Los diez del patíbulo
Este pasaje que he querido titular "Los diez del patíbulo", emulando el título de una interesante cinta cinematográfica, debe ser conocida, especialmente en estos días cercanos a un aniversario de la invasión de 1989, más que todo por los jóvenes aguadulceños y también los del resto del país. Eran las 11:10 p.m., aproximadamente, del 19 de diciembre de 1989, cuando sonó el teléfono de mi residencia en Aguadulce y una voz conocida me susurró desde Panamá: "Lucho: ¡Azúcar!" Era la clave para proceder a protegernos, acordada entre los candidatos triunfadores de la ADO Civilista en la elecciones de mayo de ese año, en el caso previsible de que los facinerosos del régimen dictatorial decidieran proceder con violencia contra nosotros, como ya teníamos sospechas.
Semanas antes, en las paredes de nuestras casas, aparecieron grandes letras "T" de color rojo que, como supimos, las habían pintado los batalloneros de Aguadulce para señalar las viviendas de los líderes locales de la ADO Civilista, a raíz de que se evidenciaba que el gobierno norteamericano procedería, en alguna forma, en contra del dictador Noriega y su férula, y si ello ocurría, pandillas de facinerosos de otros lugares irrumpirían en nuestras casas marcadas con el indicado símbolo para asesinarnos. Así, habíamos acordado que el primero que supiera de un evento que pudiera desencadenar los ataques contra nosotros, debería avisar al resto, vía telefónica o por la manera más rápida evadiendo la vigilancia del Sargento Sánchez, pistolero del G-2 y sus facinerosos, que siempre nos tenían vigilados. Adoptamos la palabra clave "Azúcar" para alertarnos y que cada quien procediera a protegerse con su familia.
De allí, pues, que al escuchar tal palabra clave en mi teléfono, esa aciaga noche, procedí a vestirme pidiendo a mi esposa y a mi hija Milagros que hicieran lo propio para salir de la casa, lo antes posible. Sin embargo, no me fue posible convencer a mi esposa, ya que ella aducía que yo no había hecho nada pecaminoso y que no tenían por qué proceder contra mí. (Ingenuidad)
Vista su renuencia a dejar la residencia y seguirme, opté por quedarme en espera de lo que sucediera. Alrededor de las 11:40 p.m. tocaron a mi puerta. Era "el cholo" Sánchez del G-2, quien me dijo que debía ir con él al Cuartel, pues el Teniente quería verme. Observé que mi casa estaba rodeada por encapuchados con AK-47.
Al llegar al Cuartel, el Teniente con gesto napoleónico, me mandó a una celda grande a la cual fueron trayendo, luego, a un sinnúmero de opositores políticos de Aguadulce. Más tarde nos trasladaron, a los más destacados políticamente, a una reducida celda, con mínima ventilación, conocida como "la chiquita", cuya puerta era sólida y de metal con sólo una ventanilla o mirilla. En esa celda podrían caber, aceptablemente, unas tres personas, pero fueron llenándola de presos políticos hasta ser más de 10; de manera que ni siquiera podíamos sentarnos sino por turnos y con un calor infernal. Allí nos mantuvieron todo el día 20 y la mañana del 21. Por la pequeña ventanilla pudimos ver pasar a varios aguadulceños batalloneros, que hoy intentan presentarse como personas respetables, honradas y demócratas, con AK-47 en ristre y caras de triunfalistas y poderosos.
A eso del mediodía del 21, abrieron la celda y de uno en uno fuimos conducidos a una vagoneta cerrada. Eramos diez (El Ing. Aráis Cajar, los profesores José Isabel y Misael Rodríguez, los señores Baudilio Abrego (Q.D.D.G.), Nayo Conte, Santiago De Gracia, Matito Monteverde, Alonso Fernández, Teodosio Bonilla y quien escribe). A todos nos apilaron en el fondo de una vagoneta, unos sobre otros, custodiados por dos batalloneros armados, uno de ellos, un tal Visuetti (que por nuestras calles sigue pululando) era el jefe del grupo que incluía también a un militar de civil, que manejaba el vehículo.
Cuando el odioso Visuetti nos espetó la siguiente sentencia: "Lo que les va a pasar Uds. es por ser traidores a la Revolución y al General Noriega", no hubo dudas de que pretendían cumplir el acuerdo de Penonomé, de asesinarnos. Después de unos 20-25 minutos, la camioneta se detuvo y el jefecillo Visuetti y el conductor se bajaron, mientras que el otro batallonero armado se quedaba custodiándonos. A poco escuchamos una discusión y vimos cómo dialogaban el teniente, el sargento sicario y los dos que nos llevaban. Estaban en la ribera de un riachuelo que debió ser el río Chico, cerca de la comunidad de Villarreal, y el problema era que la vagoneta no podía vadear el río y -como después supimos- ellos tenían el encargo de entregarnos, al otro lado, a una patrulla de paramilitares que se encargaría de hacernos desaparecer. Al final, no les quedó otra que regresarnos al cuartel y devolvernos a "la chiquita", siendo alrededor de las 4:30 de la tarde.
Entonces, escuchamos al teniente ordenando que trajeran dos bidones de cinco galones con gasolina y los colocaran a la puerta de nuestra celda e indicó a los rasos y batalloneros que allí estaban que a las 10 de la noche regaran la gasolina y prendieran fuego a nuestra celda y, por consiguiente, al edificio con todos dentro. Dicho esto se fue del cuartel.
Sentimos que estábamos al borde de la muerte por incineración, por lo que éramos "Los diez del patíbulo". Pero, resulta que como a eso de las nueve de la noche notamos que había un silencio curioso en todo el cuartel y poco después, los presos comunes que eran muchachos conocidos de la comunidad, se evadieron de sus celdas y vinieron a la nuestra para informarnos que en las instalaciones no estaban ya los testaferros norieguistas.
De inmediato, ellos desde afuera y nosotros desde adentro logramos doblar la plancha metálica de nuestra puerta y salir de la celda. Una vez liberados de ese encierro debimos planear cómo poder salir del Cuartel sin peligro, por los batalloneros que rondaban.
Como a eso de las tres de la mañana (del 23 de diciembre) aceptamos la oportuna propuesta del Ing. Aráis Cajar de romper unos ventanales de malla metálica y salir hacia el patio interior trasero del cuartel para luego saltar la muralla. Así lo hicimos cuando nuestro vigía, que era un empleado de la gasolinera vecina, que nos ayudó mucho, nos aseguró que no habían "moros en la costa" y después nos dispersamos, ya fuera del cuartel, buscando refugio en lugares seguros.
Días después conocí que resultó que amigos nuestros en el exterior de la cárcel comenzaron, esa noche, a regar el rumor de que las tropas norteamericanas que tenían dos días de estar asentadas en Penonomé, venían a tomarse Aguadulce. Esto no era cierto pero, no más conocer esta "bola" y los valientes batalloneros y guardias, que eran unas fieras contra civiles desarmados, se fueron en estampida sin acordarse de incendiar el cuartel. Salieron "más rápido que ligero" y eso nos salvó.
Nuestro dramático "vía crucis" no fue el único en el país pues, en otras partes, otros valientes civilistas, también sufrieron vejámenes, encarcelamientos y riesgos graves de sus vidas, sólo por pedir Libertad, Democracia y Justicia en nuestra Patria.
Por lo anterior, es necesario evitar, por todos los medios posibles, que situaciones incontrolables nos lleven otra vez a una dictadura como la sangrienta, desalmada y corrupta que tuvimos por 21 años y que terminó con sangre, balas y fuego. Acordémonos que en esos días dijimos "¡Nunca jamás !" y en eso no debemos cejar.
Semanas antes, en las paredes de nuestras casas, aparecieron grandes letras "T" de color rojo que, como supimos, las habían pintado los batalloneros de Aguadulce para señalar las viviendas de los líderes locales de la ADO Civilista, a raíz de que se evidenciaba que el gobierno norteamericano procedería, en alguna forma, en contra del dictador Noriega y su férula, y si ello ocurría, pandillas de facinerosos de otros lugares irrumpirían en nuestras casas marcadas con el indicado símbolo para asesinarnos. Así, habíamos acordado que el primero que supiera de un evento que pudiera desencadenar los ataques contra nosotros, debería avisar al resto, vía telefónica o por la manera más rápida evadiendo la vigilancia del Sargento Sánchez, pistolero del G-2 y sus facinerosos, que siempre nos tenían vigilados. Adoptamos la palabra clave "Azúcar" para alertarnos y que cada quien procediera a protegerse con su familia.
De allí, pues, que al escuchar tal palabra clave en mi teléfono, esa aciaga noche, procedí a vestirme pidiendo a mi esposa y a mi hija Milagros que hicieran lo propio para salir de la casa, lo antes posible. Sin embargo, no me fue posible convencer a mi esposa, ya que ella aducía que yo no había hecho nada pecaminoso y que no tenían por qué proceder contra mí. (Ingenuidad)
Vista su renuencia a dejar la residencia y seguirme, opté por quedarme en espera de lo que sucediera. Alrededor de las 11:40 p.m. tocaron a mi puerta. Era "el cholo" Sánchez del G-2, quien me dijo que debía ir con él al Cuartel, pues el Teniente quería verme. Observé que mi casa estaba rodeada por encapuchados con AK-47.
Al llegar al Cuartel, el Teniente con gesto napoleónico, me mandó a una celda grande a la cual fueron trayendo, luego, a un sinnúmero de opositores políticos de Aguadulce. Más tarde nos trasladaron, a los más destacados políticamente, a una reducida celda, con mínima ventilación, conocida como "la chiquita", cuya puerta era sólida y de metal con sólo una ventanilla o mirilla. En esa celda podrían caber, aceptablemente, unas tres personas, pero fueron llenándola de presos políticos hasta ser más de 10; de manera que ni siquiera podíamos sentarnos sino por turnos y con un calor infernal. Allí nos mantuvieron todo el día 20 y la mañana del 21. Por la pequeña ventanilla pudimos ver pasar a varios aguadulceños batalloneros, que hoy intentan presentarse como personas respetables, honradas y demócratas, con AK-47 en ristre y caras de triunfalistas y poderosos.
A eso del mediodía del 21, abrieron la celda y de uno en uno fuimos conducidos a una vagoneta cerrada. Eramos diez (El Ing. Aráis Cajar, los profesores José Isabel y Misael Rodríguez, los señores Baudilio Abrego (Q.D.D.G.), Nayo Conte, Santiago De Gracia, Matito Monteverde, Alonso Fernández, Teodosio Bonilla y quien escribe). A todos nos apilaron en el fondo de una vagoneta, unos sobre otros, custodiados por dos batalloneros armados, uno de ellos, un tal Visuetti (que por nuestras calles sigue pululando) era el jefe del grupo que incluía también a un militar de civil, que manejaba el vehículo.
Cuando el odioso Visuetti nos espetó la siguiente sentencia: "Lo que les va a pasar Uds. es por ser traidores a la Revolución y al General Noriega", no hubo dudas de que pretendían cumplir el acuerdo de Penonomé, de asesinarnos. Después de unos 20-25 minutos, la camioneta se detuvo y el jefecillo Visuetti y el conductor se bajaron, mientras que el otro batallonero armado se quedaba custodiándonos. A poco escuchamos una discusión y vimos cómo dialogaban el teniente, el sargento sicario y los dos que nos llevaban. Estaban en la ribera de un riachuelo que debió ser el río Chico, cerca de la comunidad de Villarreal, y el problema era que la vagoneta no podía vadear el río y -como después supimos- ellos tenían el encargo de entregarnos, al otro lado, a una patrulla de paramilitares que se encargaría de hacernos desaparecer. Al final, no les quedó otra que regresarnos al cuartel y devolvernos a "la chiquita", siendo alrededor de las 4:30 de la tarde.
Entonces, escuchamos al teniente ordenando que trajeran dos bidones de cinco galones con gasolina y los colocaran a la puerta de nuestra celda e indicó a los rasos y batalloneros que allí estaban que a las 10 de la noche regaran la gasolina y prendieran fuego a nuestra celda y, por consiguiente, al edificio con todos dentro. Dicho esto se fue del cuartel.
Sentimos que estábamos al borde de la muerte por incineración, por lo que éramos "Los diez del patíbulo". Pero, resulta que como a eso de las nueve de la noche notamos que había un silencio curioso en todo el cuartel y poco después, los presos comunes que eran muchachos conocidos de la comunidad, se evadieron de sus celdas y vinieron a la nuestra para informarnos que en las instalaciones no estaban ya los testaferros norieguistas.
De inmediato, ellos desde afuera y nosotros desde adentro logramos doblar la plancha metálica de nuestra puerta y salir de la celda. Una vez liberados de ese encierro debimos planear cómo poder salir del Cuartel sin peligro, por los batalloneros que rondaban.
Como a eso de las tres de la mañana (del 23 de diciembre) aceptamos la oportuna propuesta del Ing. Aráis Cajar de romper unos ventanales de malla metálica y salir hacia el patio interior trasero del cuartel para luego saltar la muralla. Así lo hicimos cuando nuestro vigía, que era un empleado de la gasolinera vecina, que nos ayudó mucho, nos aseguró que no habían "moros en la costa" y después nos dispersamos, ya fuera del cuartel, buscando refugio en lugares seguros.
Días después conocí que resultó que amigos nuestros en el exterior de la cárcel comenzaron, esa noche, a regar el rumor de que las tropas norteamericanas que tenían dos días de estar asentadas en Penonomé, venían a tomarse Aguadulce. Esto no era cierto pero, no más conocer esta "bola" y los valientes batalloneros y guardias, que eran unas fieras contra civiles desarmados, se fueron en estampida sin acordarse de incendiar el cuartel. Salieron "más rápido que ligero" y eso nos salvó.
Nuestro dramático "vía crucis" no fue el único en el país pues, en otras partes, otros valientes civilistas, también sufrieron vejámenes, encarcelamientos y riesgos graves de sus vidas, sólo por pedir Libertad, Democracia y Justicia en nuestra Patria.
Por lo anterior, es necesario evitar, por todos los medios posibles, que situaciones incontrolables nos lleven otra vez a una dictadura como la sangrienta, desalmada y corrupta que tuvimos por 21 años y que terminó con sangre, balas y fuego. Acordémonos que en esos días dijimos "¡Nunca jamás !" y en eso no debemos cejar.