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Los propósitos olvidados de la escuela obligatoria


Desde mi regreso de Japón en 1981, después de trece años, he venido lamentando lo que ha ocurrido en la educación pública precisamente en contra de lo que perseguían las grandes naciones europeas cuando decidieron inventar la educación obligatoria alrededor de 1880.

El concepto de educación universal es una criatura joven y, aunque no faltará quien salte a decir lo contrario, fue el corolario del nacimiento de los estados nacionales y de los gigantescos cambios estaban produciéndose en la economía y en la sociedad, pero sobre todo de la necesidad de una lengua común.

El estado nación necesitaba que la población hablara el mismo idioma, para que pudiera hacer determinados trabajos en bancos y comercios, naves y ferrocarriles, periódicos y bolsas de valores, y al mando de los ejércitos. La meta era que todo ciudadano hablara el mismo idioma, y que la población se viera alimentada constantemente por individuos que supieran leer, escribir y hablar de modo que pudieran conocer las leyes, entender las obligaciones cívicas, adquirir un sentido de patria, llenar los puestos de administración y conocer la razón de los impuestos.

El lenguaje había vuelto a ser el propósito de la escuela, tal como lo había sido durante seis siglos en la Edad Media, como escribió el gran filólogo alemán Ernst Robert Curtius: "Desde Carlomagno hasta Petrarca, la escuela había sido escuela de idioma".

Ahora bien, en los países que tienen una economía en manos de unas cuantas familias, lo que ha prevalecido, por encima de ese interés de ilustración básica de las masas, es el miedo de que la gente aspire a un mínimo de bienestar. Todo cambio es izquierda o comunismo u otro invento del diablo.

¿Quién, en nuestro gobierno, sabe, por ejemplo, que la gran transformación de las leyes laborales comenzó en 1850 cuando en Inglaterra aprobaron la semana de sesenta horas para las mujeres, lo que enseguida se convirtió en meta de todos los movimientos obreros?

En ocasiones he afirmado que cuando el mundo va a dar un enorme paso atrás, lo da primero en Panamá, y cuando es un paso adelante, en Panamá ocurre de último. Pues bien, ya es de conocimiento público que la educación obligatoria ha abandonado precisamente los propósitos que la hicieron posible hace trece décadas: que la población aprenda a hablar, a leer y a escribir, aunque esta vez no seamos los únicos.

101 años de Panamá América

 
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