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Los menores delincuentes


E l país no puede hacer políticas públicas a golpe de manotazos o por reacción a hechos noticiosos. Así ocurrió con el record policivo y cada cierto tiempo nos asalta el tema de delitos que cometen o se les imputan a menores de edad; y, a partir de allí, se desatan los burócratas y tecnócratas con sus diagnósticos y proyecciones, los que han vivido el asunto en carne propia, sin faltar, desde luego, los políticos de turno que buscan poner su "pata de gallina" en búsqueda de apoyo electoral.

A la vista existen dos extremos: Los que quieren la ley del "ojo por ojo" sin atenuante por la edad y condición del menor; y los que siguen considerándolos menores infractores que merecen trato especial con independencia de la gravedad del delito cometido.

La sugerencia de aumento de penas no es solución, porque ya se probó sin ningún resultado. La falta de recursos es una excusa sobre usada que ya no tiene utilidad alguna. Y pensar que el sistema carcelario va a resocializar al interno es un chiste de mal gusto. Un internamiento prolongado nos garantiza, por lo menos, un delincuente profesional adulto en el futuro inmediato.

Para un mensaje contundente con elementos claros de seguridad ciudadana bastaría una ley simple que modifique el procedimiento actual para el juzgamiento de los menores en los casos de homicidios dolosos, lesiones personales dolosas gravísimas o con resultado de muerte, robo, secuestro, violación sexual, tráfico de drogas, pandillerismo, para que la detención preventiva no tenga el límite corto actual ni para que existan plazos breves para dictar sentencia, entre otros trámites. En otras palabras, apliquémosle a los menores que delinquen en los casos mencionados el mismo procedimiento que hoy rige para los adultos. En casos de delitos graves, a los menores no les puede resultar más fácil salir que entrar a las cárceles.

Esta solución se aleja de las posiciones extremas en boga y aporta tranquilidad inmediata en tres fuentes: 1) Ante la comunidad en donde crece la percepción de impunidad a favor de los menores, 2) para las víctimas que reflejan un creciente coraje de venganza; y 3) frente a las autoridades que deben perseguirlos, capturarlos y juzgarlos, porque podrían llegar a un nivel de frustración fronteriza con la aptitud de poco importa frente a la ola de menores delincuentes.

101 años de Panamá América

 
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