Los intocables
La historia de India, con su ancestral sistema de castas, trae la de los intocables, dalit. Nacen sin derechos, como la iluminación para acceder a las divinidades. En sus reivindicaciones ya han llegado hasta tener a uno de los suyos como Primer Ministro de India. En Bangladesh a ésos les llaman arza; en Yemen, Al-Akdham. Aquí también hay intocables, pero antípodas de los de la India o Bangladesh; son intocables por la ley, la autoridad, la justicia: están por encima de todo. Nadie los puede tocar; pareciera que hasta el cielo lo tienen comprado. Han seguido al pie de la letra el famoso refrán de John D. Rockefeller: "Primero hazte rico, y después vuélvete honesto".
Esos contrabandearon a destajo licores, ropa, electrodomésticos; inventaron el "diverted market" (productos que venía a Panamá, pero reenviaban ilícitamente a otro mercado); pisotearon derechos de indígenas y campesinos para hacerse de grandes extensiones de tierra. Sobornaron a cuanto funcionario pudieron para no pagar impuestos; contribuyeron a toda campaña para accesar a los poderosos de turno y hasta recomendar gente en puestos claves. Prostituyeron nuestras instituciones y tradiciones; tenían sus jueces y fiscales; sus diputados y hasta sus presidentes. Cambiaron sus estilos para hacer más dinero; era el tiempo de volverse honrados y "señores". Las tiendas de licores y de ropa se convirtieron en bancos y aseguradoras; se metieron en el negocio inmobiliario, por lo que disfrutan su exagerado "boom". No tuvieron prurito en servir de lavandería a granel, en bancos, con la venta de casas y apartamentos, en casinos y cuanto negocio se prestara para ganar dinero rápido.
Tras el ejemplo de Rockefeller, esos intocables a los que nunca les cae el peso de sus acciones, se presentan en los foros importantes; son los grandes amigos de los presidentes. Si por casualidad alguien los demanda o los denuncia, sus abogados se encargan de evadir su comparecencia en juzgado o fiscalía. Ahora son los ciudadanos honrados dispuestos a apoyar a todo el que los necesite, los clubes cívicos los adoran. Los bienhechores de nuestra sociedad; los honestos que dan el mejor ejemplo.
Los intocables abundan aquí; copiamos ese mal de países desarrollados y no tanto, donde la impunidad de algunos va de la mano de la inmunidad que obtienen con el poder de sus chequeras. Los valores, simplemente, se trastocaron por completo.
Cada uno de nosotros se topa por allí a diario con uno de esos personajes reciclados y su mimetismo puede confundir al más confiado que al verlo, lo admiran y hasta comentan: "He allí un Gran Señor". Caras vemos, corazones no; menos almas y conciencias.