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Los paradigmas de la nación panameña


El siglo XX nos condicionó como un pueblo hasta cierto punto dependiente, pero ansioso de libertad y dispuesto a dar su sangre por conseguirla. Los antecedentes históricos y sociales también nos impregnaron con ese espíritu juguetón que nos caracteriza como una de las naciones más felices del universo.

Así se nos mira, al menos. Como gente alborozada, hospitalaria y con un futuro lleno de promesas debido a los atributos con los que la naturaleza nos bendijo, y a nuestra fuerza de trabajo. Sin embargo, existe esa tara social que también parece definirnos, el "juega vivo" que ha ganado fama entre nosotros, y que tantos sinsabores nos ha propiciado antes, y durante, la era republicana.

De manera especial en las últimas cuatro décadas esa tara nos arruinó como pueblo. La dictadura militar la exacerbó hasta el infinito, y convirtió "la palanca" en fórmula segura de movilidad social. Del mismo modo, enseñó a su población que solo jugando vivo se obtienen las cosas y se llega a la meta.

El problema ha sido motivo de campañas cívicas frecuentes, de interminables discusiones entre diversas fuerzas generadoras de opinión, de gobernantes inclusive. No obstante la reiterada voluntad de cambiar las cosas, los esfuerzos no llegan a integrarse y se disipa la energía. Aún así, es complaciente el resultado de un reciente ejercicio periodístico que, aunque sin los controles absolutos del rigor científico, permite vislumbrar un nuevo paradigma en los panameños, que nos presenta como dispuestos a hacer el bien, a devolver lo que no es nuestro y a preferir la luz a la oscuridad. Ojalá sigamos por esa ruta. ¡Qué bien por nosotros!

101 años de Panamá América

 
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