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Los carnavales los hace el pueblo


EN VARIAS ocasiones he escrito mi propuesta para rescatar los carnavales de la capital. La solución es menos interferencia de las autoridades, llámense éstas Instituto de Turismo, Junta del Carnaval o Municipio de Panamá. El error está, insisto, en quitarle la iniciativa a quien debe ser el principal protagonista de la fiesta: el pueblo pueblo.
El éxito de los carnavales está en la participación del pueblo motivada por la competencia. En ese sentido, Las Tablas y otras localidades del interior del país son un magnífico ejemplo. No se requiere buscar modelos foráneos. La tradicional rivalidad de las calles arriba y las calles abajo es incentivo suficiente. Un año antes de las fiestas, los integrantes de cada sector comienzan a organizar actividades para recoger fondos y motivar a sus partidarios. El resultado es conocido y su éxito también.
Hace años vengo proponiendo que en vez de atribuirle la organización de la fiesta a la denominada Junta del Carnaval, que ha llegado hasta la ridiculez de corretear, físicamente, a humildes vendedores de confetis y otras chucherías menores, porque no habían tramitado un permiso que solamente podía otorgar la Junta, la motivación se deje a la iniciativa popular. Estoy convencido de que en estos casos la organizaciones desde arriba no sirven para nada sino que contienen y entorpecen la creatividad popular con tantas reglamentaciones y tramitaciones.
Los carnavales, está comprobado con los casos de Río de Janeiro o Nueva Orleans pueden ser una importante atracción turística y, en consecuencia, fuente de ingresos. Para lograrlo, en el caso nuestro, no hacen falta grandes inversiones sino estimular la participación popular mediante incentivos apropiados.
Mi propuesta consiste en otorgar premios en efectivo a las mejores comparsas, grupos musicales, carros alegóricos, reinas y disfraces.
Las sumas a repartir no tienen que ser exorbitantes, pero sí suficientes para motivar la participación. Se podrían establecer 10 premios para las mejores comparsas, repartiendo entre ellas medio millón de dólares así: 250 mil al primer lugar y premios de valor descendente para las que ocupen los lugares siguientes. Igual cosa se haría con los carros alegóricos, los disfraces, etc.
Para establecer un sistema de premios bastaría con destinar alrededor de un millón y medio de dólares.
¿De dónde saldría el dinero? Lógicamente éste debe ser aportado por el IPAT, el Municipio de Panamá, y las empresas que recibirían los mayores beneficios, tales como licoreras, cervecerías, casinos y hoteles. Lo que sacrificarían sería insignificante en comparación con los beneficios que recibirían. Y demostrarlo con números no requeriría de mayores esfuerzos.
Un comentario especial merece el capítulo de la Reina del Carnaval. Creo que es un error escoger una reina antes de las fiestas y cargarla con la responsabilidad de ser el centro de la fiesta.
El escogimiento de la reina debe ser el resultado de una competencia entre los barrios de la capital. Cada uno de ellos debiera escoger su reina para que compitan por la corona de reina absoluta.
El escogimiento se debería hacer al final del tercer día, es decir, el lunes de carnaval. La que haya aportado mayor alegría, mediante su participación en los desfiles, no importa que no sea la más bonita, debe ser premiada como Reina del Carnaval y en esa calidad presidir el desfile del día martes.
Para decidir los premios se constituiría un jurado, compuesto por representantes de asociaciones cívicas y otras entidades imparciales que aseguren decisiones objetivas y justas. Las juntas y cualquier otro invento similar saldrían de la película de una vez por todas, porque no son necesarias. Las autoridades encargadas del orden y la seguridad cumplirían la función que por Ley les corresponde. Y no hace falta más.

101 años de Panamá América

 
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