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Los jóvenes y la velocidad


Es evidente, por este tipo de estadísticas, que los jóvenes tienen necesidad de autoafirmarse y muchas veces utilizan el automóvil y demás vehículos a motor para canalizar sus deseos de libertad. Es difícil concienciarlos sobre los peligros, ya que están en una etapa de rebeldía en la que no escuchan a su entorno familiar, sino a sus similares. Los jóvenes deberían saber que una única lata de cerveza disminuye la capacidad de conducir entre un 20 y un 30 por ciento. Nuestra legislación, a diferencia de lo que ocurre en otros países del mundo, no considera un delito conducir con 0.5 gramo de alcohol por litro de sangre.
La legislación panameña debe incorporar, de todos modos, una serie de restricciones para los conductores novatos, que, aunque ambiguas, deben ser conocidas y fácil de controlar o cumplir. Por ejemplo, durante los seis meses posteriores a la obtención de la licencia para manejar, los jóvenes deberían llevar una identificación en el automóvil, una letra "P" de color amarillo, que indicaría que quien conduce es un principiante.
Los especialistas son unánimes en cuanto a la escasa seriedad con que se adjudican las licencias entre los conductores y no vacilan en decir que se trata de una práctica más orientada hacia la recaudación de fondos que a la prevención vial. En países con una larga tradición en esta materia, por el contrario, las habilitaciones se van escalonando y aparecen distintos límites para los principiantes, como, por ejemplo, la prohibición de conducir en la noche.
El problema es de una enorme gravedad, pero no parece haber conmovido aún las fibras más sensibles de nuestra sociedad. Ni siquiera los accidentes de enorme repercusión pública, han generado una reacción suficiente como para que podamos decir que estamos en un sendero distinto.
Nuestros jóvenes no son esencialmente distintos de los de otros países. Ellos viven este febril mundo y sienten que dirigir un automóvil o una motocicleta es una manera de volverse poderoso o de rozar los límites de nuevos absolutos. Pero en otros lugares la ley es implacable y se aplica, cosa que no ocurre en Panamá.
La clara conciencia de la ley es un factor determinante, en muchos lugares, para que una persona que ha bebido se inhiba de tomar el volante. Este simple hábito no está, todavía, en nuestro bagaje de conductas. Pero tampoco lo están el exceso de velocidad, el pasar en luz roja y hacer giros prohibidos. Y mientras eso persista, tendremos que resignarnos a más dolorosos lutos, de los que nadie está a salvo.


101 años de Panamá América

 
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