Los productores y la Ministra
Otra vez se dejan oír tambores de guerra en el sector agropecuario. Los campesinos han anunciado una movilización de diversas delegaciones, esta vez, "para instalarse en la capital", para lo cual están exhortando a sus bases a traer varias mudas de ropa y lo necesario para instalar pailas comunales. Al ser cuestionados, casi todos aludieron como aspiración a las leyes de subsidios contra desastres naturales y pérdidas de sus siembras. Hay, sin embargo, otros problemas, la mayoría de los cuales gira en torno a la rentabilidad del negocio. No se puede ofrecer a B/.12 el quintal de un producto cuando los supermercados no están dispuestos a pagar más de B/.8. Y conste que no estamos hablando de una mera hipótesis. Eso es cosa de todos los días.
La rentabilidad es un problema complejo. Hay que estar atento de la competencia interna y, para colmo de males, también de la foránea. Esa es una realidad a la que hay que acostumbrarse en un mundo globalizado. Y para enredar más las cosas, tenemos también los cuantiosos subsidios agrícolas en el mundo desarrollado, lo cual tienen un doble efecto: por un lado, entorpece el acceso de nuestros productos a sus mercados y, por la otra, da a los suyos una ventaja con la que no contamos.
Que un productor nacional haga una huelga para pelear por subsidios en un país pobre como el nuestro, no es bueno y dista de ser un ideal o conquista válida. A lo que debe aspirar todo productor es a alcanzar tal grado de eficiencia y competitividad, que le permita una rentabilidad aceptable. Eso es posible lograrlo con ayuda extranjera y del propio gobierno.
Los desastres naturales pueden enfrentarse con seguros agropecuarios. Pero para eso hay que estar claros en qué y cuándo sembrar. En buena medida, una buena decisión se adopta con la concurrencia del productor, su banco, el ministerio del ramo y el Instituto de Seguro Agropecuario (ISA). Esa coordinación, hasta ahora, no se hace, con resultados desastrosos. Se suele sembrar a sabiendas del Fenómeno del Niño; cuando no eso, se insiste en usar una semilla inadecuada; o en ahorrar dinero en abono o fumigación incrementando el riesgo; y lo que es peor, embarcarse sin anticipar el puerto de destino o lo que es lo mismo, sin saber a quién le va a vender, a qué precio y cuándo o cómo cobrar. Hacer eso es tirarse sin paracaídas. Después, cuando las cosechas se pierden o no se encuentra salida al producto, sobreviene el conflicto. Uno ha de sembrar para ganar de la reventa, no para ser indemnizado o cargado por nadie.
Lograr un agro rentable es posible, pero requiere trabajo de conjunto entre todos los componentes que concurren de un modo u otro en el negocio. Hay que enseñar a los productores a organizarse, no sólo para luchar por sus derechos, sino para ser más eficientes. Luego, hay que entrenarlos en los procesos de producción, manejo post cosecha y comercialización. Muchos frutos se pierden o desvalorizan por deficiencias de conservación, empaque, transporte y presentación. La Ministra Stanziola y quienes la sucedan, tienen mucho por hacer. Pero hay que empezar ya.
La rentabilidad es un problema complejo. Hay que estar atento de la competencia interna y, para colmo de males, también de la foránea. Esa es una realidad a la que hay que acostumbrarse en un mundo globalizado. Y para enredar más las cosas, tenemos también los cuantiosos subsidios agrícolas en el mundo desarrollado, lo cual tienen un doble efecto: por un lado, entorpece el acceso de nuestros productos a sus mercados y, por la otra, da a los suyos una ventaja con la que no contamos.
Que un productor nacional haga una huelga para pelear por subsidios en un país pobre como el nuestro, no es bueno y dista de ser un ideal o conquista válida. A lo que debe aspirar todo productor es a alcanzar tal grado de eficiencia y competitividad, que le permita una rentabilidad aceptable. Eso es posible lograrlo con ayuda extranjera y del propio gobierno.
Los desastres naturales pueden enfrentarse con seguros agropecuarios. Pero para eso hay que estar claros en qué y cuándo sembrar. En buena medida, una buena decisión se adopta con la concurrencia del productor, su banco, el ministerio del ramo y el Instituto de Seguro Agropecuario (ISA). Esa coordinación, hasta ahora, no se hace, con resultados desastrosos. Se suele sembrar a sabiendas del Fenómeno del Niño; cuando no eso, se insiste en usar una semilla inadecuada; o en ahorrar dinero en abono o fumigación incrementando el riesgo; y lo que es peor, embarcarse sin anticipar el puerto de destino o lo que es lo mismo, sin saber a quién le va a vender, a qué precio y cuándo o cómo cobrar. Hacer eso es tirarse sin paracaídas. Después, cuando las cosechas se pierden o no se encuentra salida al producto, sobreviene el conflicto. Uno ha de sembrar para ganar de la reventa, no para ser indemnizado o cargado por nadie.
Lograr un agro rentable es posible, pero requiere trabajo de conjunto entre todos los componentes que concurren de un modo u otro en el negocio. Hay que enseñar a los productores a organizarse, no sólo para luchar por sus derechos, sino para ser más eficientes. Luego, hay que entrenarlos en los procesos de producción, manejo post cosecha y comercialización. Muchos frutos se pierden o desvalorizan por deficiencias de conservación, empaque, transporte y presentación. La Ministra Stanziola y quienes la sucedan, tienen mucho por hacer. Pero hay que empezar ya.