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Los cierres de calle


En democracia es típico que cada quien proteste, que haga sentir sus desacuerdos y formule propuestas constructivas, porque las protestas por sí mismas, no tienen ningún aporte significativo. Solo son productivas en la medida en que incorporen elementos nuevos, que ayuden a resolver problemas, no a crearlos.
Pero una cosa es disentir y otra la forma como se hace. Por estos días, y en años anteriores, hemos visto como cierto sector de la ciudadanía privilegia los cierres de calles como medida de protesta, provocando no solo incómodos tranques, sino afectando prácticamente a importantes segmentos del aparato productivo. Así, en tanto que con una protesta se trata de corregir un problema, se provocan otros, en ocasiones de mayor magnitud.
¿Es posible protestar en el contexto del sistema sin perjudicar sus actividades? ¿O es que se está convencido de que las protestas solo son efectivas en la medida en que perjudiquen a terceros? Quienes prohíjen protestas deben saber que estas solo tienen éxito en la medida en que capten la simpatía de amplios sectores de la sociedad, que aun cuando no intervengan directamente en las acciones, expresen su solidaridad con una causa. Por el contrario, si tal protesta no capta esa simpatía sino el rechazo, seguramente la causa fracasará, y lo que es peor quedará huérfana del respaldo que la podía hacer triunfar.
Tal es el caso de los educadores. Amplios sectores de la sociedad coinciden en el carácter justo de su demanda, pero es evidente que llegar a la medida de fuerza que mantienen han llevado su movimiento a un desgaste acelerado que podía afectar su propia consistencia.
Las marchas, los tranques, los estudiantes perdiendo clases, el comercio afectándose. La onda expansiva de una situación como esta va más allá de la mera reivindicación educativa, o de la afectación a los estudiantes. Es el país mismo, sus posibilidades de inversión y en consecuencia sus perspectivas de desarrollo las que se van erosionando. Es imposible perfeccionar la democracia apelando a viejas formas que la niegan. Hay que producir nuevas y mejores formas de protestas, a tono con la realidad que vivimos.

101 años de Panamá América

 
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