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Los niños de la calle


Qué situación tan triste aqueja a nuestra sociedad, tal vez producto de un sistema económico-social, donde el individualismo y los intereses particulares prevalecen como filosofía de vida. Lo cierto es que menores de edad pululan por la calle buscando, como cosa irónica de la vida, un sustento para ellos o para su familia. De forma irrisoria, los derechos de estos niños, que tanto preconizan las instituciones internacionales, quedan pisoteados y desde pequeños, época en la que deberían estar en su hogar y recibiendo una educación, se resignan a vivir como pequeños obreros de la calle.
Hace unas semanas atrás, mientras me encontraba en un restaurante de la localidad, se me acercó un niño de unos 11 años, con su rostro ingenuo y triste me ofreció unas galletas, y para molestarle le pregunté que cuánto costaban, él contestó: "sólo son 50 centavos"; le respondí que estaban muy caras sonriéndome. Para mi sorpresa él me replicó: "yo sólo me gano 10 centavos en cada galleta, ayúdeme por favor". Entumecido por tal respuesta mis ojos se enrojecieron, saqué el dinero y compré las que pude. Después me puse a pensar en cuántas galletas tenía que vender ese niño para ganar al día una cantidad que valiera la pena, y cuántos estaban en esta situación.
Qué penosa situación en un país donde tanta riqueza existe, y aunque no es algo nuevo, es un mal social creciente, los ves por todas partes y a todas horas, vendiendo galletas, rosas, golosinas, pidiendo limosnas, etc. El efecto psicológico para ellos es un mayor grado de estrés, pues trabajar a estas edades conlleva a riesgos, presión, así como una necesidad de supervivencia. Esto afecta de una manera u otra la personalidad, y el normal desarrollo mental y emocional de estos niños que ven truncado su futuro por el simple hecho de que esas energías infantiles no se canalizaron de forma adecuada.
Hasta hace poco un grupo de gobernantes se reunieron para hablar, precisamente, de la niñez, con el fin de buscar resultados que mejoren la calidad de vida de estos seres inocentes. Pero es tan paradójico que entre tanta exuberancia, carros lujosos y comidas exóticas, se hallan reunido estos personajes por los niños; mientras, muchos de ellos aguardaban bajo un semáforo o una esquina de la calle para recibir unos centavos, y llevarlos a la casa, así es el mundo. Ojalá esto no haya sido una pantomima, una charlatanería con firmas de acuerdos intangibles y que realmente las autoridades hagan algo para frenar este mal social.

101 años de Panamá América

 
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