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Los peligros del circo


Chávez insulta a Uribe y éste le hace caso omiso con un “gran respeto por los hermanos venezolanos”. Chávez califica con palabras indecentes el triunfo de sus opositores, y Uribe protege con escoltas a la hija tráfuga de Colombia P. Córdoba.

Chávez estimula a las criminales narcoguerrillas, mientras Uribe apela a gobiernos extranjeros legítimos. Y los resultados brillan elocuentes en las últimas encuestas: a Chávez le apoya el 21% de los 27.5 millones de venezolanos, a Uribe el 81% de los 43 millones de colombianos.

Chávez ha reclamado del mundo el aplauso para los terroristas y el mundo ha respaldado unánimemente a Uribe en su lucha contra esa subversión.
Es más, en diversas ciudades del mundo la gente exhibirá banderas blancas en repudio a las FARC y al ELN el lunes 4 de febrero a las diez de la mañana. Acá, en Panamá, será en el Santuario Nacional.

Pero, a estos contrastes no se les puede dar una lectura errada. Chávez sí sabe lo que busca, sólo que como no es un estadista, sus reveses le conllevan a disparates mayores; su objetivo perentorio es la dictadura porque, además, los regímenes totalitarios ocultan los índices macroeconómicos o los maquillan, tal como ocurrió siempre con los países tras la cortina y como ocurre aún en Vietnam o en Cuba. Mientras ese manto no cubra a Venezuela, Chávez tendrá algún día que explicar, entre otras atrocidades, el origen de las pingües donaciones en dinero e insumos, a Humala en Perú, a Bolivia, Cuba, Ecuador y Nicaragua, y los millones a Argentina, etc.. Todo esto mientras en Venezuela, haya o no víveres, mucha gente carece hasta de la comida.

Sólo habrá dos salidas: o el generoso presidente despilfarró los recursos del pueblo, o sus donaciones son de “origen blanquecino”. De modo que la hecatombe del circo es ya irreversible; en sus desesperados coletazos lanza injurias a diestra y siniestra, y como ya nadie le para bolas, opta por inventar supuestas provocaciones y ataques armados, empuñando su lanza e invitando a sus Sanchos a seguirle. Lo más triste sería que éstos, seducidos por los dos minutos de aplausos, se metieran bajo la carpa a realizar acrobacias sobre la cuerda floja, atenidos a que el universo se reduce a ese entorno, en el que la malla protectora es manejada por el amo del circo a quien no le afecta que le tilden de chovinista.

Triste, porque históricamente los líderes que dan esos coletazos, aunque caen aplastados cual cucarachas, causan tragedia y luto. Tal como ocurrió en 1982 cuando el tambaleante gobierno argentino decidió tomarse por la fuerza las islas Malvinas o Falkland, al principio, la euforia patriotera aplaudió; pero, con el transcurso de la guerra, los negros resultados evidenciaron el horrible error, y el desastre que humilló al país y enlutó a las familias de los jóvenes o veteranos militares, terminó arrasando al General Galtieri y a su cúpula, para quienes la Junta de Juzgamiento integrada por oficiales subalternos pidió la pena capital. Aunque nada reivindicó a las viudas de la Plaza de Mayo.

101 años de Panamá América

 
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