes pruebas en su contra. Más allá de las frivolidades que se repiten en la escena pública, un buen funcionario sabe que su imagen es el producto de su trabajo, de la huella que deja en su institución, y sabe hacer a un lado los sentimientos (de amistad o venganza) que alberga ese ser vulnerable que todos llevamos dentro.

101 años de Panamá América

 
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