Los miercolitos del señor Doctor
"...Tú viniste a la vida como un predestinado, libre de toda mancha de culpa original". Nicole Garay (1873-1928).
HACE YA TIEMPO y por muchos años, presté servicio como médico cardiólogo en un pobrísimo hospital rural que apenas dista treinta minutos de la capital. Fueron años de rica experiencia humana, pero de una frustrante y agotadora tensión emocional por las elementales carencias tecnológicas y de personal especializado en una rama de la medicina que progresa más rápido que el crecimiento económico y demográfico de la región.
Por cuestiones de mala organización y escasa logística administrativa del sistema de salud aún vigente, junto con mi colega fallecido, el Dr. Francisco Fiol (q.e.p.d.), dábamos consulta especializada dos veces por semana en un precario consultorio de un hacinado Centro de Salud. Yo lo hacía los días martes y jueves. Los miércoles los tenía reservado para un solo paciente.
Era un anciano alto y enjuto, que vivía en el mismo lugar donde había nacido, en las inmediaciones de las serranías centrales. Venía acompañado de su hijo, un hombre de edad mediana, educado, algo tímido, exquisitamente cortés pero sin llegar a la afectación. El anciano había pasado con creces la centuria y aunque el tiempo se le notaba en el cuerpo, todavía conservaba una asombrosa claridad mental, sobre todo para los sucesos del pasado lejano. Quizás no podía recordar con facilidad el nombre del mandatario de aquellos años -¡más le valdría olvidarlo!- en cambio, recordaba con lujo de detalles a los integrantes del gabinete de 1903.
Oti, la eficiente y mágica secretaria del servicio de Cardiología, capaz de conseguir hasta lo que no existía, nos preparaba un exquisito café de media mañana que hace tiempo no he vuelto a probar. Mi paciente especial me confesó que dada su edad era el único café que su familia le tenía permitido tomar. Recuerdo que en la primera cita, además de su longevidad, me llamó la atención su ciudadanía: colombiano. Después de los comentarios preliminares con que se entibia el frío inaugural y se rompen los inevitables prejuicios de la primera relación médico-paciente, el anciano, orgulloso, volvió a reafirmar su origen y confesó que nunca había renunciado a su nacionalidad. En voz baja, como para que Oti no lo oyera, me dijo que tampoco quiso aprender el himno. En cambio, allí no más, comenzó a tararear muy quedamente, casi en secreto.. ¡OH gloria inmarcesible! ¡OH júbilo inmortal! Fue entonces cuando decidí darle un día exclusivo. Los miércoles.
Yo me había procurado una agenda que aún conservo. En ella apunté todos los detalles históricos y los personajes de las distintas épocas con quienes el anciano había convivido directa o indirectamente. Allí está escrita su opinión sobre Bolívar, al que aún llamaba "mi querido señor Libertador" y la de Santander, por quien profesaba una admiración sorprendente e inusual. Un hecho extraordinariamente interesante porque Santander es conocido en América como "el hombre de las leyes" y ha permanecido muy popular dentro del reducido ámbito intelectual y civilista, de los historiadores y constitucionalistas, pero nunca pensé que pudiera serlo para un campesino. "Vea mi señor doctor, en este país se necesitan menos jefes y más justicia..", solía repetir cuando lo acicateaba con alguna pregunta. No sé bien a cuál país se refería, pero intuyo que a los dos.
Un día trajo un cuaderno de tapas duras, cosido a mano. En sus resquebrajadas páginas donde el tiempo y la humedad habían impreso su huella, con letra grotesca pero legible, aún se podían leer las tareas escolares. Muy borrosas, a pie de página, descifré las de un sello: Departamento de Panamá. República de Colombia.
Obviamente el examen médico no duraba más que unos cuantos minutos, apenas un poco más que el tiempo de convencerlo para que se quitara el sombrero requintado que "no abandonaba ni para dormir", pero la cita abarcaba el resto de la mañana. Algunas veces compartimos algún almuerzo criollo, de esos que se toman "de a pie" en la cafetería del hospital. Tenía una voz quebradiza pero dulce y melodiosa y aún conservaba algo del característico seseo colombiano. Hablamos de las incursiones de Victoriano Lorenzo, de quien recordaba que aún le debía algunas vacas y gallinas expropiadas en nombre de la causa liberal. "Al Cholo lo entregaron engañao mi señor doctor, pa´ terminar con la guerra (de los Mil Días) y empezar el Canal de los gringos".
Para él los personajes de la historia resultaban familiares, cotidianos y vulnerables. Su narración contrastaba tanto con la marmórea devoción de los manuales de la historia oficial y de la veneración que la mitología patria va fraguando con el paso de los años, que mi asombro se tornó en curiosidad morbosa. Había allí material para re-escribir buena parte de nuestra vida republicana. Casi toda. Por lo menos, hasta el día en que repentinamente dejó de acudir a su cita.
Tengo en mi poder un tesoro invaluable: la historia de un hombre viejo que es también la historia de un país joven, que como él, nació y vivió en una dualidad interminable pero con una clara convicción, sentida y profunda. Es un pequeño rincón de América, distante de la metrópoli bogotana, pero no lejos de la codicia de los hombres. Transformado hoy en una de las naciones más modernas y progresistas del continente. Por caprichos de la vida y bajo circunstancias dolorosas, la inmigración del país hermano se va transformando, día a día, en una especie de historia inversa, como aquella que el viejito colombiano me contaba los días miércoles.
(drjcal@psi.net.pa)
HACE YA TIEMPO y por muchos años, presté servicio como médico cardiólogo en un pobrísimo hospital rural que apenas dista treinta minutos de la capital. Fueron años de rica experiencia humana, pero de una frustrante y agotadora tensión emocional por las elementales carencias tecnológicas y de personal especializado en una rama de la medicina que progresa más rápido que el crecimiento económico y demográfico de la región.
Por cuestiones de mala organización y escasa logística administrativa del sistema de salud aún vigente, junto con mi colega fallecido, el Dr. Francisco Fiol (q.e.p.d.), dábamos consulta especializada dos veces por semana en un precario consultorio de un hacinado Centro de Salud. Yo lo hacía los días martes y jueves. Los miércoles los tenía reservado para un solo paciente.
Era un anciano alto y enjuto, que vivía en el mismo lugar donde había nacido, en las inmediaciones de las serranías centrales. Venía acompañado de su hijo, un hombre de edad mediana, educado, algo tímido, exquisitamente cortés pero sin llegar a la afectación. El anciano había pasado con creces la centuria y aunque el tiempo se le notaba en el cuerpo, todavía conservaba una asombrosa claridad mental, sobre todo para los sucesos del pasado lejano. Quizás no podía recordar con facilidad el nombre del mandatario de aquellos años -¡más le valdría olvidarlo!- en cambio, recordaba con lujo de detalles a los integrantes del gabinete de 1903.
Oti, la eficiente y mágica secretaria del servicio de Cardiología, capaz de conseguir hasta lo que no existía, nos preparaba un exquisito café de media mañana que hace tiempo no he vuelto a probar. Mi paciente especial me confesó que dada su edad era el único café que su familia le tenía permitido tomar. Recuerdo que en la primera cita, además de su longevidad, me llamó la atención su ciudadanía: colombiano. Después de los comentarios preliminares con que se entibia el frío inaugural y se rompen los inevitables prejuicios de la primera relación médico-paciente, el anciano, orgulloso, volvió a reafirmar su origen y confesó que nunca había renunciado a su nacionalidad. En voz baja, como para que Oti no lo oyera, me dijo que tampoco quiso aprender el himno. En cambio, allí no más, comenzó a tararear muy quedamente, casi en secreto.. ¡OH gloria inmarcesible! ¡OH júbilo inmortal! Fue entonces cuando decidí darle un día exclusivo. Los miércoles.
Yo me había procurado una agenda que aún conservo. En ella apunté todos los detalles históricos y los personajes de las distintas épocas con quienes el anciano había convivido directa o indirectamente. Allí está escrita su opinión sobre Bolívar, al que aún llamaba "mi querido señor Libertador" y la de Santander, por quien profesaba una admiración sorprendente e inusual. Un hecho extraordinariamente interesante porque Santander es conocido en América como "el hombre de las leyes" y ha permanecido muy popular dentro del reducido ámbito intelectual y civilista, de los historiadores y constitucionalistas, pero nunca pensé que pudiera serlo para un campesino. "Vea mi señor doctor, en este país se necesitan menos jefes y más justicia..", solía repetir cuando lo acicateaba con alguna pregunta. No sé bien a cuál país se refería, pero intuyo que a los dos.
Un día trajo un cuaderno de tapas duras, cosido a mano. En sus resquebrajadas páginas donde el tiempo y la humedad habían impreso su huella, con letra grotesca pero legible, aún se podían leer las tareas escolares. Muy borrosas, a pie de página, descifré las de un sello: Departamento de Panamá. República de Colombia.
Obviamente el examen médico no duraba más que unos cuantos minutos, apenas un poco más que el tiempo de convencerlo para que se quitara el sombrero requintado que "no abandonaba ni para dormir", pero la cita abarcaba el resto de la mañana. Algunas veces compartimos algún almuerzo criollo, de esos que se toman "de a pie" en la cafetería del hospital. Tenía una voz quebradiza pero dulce y melodiosa y aún conservaba algo del característico seseo colombiano. Hablamos de las incursiones de Victoriano Lorenzo, de quien recordaba que aún le debía algunas vacas y gallinas expropiadas en nombre de la causa liberal. "Al Cholo lo entregaron engañao mi señor doctor, pa´ terminar con la guerra (de los Mil Días) y empezar el Canal de los gringos".
Para él los personajes de la historia resultaban familiares, cotidianos y vulnerables. Su narración contrastaba tanto con la marmórea devoción de los manuales de la historia oficial y de la veneración que la mitología patria va fraguando con el paso de los años, que mi asombro se tornó en curiosidad morbosa. Había allí material para re-escribir buena parte de nuestra vida republicana. Casi toda. Por lo menos, hasta el día en que repentinamente dejó de acudir a su cita.
Tengo en mi poder un tesoro invaluable: la historia de un hombre viejo que es también la historia de un país joven, que como él, nació y vivió en una dualidad interminable pero con una clara convicción, sentida y profunda. Es un pequeño rincón de América, distante de la metrópoli bogotana, pero no lejos de la codicia de los hombres. Transformado hoy en una de las naciones más modernas y progresistas del continente. Por caprichos de la vida y bajo circunstancias dolorosas, la inmigración del país hermano se va transformando, día a día, en una especie de historia inversa, como aquella que el viejito colombiano me contaba los días miércoles.
(drjcal@psi.net.pa)