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Los primeros 100 días


POCO HA podido hacer la actual administración del presidente de la República Martín Torrijos durante sus primeros 100 días. Sus opositores le han caído encima e igual han hecho los dirigentes de las más importantes organizaciones empresariales. Sus partidarios, como era de esperar, han salido al paso con el argumento de la brevedad del plazo y los desastres naturales sin precedentes que han impedido un mejor desempeño.
Unos y otros tienen razón. El gobierno de Torrijos pudo haberlo hecho mucho mejor, si hubiera sacado mayor provecho a los cuatro meses de transición del poder, entre la elección que le dio el triunfo y su toma de posesión. Esa era la información que manejábamos en aquella época, que sus colaboradores trabajaban frenéticamente en proyectos de leyes y en elaborar planes de ejecución para no perder el tiempo y ahorrar tiempo de aprendizaje cuando asumieran el cargo.
Pero el primer síntoma de que algo andaba mal con la mecánica de toma de decisiones, la advertimos en la tardanza en designar a su equipo de gobierno. Sabemos que, incluso, tuvo dificultad - una vez en la Presidencia de la República - en el nombramiento de figuras claves, puesto que algunas que estaba considerando, no le aceptaban. Eso nos revelaba un grado preocupante de improvisación pues desde hace tiempo debía tener una extensa lista de gente capaz y confiable con quien contar.
Es también de nuestro conocimiento, que el mandatario resiente el trabajo de escritorio y que prefiere el accionar afuera de sus despachos, peinando la geografía del país y andando por sus calles y campos. En eso debió heredar a su padre; pero al menos éste contó con un cuerpo de asesores y colaboradores de primera, que suplían con efectividad su ausencia burocrática. Si ese fuera el caso, Martín Torrijos debe hacer lo mismo. Grandes mandatarios en la historia hicieron igual, incluyendo a los presidentes norteamericanos Ronald Reagan y al actual George Bush hijo. El presidente Guillermo Endara también, tenía un gabinete de estrellas.
La consulta y la cavilación profunda antes de la toma de decisiones son signos de sabiduría y no de debilidad. A eso no apuntan nuestras críticas, si es que pueden considerarse tales. Lo esencial está al final del proceso, en el decidir lo mejor en el momento oportuno; ni antes ni después. En eso consiste el arte de saber mandar. Allí radica la diferencia entre un estadista y un gobernante. Y pensamos que Martín Torrijos, con todo y sus tropiezos iniciales, tiene aún tiempo y respaldo político de sobra para hacer una buena administración.

101 años de Panamá América

 
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