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Los carnavales santeños


A raíz de las críticas que de los carnavales tableños hiciera la directora regional del Instituto Panameño de Turismo (IPAT) en Azuero, se desató una polémica, en la que gustosos tomamos parte en esta columna, resumiendo nuestra postura en el popular dicho: "Si no ayudas, al menos no fastidies". Los santeños lo dirían mejor: "Ni raja la leña, ni presta el hacha".
Y es que el IPAT tiene más de 15 años de no destinar un solo centavo al carnaval tableño. Pero ni falta que hace. Es mil veces preferible mantenerlos, como ahora, "privatizados", a cargo de las tunas y las familias que prestan sus mejores hijas por orgullo y defensa de su calle.
El día en que el gobierno se meta a organizar el carnaval tableño, pasará lo de la capital, cuyo esplendor terminó cuando se convirtieron en oficiales y las entidades públicas desplazaron a los clubes privados que, en sus años de gloria, le dieron esplendor sin par.
Por eso, para más bien que mal, la diferencia surgida con el IPAT es buena noticia para los carnavales tableños. La entidad dio, sin quererlo, una razón perfecta para que, por muchos años, - y conste que los santeños son conocidos por no olvidar jamás los agravios -, el IPAT y el gobierno se mantengan muy a la distancia.
Al margen de lo anterior, las críticas contra los desórdenes que en ellos se presentan, tienen apenas un fundamento parcial. En primer lugar, cada quien habla de la fiesta según como le vaya en ella. Y en segundo lugar, no es justo emitir un juicio de conjunto, si sólo se enfoca lo malo. Eso es así respecto a cualquier evento o lugar. Nueva York, por ejemplo, puede ser tanto uno ciudad encantadora como un paraíso del crimen. Pero lo cierto, es que es ambas cosas y, por tanto, una opinión imparcial debía consultar las dos aristas.
Igual pasa con los carnavales tableños. El desenfreno lo traen los visitantes; y no todos, sino un pequeño grupo que viene a hacer desórdenes en casa ajena, evitándolos en la propia. Pero para eso debe estar la Policía.
Por otro lado, el carnaval tableño no puede ser visto aisladamente. El mismo se enmarca en un rico entorno geográfico configurado por preciosos pueblos vecinos, cada uno de los cuales celebra a su modo su carnaval. En éstos, la migración foránea es menor y, por tanto, conservan mucha autenticidad folclórica, como antaño.
Siendo así, el visitante puede optar entre una amplia gama de posibilidades, en un estrecho radio de no más de 60 kilómetros, con excelentes vías de comunicación. De ese modo, para los amantes de unas fiestas más tranquilas y tradicionales, allí están los carnavales de Pedasí, La Palma, San José, Macaracas y otros, donde las tunas lucen polleras y montunos, a ritmo de tambor y a la luz de velas envueltas en cinta.
Obviamente, eso no lo sabe el IPAT; que mejor es que siga pensando que Panamá sólo es un Canal y una mala copia de Miami. Hay en todo ese encanto santeño, un delicioso sentimiento xenobóbico que les ayudará a mantener la autenticidad y sus raíces.


101 años de Panamá América

 
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