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Los inmigrantes


Boston /AIPE Yo no estoy en contra de la inmigración -dijo una prominente figura política americana pero los inmigrantes de hoy en día no se parecen a los de antes. No están bien educados. No se molestan en aprender inglés. Y a la tasa en que se multiplican, pronto habrá más de ellos que de nosotros.
¿Acaso sería Jim Buchanan, refiriéndose a los mexicanos que se vierten sobre Texas y California? No, se trata de Benjamín Franklin hablando de los alemanes en Pennsylvania.
"Se requieren fuertes medidas respecto a los alemanes," escribió Franklin en mayo de 1753, debido a que "esos individuos que vienen generalmente son los más ignorantes y estúpidos de su país y... es casi imposible quitarles los prejuicios que traen... importan muchos libros de Alemania... los letreros en las calles aparecen en los dos idiomas y en algunos sitios sólo en alemán... en los tribunales hay creciente necesidad de utilizar intérpretes".
Franklin concluía que era necesario reducir la inmigración alemana. Y desde entonces, preocuparse por la baja calidad y alto número de inmigrantes es unos de los pasatiempos preferidos. La historia no nos dice lo que los peregrinos que desembarcaron en el Mayflower pensaban acerca de los que llegaron después, pero seguramente se quejaban de que no eran del mismo calibre.
Podemos excusar a Franklin por imaginarse que los alemanes "más ignorantes" eran los que venían. En 1753, la gran mezcla apenas comenzaba. Un siglo después, la perfecta asimilación de los inmigrantes era un hecho obvio.
En 1888, Teodoro Roosevelt alababa la obra de James Bryce, "The American Commonwealth", por haber comprendido perfectamente que en vez de ser la estirpe americana aplastada por la inmigración, ésta ha absorbido a los inmigrantes, manteniéndose virtualmente sin cambio alguno". En su propio libro, Roosevelt expresó admiración por los inmigrantes, lamentando la tendencia en convertirlos en chivos expiatorios.
Pero lo que Franklin decía de los alemanes en el siglo XVIII, el senador Henry Cabot Lodge lo decía de los rusos, polacos e italianos en el siglo XIX. Y un siglo más tarde, la revista conservadora National Review, en apoyo de la Proposición 187 en California, exponía que el resentimiento hacia los inmigrantes es la señal de cómo "la nación americana resiste su propia disolución".
Falsa acusación. El sueño americano de tener casa propia esta vivo entre los inmigrantes. La mitad de los ciudadanos estadounidenses nacidos en el exterior viven en casas de su propiedad. Según el censo de 1996, 75,6% de los inmigrantes que llegaron antes de 1970 eran propietarios de sus hogares, comparado con 69,8% de los nacidos en Estados Unidos.
Los inmigrantes aprenden inglés. A principios del siglo, 3 de cada 4 inmigrantes hablaban algo de inglés. Para 1990, la proporción era 10 de cada 11. Dentro de los diez años siguientes a su llegada a Estados Unidos, los inmigrantes dominan bien el inglés y el uso del inglés por parte de sus hijos es prácticamente universal.
Y nada promueve más el crisol de culturas diversas que el matrimonio. En el caso de las mujeres inmigrantes de Asia, por ejemplo, 18,6% se casaron con noasiáticos en 1994. Más del 29% de las asiáticas de segunda generación y más de 41% de tercera generación están casadas con noasiáticos. ¿Acaso puede haber un más bello símbolo de nuestro lema nacional? "E pluribus unum": de muchos, uno.
En una era sin desempleo y creciente cinismo, necesitamos más inmigrantes que nunca antes. Ellos son el secreto de nuestro éxito: gente trabajadora, dispuesta a tomar riesgos, que aprecian de tal manera nuestro estilo de vida, que están dispuestos a arrancar raíces y venir a vivir con nosotros. Los que llegaron en el Mayflower desembarcaron hace 379 años. Qué deuda tan grande de gratitud tenemos con ellos y con todos los demás que vinieron después.
Columnista del Boston Globe.

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