Los grandes retos del quinquenio 1999-2004
Después de la fiesta democrática que vivimos todos los panameños el pasado domingo 2 de mayo, y luego de mostrarle al mundo nuestro espíritu de tolerancia y convivencia pacífica, el país se aboca a una nueva etapa histórica que tiene una importancia crucial para nuestro devenir como nación.
Cuando el 1 de septiembre la presidenta electa, Mireya Moscoso, asuma oficialmente la primera magistratura del país, empezará a funcionar una maquinaria distinta de la actual, y se espera que los objetivos y los frutos de dicha gestión gubernamental beneficien a la mayoría de la población, sumida en grados alarmantes de pobreza y olvidada por el gobierno de Ernesto Pérez.
La nueva presidenta tiene grandes retos que superar y uno de los más visibles (desde el escrutinio mismo) será trabajar con una Asamblea Legislativa políticamente adversa, así como un alcalde capitalino no menos polémico, perteneciente, también al funesto P.R.D.
Afortunadamente, de manera sabia y conciliatoria, doña Mireya ha llamado a una concertación de unidad nacional, de modo que se trabaje en beneficio del pueblo panameño.
Superado este obstáculo, (sólo el tiempo nos dirá si es posible) queda por resolver una agenda de Estado y un proyecto de nación, en los cuales sobresalen los grandes problemas sociales y las expectativas de todo un pueblo.
El Canal de Panamá, administración, reversión y funcionamiento sostenible y cualitativo se perfila, junto con la Caja de Seguro Social, el desempleo y la crisis educativa, como uno de los monstruos a los que deberá enfrentarse, como David ante Goliat, la administración Moscoso.
Para ello, la corrupción, la injusticia y la desigualdad social y económica habrán de ser combatidas con verticalidad y sin paños tibios, como ella misma lo manifestó en su discurso de aceptación de la victoria de mayo.
Por otro lado, la población pobre de este país espera que el costo de la canasta básica familiar disminuya, y que alguien con sensibilidad social y sentido común, como la señora Moscoso, se percate de su inaccesibilidad para los que menos tienen, circunstancia a la que vivieron ajenos el presidente Pérez, el señor Chapman y el señor Carlos Vallarino, encargados de la política económica neoliberal.
La mora judicial y la injusticia misma deben ser puntos clave en los propósitos del gobierno nacional del próximo quinquenio, ya que un país donde impera la injusticia, mal puede ser recinto de la democracia.
La dotación de agua potable y fluido eléctrico para grandes sectores del país (en especial para las áreas propiamente rurales) será un acto de reivindicación y de equidad sociales.
La disminución del analfabetismo en esas mismas áreas de difícil acceso y la desaparición de las escuelas ranchos (que son una bofetada a la pregonada modernización de la educación), así como la despolitización de todo el sistema educativo son tareas que esperan respuestas en el gobierno mireyista, un gobierno para todos.
Los problemas de los grupos indígenas también deberán ser asumidos como un compromiso y una obligación de Estado, como lo son también los altos y preocupantes índices de desnutrición, insalubridad y falta de atención médica o la deficiencia de ésta.
El ataque certero y constante a la red de pequeños distribuidores de drogas en los barrios marginados, así como a los grandes capos que negocian con la salud física y mental de la población, necesitaría ahora más que nunca, un especial énfasis por parte de las autoridades.
La juventud habrá de ser foco de atención y prioridad en el componente poblacional, sobre todo por constituirse como la reserva moral de un país en el que los valores morales y cívicos peligran a todas luces.
El caos del transporte público deberá ser resuelto buscando una verdadera concertación con los grupos implicados en el asunto, de modo que lo más pronto posible se acabe con el pésimo servicio que recibimos quienes utilizamos los medios de transporte público y colectivo.
La cultura, tan dejada de la mano por los tecnócratas y aristócratas, ha de ser atendida por una persona realmente comprometida con los valores artísticos y literarios, así como con la historia y la tradición folclórica de nuestro país.
La garantía de que estas dificultades puedan ser resueltas o abordadas con la mejor buena intención es, de hecho, la elección que hicimos el pasado domingo.
Sin embargo, como bien dijimos en nuestro anterior artículo (El Perfil de Mireya, La Prensa, 30 de abril) ella, como todo gobernante, deberá escoger (con muy buen tino) a los mejores hombres y a las mejores mujeres para que lleven a buen puerto la embarcación del Estado panameño, capitaneado, esta vez, por una dama de primera, para parafrasear a nuestra ilustre escritora Acracia Sarasqueta de Smith.
Cuando el 1 de septiembre la presidenta electa, Mireya Moscoso, asuma oficialmente la primera magistratura del país, empezará a funcionar una maquinaria distinta de la actual, y se espera que los objetivos y los frutos de dicha gestión gubernamental beneficien a la mayoría de la población, sumida en grados alarmantes de pobreza y olvidada por el gobierno de Ernesto Pérez.
La nueva presidenta tiene grandes retos que superar y uno de los más visibles (desde el escrutinio mismo) será trabajar con una Asamblea Legislativa políticamente adversa, así como un alcalde capitalino no menos polémico, perteneciente, también al funesto P.R.D.
Afortunadamente, de manera sabia y conciliatoria, doña Mireya ha llamado a una concertación de unidad nacional, de modo que se trabaje en beneficio del pueblo panameño.
Superado este obstáculo, (sólo el tiempo nos dirá si es posible) queda por resolver una agenda de Estado y un proyecto de nación, en los cuales sobresalen los grandes problemas sociales y las expectativas de todo un pueblo.
El Canal de Panamá, administración, reversión y funcionamiento sostenible y cualitativo se perfila, junto con la Caja de Seguro Social, el desempleo y la crisis educativa, como uno de los monstruos a los que deberá enfrentarse, como David ante Goliat, la administración Moscoso.
Para ello, la corrupción, la injusticia y la desigualdad social y económica habrán de ser combatidas con verticalidad y sin paños tibios, como ella misma lo manifestó en su discurso de aceptación de la victoria de mayo.
Por otro lado, la población pobre de este país espera que el costo de la canasta básica familiar disminuya, y que alguien con sensibilidad social y sentido común, como la señora Moscoso, se percate de su inaccesibilidad para los que menos tienen, circunstancia a la que vivieron ajenos el presidente Pérez, el señor Chapman y el señor Carlos Vallarino, encargados de la política económica neoliberal.
La mora judicial y la injusticia misma deben ser puntos clave en los propósitos del gobierno nacional del próximo quinquenio, ya que un país donde impera la injusticia, mal puede ser recinto de la democracia.
La dotación de agua potable y fluido eléctrico para grandes sectores del país (en especial para las áreas propiamente rurales) será un acto de reivindicación y de equidad sociales.
La disminución del analfabetismo en esas mismas áreas de difícil acceso y la desaparición de las escuelas ranchos (que son una bofetada a la pregonada modernización de la educación), así como la despolitización de todo el sistema educativo son tareas que esperan respuestas en el gobierno mireyista, un gobierno para todos.
Los problemas de los grupos indígenas también deberán ser asumidos como un compromiso y una obligación de Estado, como lo son también los altos y preocupantes índices de desnutrición, insalubridad y falta de atención médica o la deficiencia de ésta.
El ataque certero y constante a la red de pequeños distribuidores de drogas en los barrios marginados, así como a los grandes capos que negocian con la salud física y mental de la población, necesitaría ahora más que nunca, un especial énfasis por parte de las autoridades.
La juventud habrá de ser foco de atención y prioridad en el componente poblacional, sobre todo por constituirse como la reserva moral de un país en el que los valores morales y cívicos peligran a todas luces.
El caos del transporte público deberá ser resuelto buscando una verdadera concertación con los grupos implicados en el asunto, de modo que lo más pronto posible se acabe con el pésimo servicio que recibimos quienes utilizamos los medios de transporte público y colectivo.
La cultura, tan dejada de la mano por los tecnócratas y aristócratas, ha de ser atendida por una persona realmente comprometida con los valores artísticos y literarios, así como con la historia y la tradición folclórica de nuestro país.
La garantía de que estas dificultades puedan ser resueltas o abordadas con la mejor buena intención es, de hecho, la elección que hicimos el pasado domingo.
Sin embargo, como bien dijimos en nuestro anterior artículo (El Perfil de Mireya, La Prensa, 30 de abril) ella, como todo gobernante, deberá escoger (con muy buen tino) a los mejores hombres y a las mejores mujeres para que lleven a buen puerto la embarcación del Estado panameño, capitaneado, esta vez, por una dama de primera, para parafrasear a nuestra ilustre escritora Acracia Sarasqueta de Smith.