Los niños del camino...
Son niños: 13, 14 ó 15 años, pero la vida los hizo aprender a ser adultos desde muy temprano. Los juegos de fútbol, béisbol y las ilusiones de la edad fueron reemplazados por los quehaceres hogareños. Ahora cocinan, lavan sus uniformes y limpian la casa. Quieren estudiar.
Una pícara sonrisa hizo olvidar pronto el cansancio de haber escalado la Loma Tólica. El ascenso tomó al equipo de El Panamá América varias horas a pie. Hasta los caballos dispuestos para la travesía se declararon en rebeldía.
Luis Santos, de 14 años, se acercó sin reparo justo cuando la mejor propuesta era sin duda, descansar un par de minutos y seguir el recorrido. "¿Están de paseo?", preguntó y antes de que alcanzáramos a responder indagó: "¿por qué no me llevan en su carro?". Ello significaba también ahorrarle una hora, quizás, a las ocho, nueve y 10 que caminarían hasta sus casas de vuelta del Primer Ciclo de Buenos Aires, donde estudian.
Lo encontramos camino a Virotal, su pueblo, cuando el maratón comenzaba. Era viernes y el domingo estaría de vuelta atravesando nuevamente la tortuosa "carretera" de piedra hasta el corregimiento de Buenos Aires para iniciar otra semana de estudios. Sólo iba de visita. Su madre, su padre y sus seis hermanos lo esperaban. Rogelio, su papá, los dejó en una modesta casa que adquirió para él y Emilio, su hermano. Pero, estudiar significa ser responsables de un hogar o al menos, de las implicaciones de vivir solos.
"Yo cocino"... nos dijo Luis, mientras contemplaba cada detalle del vehículo que había acaparado su atención y por el cual aceptó gustoso responder un cuestionario sobre su vida. Ese fue el trato. Se confesó amante de las Matemáticas, Ciencias Naturales y Educación Física, "en Inglés voy más o menos. Es que a veces no entiendo a la profesora y en el último examen saqué 3.0".
Este año, el menor de los Santos, de sólo cinco años, no pudo asistir al kinder como correspondía. "No había plata para los útiles", explicó Luis. "Quiero ser licenciado". ¿En qué?, preguntamos y él, con su dulce sonrisa, resumió en una frase corta pero significativa: "en lo que sea"...
Daniel Carpintero, el mayor de la banda, de 15 años, escuchaba atento a su compinche. El vive en Alto Balsa y tiene nueve hermanos. Cursa el segundo año. Para llegar a casa debe cruzar el río Viguí y otro pueblo vecino. Su recorrido le toma 10 horas.
En Chumico, a pocos minutos de Buenos Aires, un amigo lo hospeda. Sólo él y un hermano asisten a la escuela. Al igual que Luis, ha aprendido "a hacer de todo". Al salir de clases se prepara el almuerzo y atiende lo que pudo quedar pendiente antes de su partida. Es entonces cuando hace las tareas y estudia para algún ejercicio. Sin embargo, su rutina diaria es una constante carrera contra el reloj. Termina los oficios ya bien entrada la tarde cuando los beneficios de la luz natural escasean irremediablemente. A falta de energía eléctrica, como es común por estos lares, una "guaricha" o vela lo harán salir del apuro.
Y a diferencia de otros años, el 2003 entró para los Carpintero con la desesperanza y el amargo sabor del desempleo. "Mi papá no ha podido trabajar", expresó Daniel brevemente. No quería perder un segundo de observación.
Esta vez el aburrido trayecto a pie se había transformado, al menos para ellos, en el viaje de sus sueños. A pesar de que no anduvieron, mucho; lucían fascinados, al preguntarles respondían en coro: "nos ha gustado mucho... mucho".
Una situación peculiar incidió en que su padre no hubiese trabajado hasta la fecha: "él sirve en la Iglesia Católica". Daniel, no supo dar detalles de aquel inconveniente, pero se deducía que los múltiples compromisos no le permitían a su papá entrarle de lleno a la agricultura. "Pero, por allí siembra para que comamos y se vende alguna cosita"... afirmó.
Una pícara sonrisa hizo olvidar pronto el cansancio de haber escalado la Loma Tólica. El ascenso tomó al equipo de El Panamá América varias horas a pie. Hasta los caballos dispuestos para la travesía se declararon en rebeldía.
Luis Santos, de 14 años, se acercó sin reparo justo cuando la mejor propuesta era sin duda, descansar un par de minutos y seguir el recorrido. "¿Están de paseo?", preguntó y antes de que alcanzáramos a responder indagó: "¿por qué no me llevan en su carro?". Ello significaba también ahorrarle una hora, quizás, a las ocho, nueve y 10 que caminarían hasta sus casas de vuelta del Primer Ciclo de Buenos Aires, donde estudian.
Lo encontramos camino a Virotal, su pueblo, cuando el maratón comenzaba. Era viernes y el domingo estaría de vuelta atravesando nuevamente la tortuosa "carretera" de piedra hasta el corregimiento de Buenos Aires para iniciar otra semana de estudios. Sólo iba de visita. Su madre, su padre y sus seis hermanos lo esperaban. Rogelio, su papá, los dejó en una modesta casa que adquirió para él y Emilio, su hermano. Pero, estudiar significa ser responsables de un hogar o al menos, de las implicaciones de vivir solos.
"Yo cocino"... nos dijo Luis, mientras contemplaba cada detalle del vehículo que había acaparado su atención y por el cual aceptó gustoso responder un cuestionario sobre su vida. Ese fue el trato. Se confesó amante de las Matemáticas, Ciencias Naturales y Educación Física, "en Inglés voy más o menos. Es que a veces no entiendo a la profesora y en el último examen saqué 3.0".
Este año, el menor de los Santos, de sólo cinco años, no pudo asistir al kinder como correspondía. "No había plata para los útiles", explicó Luis. "Quiero ser licenciado". ¿En qué?, preguntamos y él, con su dulce sonrisa, resumió en una frase corta pero significativa: "en lo que sea"...
Daniel Carpintero, el mayor de la banda, de 15 años, escuchaba atento a su compinche. El vive en Alto Balsa y tiene nueve hermanos. Cursa el segundo año. Para llegar a casa debe cruzar el río Viguí y otro pueblo vecino. Su recorrido le toma 10 horas.
En Chumico, a pocos minutos de Buenos Aires, un amigo lo hospeda. Sólo él y un hermano asisten a la escuela. Al igual que Luis, ha aprendido "a hacer de todo". Al salir de clases se prepara el almuerzo y atiende lo que pudo quedar pendiente antes de su partida. Es entonces cuando hace las tareas y estudia para algún ejercicio. Sin embargo, su rutina diaria es una constante carrera contra el reloj. Termina los oficios ya bien entrada la tarde cuando los beneficios de la luz natural escasean irremediablemente. A falta de energía eléctrica, como es común por estos lares, una "guaricha" o vela lo harán salir del apuro.
Y a diferencia de otros años, el 2003 entró para los Carpintero con la desesperanza y el amargo sabor del desempleo. "Mi papá no ha podido trabajar", expresó Daniel brevemente. No quería perder un segundo de observación.
Esta vez el aburrido trayecto a pie se había transformado, al menos para ellos, en el viaje de sus sueños. A pesar de que no anduvieron, mucho; lucían fascinados, al preguntarles respondían en coro: "nos ha gustado mucho... mucho".
Una situación peculiar incidió en que su padre no hubiese trabajado hasta la fecha: "él sirve en la Iglesia Católica". Daniel, no supo dar detalles de aquel inconveniente, pero se deducía que los múltiples compromisos no le permitían a su papá entrarle de lleno a la agricultura. "Pero, por allí siembra para que comamos y se vende alguna cosita"... afirmó.