Los miserables
SI EXISTE algún pueblo que debiera desconfiar de cualquier tratado, somos nosotros. No sólo por sospecha jurídica sino por una cuestión de genética histórica. De hecho, considero que nuestros tratadistas están entre los mejores del mundo. Justo Arosemena y Ricardo J. Alfaro son dos preclaros ejemplos históricos. Uno como fundador conceptual del Estado Federal y el otro, como ideólogo de la Sociedad de las Naciones, precursora de la ONU. Sin embargo, no podemos olvidar que detrás de todo tratado se esconde siempre un Buneau Varilla o una enmienda De Concini.
Es cierto que los tratados políticos son distintos a los comerciales que estamos por firmar ahora, pero si caemos en la cuenta que en casi todo el mundo los políticos de la globalización están en segundo plano con respecto a los economistas, ya sea por su manifiesta ineptitud debida a un vacío ideológico o porque los envuelve la gigantesca nube de la corrupción -más devastadora y extensa que las de Hiroshima y Nagasaki-, debemos admitir que los TLC pueden llegar a ser tan o más importantes que el de Hay-Buneau Varilla y sus consecuencias, igualmente graves.
En estos días escuchaba decir con sonrisa socarrona a un empresario alemán, ante la pregunta de un reportero de la BBC de Londres, que el desarrollo de la economía alemana en el área de la construcción demostraba que, para Alemania, era mucho más importante la contribución privada que la del Estado. Dicho así, y en alemán, me sonó a una declaración de guerra. Quedé ensimismado, pensando en el panorama de un vasto campo de batalla donde las huestes de SIEMENS, EXXON, SHELL, ENRON, HALLIBURTON, SONY y demás compañías, se alineaban con cada soldado portando sobre sus espaldas una bandera con el logo de la empresa flameando sobre las cabezas, como antaño lo hacía el samurai con el emblema del shogun. Derrotados los estados nacionales ¿volveremos a un feudo en donde, esta vez, el señor será un presidente de empresa?
Hace poco declaraban ante el Congreso de EU los representantes de las compañías petroleras más importantes, con el fin de explicar los orígenes de sus multibillonarias ganancias, teniendo en cuenta lo que el viento les llevó en el Golfo de México. La respuesta no pudo ser más frívola: son los ciclos del mercado, señalaron.
¿Pero, existe realmente un mercado que pueda ser totalmente libre? ¿Es esto una verdad irrefutable como la Ley de la gravedad universal? ¿Qué evidencias tenemos nosotros, los productores y consumidores de bienes, de que esto no es más que un slogan ideológico o meramente comercial? ¿Qué ocurriría si desaparece el Estado Nacional para dar a luz una nación empresarial sin más espacio y frontera que la de los tratados de libre comercio? ¿Quién será entonces responsable, y ante quién? ¿Será la única defensa constitucional que tenga el pueblo lo que diga un contrato de trabajo firmado bajo la influencia de una imperiosa necesidad laboral? Por último ¿puede un Estado exigir un TLC sin tener libertad o seriedad jurídica?
Donde hay demanda de algo, ese algo exige una oferta, de eso no me cabe duda alguna. Pero creo que es antinatural y poco ético que la oferta dé origen o manipule la demanda, aunque tal política sea económicamente correcta. Eso es lo que ocurre en el sistema actual basado en el consumo irrefrenable y no en el ahorro mesurado. Algo que entre nosotros solo se hace para Navidad. Ciertamente hoy tenemos una enorme demanda de justicia, de equidad, de trabajo, de educación. ¿Con qué oferta contamos?
Sin democracia política, sin Estado de Derecho, no puede haber libertad alguna y tampoco mercado libre. En democracia, es decir, en el mejor sistema político disponible hasta ahora, tenemos plena libertad para exigir justicia mientras nuestros magistrados y políticos sean conscientes de ello y los ciudadanos tengamos suficiente voluntad para defenderla. ¿Ocurriría lo mismo en un sistema puramente mercantil, donde la democracia es un escalón para conquistar la cima del bienestar de unos pocos que deben defenderlo con estados de sitios y bombas teledirigidas para evitar el acoso de los miserables y excluidos, como ocurre en la Francia en llamas de estos días, o como en la Luisiana, Alabama y Misuri lo demostraron, con evidencia palmaria, los simples vientos de una naturaleza enferma de calentura?
Ya ha sido dicho, la única libertad posible es la libertad de pensamiento. El hombre es libre cuando piensa, pero se convierte en esclavo cuando ese mismo pensamiento se transforma en acto o en palabra. Sin Estado y sin nación lo único que se puede lograr es sembrar y cosechar el terror de la injusticia. La historia de Medio Oriente hace más de cinco mil años que viene gritándonos en la oreja. Ahí es donde podemos apreciar hasta dónde el espíritu humano es capaz de llegar a sacrificarse por lograrlo. ¿Cuántos judíos fue necesario que murieran para lograr el Estado Nación que nunca tuvieron? ¿Cuántos palestinos serán necesarios que se inmolen para lograr el Estado que perdieron? ¿Cuántas guerras civiles habrá que padecer hasta conseguir el respeto universal hacia una cultura o una religión distinta?
Cuando la empresa GLOBAL SRL tenga el poder absoluto del planeta Tierra, Hobbes renacerá en otra galaxia, quizás en una isla apacible de otro mar imperial, y dirá esta vez que el Leviatán no fue el Estado, sino la ambición de los hombres que lo conforman; porque en cualquier sistema y bajo cualquier circunstancia política o económica, el hombre, tal cual es su naturaleza, siempre será un lobo hambriento y siempre encontrará la oferta disponible para saciarse a cualquier precio.
Es cierto que los tratados políticos son distintos a los comerciales que estamos por firmar ahora, pero si caemos en la cuenta que en casi todo el mundo los políticos de la globalización están en segundo plano con respecto a los economistas, ya sea por su manifiesta ineptitud debida a un vacío ideológico o porque los envuelve la gigantesca nube de la corrupción -más devastadora y extensa que las de Hiroshima y Nagasaki-, debemos admitir que los TLC pueden llegar a ser tan o más importantes que el de Hay-Buneau Varilla y sus consecuencias, igualmente graves.
En estos días escuchaba decir con sonrisa socarrona a un empresario alemán, ante la pregunta de un reportero de la BBC de Londres, que el desarrollo de la economía alemana en el área de la construcción demostraba que, para Alemania, era mucho más importante la contribución privada que la del Estado. Dicho así, y en alemán, me sonó a una declaración de guerra. Quedé ensimismado, pensando en el panorama de un vasto campo de batalla donde las huestes de SIEMENS, EXXON, SHELL, ENRON, HALLIBURTON, SONY y demás compañías, se alineaban con cada soldado portando sobre sus espaldas una bandera con el logo de la empresa flameando sobre las cabezas, como antaño lo hacía el samurai con el emblema del shogun. Derrotados los estados nacionales ¿volveremos a un feudo en donde, esta vez, el señor será un presidente de empresa?
Hace poco declaraban ante el Congreso de EU los representantes de las compañías petroleras más importantes, con el fin de explicar los orígenes de sus multibillonarias ganancias, teniendo en cuenta lo que el viento les llevó en el Golfo de México. La respuesta no pudo ser más frívola: son los ciclos del mercado, señalaron.
¿Pero, existe realmente un mercado que pueda ser totalmente libre? ¿Es esto una verdad irrefutable como la Ley de la gravedad universal? ¿Qué evidencias tenemos nosotros, los productores y consumidores de bienes, de que esto no es más que un slogan ideológico o meramente comercial? ¿Qué ocurriría si desaparece el Estado Nacional para dar a luz una nación empresarial sin más espacio y frontera que la de los tratados de libre comercio? ¿Quién será entonces responsable, y ante quién? ¿Será la única defensa constitucional que tenga el pueblo lo que diga un contrato de trabajo firmado bajo la influencia de una imperiosa necesidad laboral? Por último ¿puede un Estado exigir un TLC sin tener libertad o seriedad jurídica?
Donde hay demanda de algo, ese algo exige una oferta, de eso no me cabe duda alguna. Pero creo que es antinatural y poco ético que la oferta dé origen o manipule la demanda, aunque tal política sea económicamente correcta. Eso es lo que ocurre en el sistema actual basado en el consumo irrefrenable y no en el ahorro mesurado. Algo que entre nosotros solo se hace para Navidad. Ciertamente hoy tenemos una enorme demanda de justicia, de equidad, de trabajo, de educación. ¿Con qué oferta contamos?
Sin democracia política, sin Estado de Derecho, no puede haber libertad alguna y tampoco mercado libre. En democracia, es decir, en el mejor sistema político disponible hasta ahora, tenemos plena libertad para exigir justicia mientras nuestros magistrados y políticos sean conscientes de ello y los ciudadanos tengamos suficiente voluntad para defenderla. ¿Ocurriría lo mismo en un sistema puramente mercantil, donde la democracia es un escalón para conquistar la cima del bienestar de unos pocos que deben defenderlo con estados de sitios y bombas teledirigidas para evitar el acoso de los miserables y excluidos, como ocurre en la Francia en llamas de estos días, o como en la Luisiana, Alabama y Misuri lo demostraron, con evidencia palmaria, los simples vientos de una naturaleza enferma de calentura?
Ya ha sido dicho, la única libertad posible es la libertad de pensamiento. El hombre es libre cuando piensa, pero se convierte en esclavo cuando ese mismo pensamiento se transforma en acto o en palabra. Sin Estado y sin nación lo único que se puede lograr es sembrar y cosechar el terror de la injusticia. La historia de Medio Oriente hace más de cinco mil años que viene gritándonos en la oreja. Ahí es donde podemos apreciar hasta dónde el espíritu humano es capaz de llegar a sacrificarse por lograrlo. ¿Cuántos judíos fue necesario que murieran para lograr el Estado Nación que nunca tuvieron? ¿Cuántos palestinos serán necesarios que se inmolen para lograr el Estado que perdieron? ¿Cuántas guerras civiles habrá que padecer hasta conseguir el respeto universal hacia una cultura o una religión distinta?
Cuando la empresa GLOBAL SRL tenga el poder absoluto del planeta Tierra, Hobbes renacerá en otra galaxia, quizás en una isla apacible de otro mar imperial, y dirá esta vez que el Leviatán no fue el Estado, sino la ambición de los hombres que lo conforman; porque en cualquier sistema y bajo cualquier circunstancia política o económica, el hombre, tal cual es su naturaleza, siempre será un lobo hambriento y siempre encontrará la oferta disponible para saciarse a cualquier precio.