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Los niños de Beslán


(A Hugo Spadafora y Carlos Guzmán Baules, in memoriam). La masacre de los niños de Beslán ha originado, como era de esperarse, un sinnúmero de noticias, comentarios, opiniones y análisis en todos los países del mundo. Lo que yo estaba lejos de imaginarme era que el secuestro y la carnicería de los niños de la escuela de Beslán, iban a producir en Panamá un silencio tan indiferente como el que se ha producido.
Los métodos empleados por los guerrilleros chechenos no pueden menos que producir un tajante rechazo y una profunda indignación.
La historia nos enseña que "los medios prefiguran los fines" y que "lo conseguido por métodos abyectos acaba siendo irremediablemente abyecto". Sin embargo, en esta ocasión, lo que preocupa no es sólo eso, ni tampoco la decisión draconiana de lo que algunos llamaron en Europa el "terrible dilema", al que se enfrentaban las autoridades rusas al mando de Putin, dado que -como bien han apuntado distintos analistas internacionales: "Cualquier observador medianamente sensato que examine lo sucedido con atención llega a la conclusión inevitable de que las fuerzas rusas han intervenido con el objetivo principal de salvaguardar eso que llaman "el principio de autoridad". Resultado: todos esos muertos y heridos".
Lo preocupante y mortificante -y no es la primera vez- es que en Panamá no se produjo -como corresponde- un comentario, una reacción, una opinión, una alocución o un pronunciamiento de parte de las autoridades gubernamentales, cívicas, religiosas, gremiales, sindicales, profesionales, estudiantiles, intelectuales y otras. Los medios de comunicación, por su parte, que sólo se enteran y nos enteran de una manera profundamente superficial sobre el conflicto de Chechenia, han sido más que parcos no únicamente en las noticias brindadas, huérfanos de análisis, egoístas en la divulgación de opiniones de medios extranjeros y avaros en la importancia acordada al suceso.
El no querer que la población panameña esté apropiadamente informada y el no dar las directrices correspondientes a la más mínima solidaridad humana frente al padecimiento ajeno de tantos seres humanos, sean chechenos, tutsis, hutus, sudaneses, iraquíes, colombianos, resulta extremadamente inquietante y revelador, además de triste y vergonzoso, tanto de parte de los unos (las autoridades y demás),como de los otros (los medios escritos y audiovisuales). En el caso de estos últimos, dado el alcance que poseen y por la particular fragilidad de las defensas intelectuales y morales del público panameño, pareciera que "la violencia no sólo es aceptada: es esperada", como nos explicase Michael Medved en su obra Hollywood versus América.
El silencio y la no reacción ante la maquinaria del terror, ante lo ocurrido con los niños de Beslán, se produjo con anterioridad también en nuestro país con el atentado de Atocha en Madrid, al igual que con otras tantas masacres que se han perpetrado los últimos tiempos y, considero, ello amerita una atención más científica por parte de quienes creemos en la humanidad y en el imperio del humanismo. Ello es así, entre otras cosas, dado que el comportamiento de indiferencia, de desinterés frente a actos propios de la barbarie, favorecen a mediano y largo plazo a quienes en nombre del orden y la seguridad, proponen el autoritarismo.
Importantes interrogantes surgen y se quedan sin respuesta en nuestro medio: ¿Por qué logra la matanza indiscrimanada de niños poner el salvajismo de las fuerzas especiales de Putin en un segundo plano? ¿Por qué se condena sólo el fundamentalismo asesino y se pasa por alto "la feroz carnicería represiva lanzada por las fuerzas militares y policiales de Putin"? ¿Cómo es posible que el asesinato de niños inocentes por parte de los suicidas chechenos no sea masivamente repudiado por la población panameña, ni tampoco la acción de quienes desencadenaron la horrible masacre? ¿Quiénes se benefician de la psicosis terrorista?
Hay muchas cúpulas en Panamá que han vuelto a mostrarnos que siguen viviendo en estado de impostura. No han sabido expresar su repudio a los métodos que son contrarios al sentido común y a los anhelos de paz y progreso que deberían alentarnos a los panameños. Por eso retrocedemos en lugar de avanzar en la consolidación democrática, por eso la sin razón parece ir ganándole a la razón.

101 años de Panamá América

 
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