Los intelectuales y la sociedad
La idea de que los intelectuales son impugnadores, rebeldes, antagonistas y hasta en algunos casos, subversivos, parece ser aceptada y mantenida en distintas épocas por la casi mayoría de los demás miembros de la sociedad; sin olvidar que todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de tal.
De igual forma, se reconoce que la dinámica de la historia de las ideas es inconcebible al margen de la historia de los intelectuales que han hecho posible tal dinámica; ya que con sus pensamientos indóciles han contribuido a poner en crisis los valores existentes de los dogmas, de las creencias y de las edificaciones ideológica vigentes e imperantes en las sociedades y culturas de pertenencia; por lo que se afirma que han cuestionado las mismas, las han estremecido, las han guiado promoviendo y confeccionando modificaciones en su entorno por su insistente interés de hacer cosas nuevas. En la vida del intelectual, parece imposible obviar las relaciones entre el saber y el poder, entre el pensamiento y la acción, entre teoría y práctica, entre utopía y realidad; principalmente por el juicio que el resto de la sociedad de manera implacable le propina a este ser de polémica existencia, cuya labor de dar luz y de servir de orientador a la sociedad de la cual es parte, le atrae admiración, respeto, odio y hasta incompresión. Por su importancia es cortejado o temido por su capacidad de persuadir, de ganarse seguidores o de neutralizar adversarios.
Y es que, el intelectual tiene medios para hacerlo, porque sobre todo le escucha con atención la mayoría de la población cuando presenta su punto de vista, cuando cuestiona y cuando rechaza alguna opinión, referente al tópico que conoce en profundidad.
En nuestro país, por dicha en el desarrollo de nuestra historia, han surgido con eficacia las respuestas a los problemas nacionales y en la búsqueda de las mismas, siempre la intelectualidad panameña ha dicho presente.
Frente a un nuevo siglo, Panamá afronta nuevas realidades como todos los demás países y en este período de adaptación y confrontación propias de la reestructuración mundial, es tácito que la labor de entendimiento e interpretación de las nuevas realidades del saber humano conlleve la necesidad del desempeño oportuno y contundente del intelectual como faro- guía en el devenir de la vida del Estado panameño.
Pero la interrogante es cómo la sociedad panameña acogerá la dirección de los intelectuales, y cómo los intelectuales se insertarán en los debates que de seguro formarán parte de la historia panameña. En los nuevos tiempos, este matrimonio parece indisoluble, aunque de seguro con una corta luna de miel.
De igual forma, se reconoce que la dinámica de la historia de las ideas es inconcebible al margen de la historia de los intelectuales que han hecho posible tal dinámica; ya que con sus pensamientos indóciles han contribuido a poner en crisis los valores existentes de los dogmas, de las creencias y de las edificaciones ideológica vigentes e imperantes en las sociedades y culturas de pertenencia; por lo que se afirma que han cuestionado las mismas, las han estremecido, las han guiado promoviendo y confeccionando modificaciones en su entorno por su insistente interés de hacer cosas nuevas. En la vida del intelectual, parece imposible obviar las relaciones entre el saber y el poder, entre el pensamiento y la acción, entre teoría y práctica, entre utopía y realidad; principalmente por el juicio que el resto de la sociedad de manera implacable le propina a este ser de polémica existencia, cuya labor de dar luz y de servir de orientador a la sociedad de la cual es parte, le atrae admiración, respeto, odio y hasta incompresión. Por su importancia es cortejado o temido por su capacidad de persuadir, de ganarse seguidores o de neutralizar adversarios.
Y es que, el intelectual tiene medios para hacerlo, porque sobre todo le escucha con atención la mayoría de la población cuando presenta su punto de vista, cuando cuestiona y cuando rechaza alguna opinión, referente al tópico que conoce en profundidad.
En nuestro país, por dicha en el desarrollo de nuestra historia, han surgido con eficacia las respuestas a los problemas nacionales y en la búsqueda de las mismas, siempre la intelectualidad panameña ha dicho presente.
Frente a un nuevo siglo, Panamá afronta nuevas realidades como todos los demás países y en este período de adaptación y confrontación propias de la reestructuración mundial, es tácito que la labor de entendimiento e interpretación de las nuevas realidades del saber humano conlleve la necesidad del desempeño oportuno y contundente del intelectual como faro- guía en el devenir de la vida del Estado panameño.
Pero la interrogante es cómo la sociedad panameña acogerá la dirección de los intelectuales, y cómo los intelectuales se insertarán en los debates que de seguro formarán parte de la historia panameña. En los nuevos tiempos, este matrimonio parece indisoluble, aunque de seguro con una corta luna de miel.