Los nuevos rumbos de la OEA
La OEA de hoy es diferente a como era 10 ó 20 años. Algunos cambios recientes tratan de darle una imagen más dinámica que intenta borrar la percepción bastante generalizada, de su tradicional falta de eficacia.
Los panameños tenemos sobradas razones para compartir la visión pesimista de la OEA, especialmente cuando recordamos su pobrísima actuación en la crisis de 1989, ante el intento desesperado de la dictadura norieguista de aferrarse al poder, después de haber anulado las elecciones que había perdido de manera estrepitosa.
El intento por darle una nueva imagen a la Organización de Estados Americanos, se basa, principalmente en dos áreas: 1) el fortalecimiento de su rol político y 2) el mejoramiento de su capacidad para contribuir al desarrollo de sus países miembros, mediante programas específicos de cooperación.
En el área de la cooperación para el desarrollo, la novedad es que los antiguos Consejos Interamericanos que separadamente se ocupaban de las áreas Económica y Social, y de Educación, Ciencia y Cultura, se han integrado en el Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI). De esta manera, y con el brazo ejecutor de la Agencia Interamericana para la Cooperación y el Desarrollo (AICD), se pretende concentrar esfuerzos que antes estaban divididos. Las medidas están orientadas a simplificar y a reducir costos operativos y, por tanto, se vislumbran positivas.
En el campo político la cosa es más compleja. La OEA, tradicionalmente, ha enfrentado las secuelas que produce el desbalance notorio en la influencia de sus miembros, pues aunque todos sabemos que los estados son jurídicamente iguales, la realidad es que no todos tienen igual gravitación al momento de tomar decisiones trascendentales. Y cosa similar ocurre según sea el destinatario de sus acciones.
Como es público y notorio, la AEA, por ser una asociación de estados, en principio, siempre deberá prestar atención a la voluntad política de los países que la integran, pero en la práctica la lectura adecuada de esa voluntad política no es fácil y con frecuencia tampoco es expedita. Por ello, durante varios períodos el organismo regional ha transitado por etapas de aletargamiento que la han proyectado casi como inexistente.
La actividad política de la OEA, en los últimos tiempos, también ha perdido importancia como consecuencia del surgimiento de otros foros continentales y regionales que se proyectan como más dinámicos, como son las Cumbres de las Américas o el Grupo de Río.
Ante esta realidad, a propuesta de la delegación argentina, que refleja el planteamiento hecho por su canciller durante la pasada Asamblea General de la OEA. Dentro de la organización, se abrirá un espacio de diálogo para buscar la manera de enmarcar, dentro de su estructura jurídica, las Cumbres de las Américas. La iniciativa, por su alcance, bien podría ser la fórmula que permita que el organismo interamericano recobre protagonismo y se convierta, como debiera ser, en el principal foro político continental.
De las Cumbres de las Américas, se han derivado mandatos específicos para la OEA y dentro de ésta se ha creado una instancia para darles seguimiento, pero lo ideal sería que estuvieran institucionalizadas dentro del Sistema Interamericano.
La Carta de la OEA deja abierta la puerta para que las delegaciones a las sesiones de la Asamblea General puedan ser presididas al nivel que acuerden los Estados Miembros. Por consiguiente, en principio, no sería necesaria una reforma del Estatuto básico de la organización para que tuviéramos asamblea presididas por los Jefes de Estado, cuando las circunstancias así lo aconsejan. La idea ha sido bien recibida por casi todos los Estados Miembros. Y de llegar a su concreción, se estarían creando las condiciones para revisar y renovar los mandatos políticos a la OEA, sin los cuales, de ello si no cabe duda, su futuro no es muy promisorio.
Los panameños tenemos sobradas razones para compartir la visión pesimista de la OEA, especialmente cuando recordamos su pobrísima actuación en la crisis de 1989, ante el intento desesperado de la dictadura norieguista de aferrarse al poder, después de haber anulado las elecciones que había perdido de manera estrepitosa.
El intento por darle una nueva imagen a la Organización de Estados Americanos, se basa, principalmente en dos áreas: 1) el fortalecimiento de su rol político y 2) el mejoramiento de su capacidad para contribuir al desarrollo de sus países miembros, mediante programas específicos de cooperación.
En el área de la cooperación para el desarrollo, la novedad es que los antiguos Consejos Interamericanos que separadamente se ocupaban de las áreas Económica y Social, y de Educación, Ciencia y Cultura, se han integrado en el Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI). De esta manera, y con el brazo ejecutor de la Agencia Interamericana para la Cooperación y el Desarrollo (AICD), se pretende concentrar esfuerzos que antes estaban divididos. Las medidas están orientadas a simplificar y a reducir costos operativos y, por tanto, se vislumbran positivas.
En el campo político la cosa es más compleja. La OEA, tradicionalmente, ha enfrentado las secuelas que produce el desbalance notorio en la influencia de sus miembros, pues aunque todos sabemos que los estados son jurídicamente iguales, la realidad es que no todos tienen igual gravitación al momento de tomar decisiones trascendentales. Y cosa similar ocurre según sea el destinatario de sus acciones.
Como es público y notorio, la AEA, por ser una asociación de estados, en principio, siempre deberá prestar atención a la voluntad política de los países que la integran, pero en la práctica la lectura adecuada de esa voluntad política no es fácil y con frecuencia tampoco es expedita. Por ello, durante varios períodos el organismo regional ha transitado por etapas de aletargamiento que la han proyectado casi como inexistente.
La actividad política de la OEA, en los últimos tiempos, también ha perdido importancia como consecuencia del surgimiento de otros foros continentales y regionales que se proyectan como más dinámicos, como son las Cumbres de las Américas o el Grupo de Río.
Ante esta realidad, a propuesta de la delegación argentina, que refleja el planteamiento hecho por su canciller durante la pasada Asamblea General de la OEA. Dentro de la organización, se abrirá un espacio de diálogo para buscar la manera de enmarcar, dentro de su estructura jurídica, las Cumbres de las Américas. La iniciativa, por su alcance, bien podría ser la fórmula que permita que el organismo interamericano recobre protagonismo y se convierta, como debiera ser, en el principal foro político continental.
De las Cumbres de las Américas, se han derivado mandatos específicos para la OEA y dentro de ésta se ha creado una instancia para darles seguimiento, pero lo ideal sería que estuvieran institucionalizadas dentro del Sistema Interamericano.
La Carta de la OEA deja abierta la puerta para que las delegaciones a las sesiones de la Asamblea General puedan ser presididas al nivel que acuerden los Estados Miembros. Por consiguiente, en principio, no sería necesaria una reforma del Estatuto básico de la organización para que tuviéramos asamblea presididas por los Jefes de Estado, cuando las circunstancias así lo aconsejan. La idea ha sido bien recibida por casi todos los Estados Miembros. Y de llegar a su concreción, se estarían creando las condiciones para revisar y renovar los mandatos políticos a la OEA, sin los cuales, de ello si no cabe duda, su futuro no es muy promisorio.