Los pueblos sufren
LOS PUEBLOS sufren cuando sus líderes políticos deciden que los ciudadanos no tienen la educación y cultura para mejorar su situación y, por ende, deben ser guiados por la mano sapiente y benevolente de sus iluminados mentores.
Cuando la relación normal y sana entre los líderes políticos y sus pueblos se alteran y esos líderes sobrepasan los límites naturales de tutela, los ciudadanos van aprendiendo cuáles son las nuevas o viejas reglas del juego que les permiten sobrevivir y se adaptan a ellas para sacar toda la ventaja posible.
Por más falta de educación que pueda tener una sociedad, ello no significa es estúpida, pues educación e inteligencia no son lo mismo. Los ciudadanos rápidamente van aprendiendo cuáles son las reglas de dependencia y particularmente los más vivos se van especializando en sacarle el mayor provecho a esas torcidas reglas. Por ello es que resulta de más delicado sustraerle a los ciudadanos la responsabilidad directa de sus vidas y entregárselas a los gobernantes. En realidad es bastante fácil que una buena porción del pueblo entregue sus libertades a los gobernantes y ganen en el intercambio un sentido de seguridad social. Es entonces cuando aparecen los apelativos de "jefe" y "patrón", entre tantos otros.
Cuando escuchamos que es necesario garantizarle el precio de arroz al pueblo, esta es una clara señal de ese exceso de intromisión en las libertades de la gente que ahora necesitan de la mano interventora de los endiosados hasta para alimentarse; tal como el niño que necesita que sus padres lo limpien cuando hace sus necesidades o le lleven la comida a la boca.
Este proceso es tan insidioso que aún se unen las voces de dudosos líderes eclesiásticos para pedir que no se aprueben los tratados de libre comercio, tal como hemos visto en estos días en Costa Rica. Según estos "líderes" del alma, que ni siquiera tienen el buen sentido de seguir los dictámenes de sus superiores de mantenerse imparciales en este debate político-económico y no espiritual, es malo que los ciudadanos gocen de libertad para comerciar con personas que están más allá de las fronteras. Quizás algunos todavía lleguen a soñar con convertir a sus parroquias en centros comerciales en donde se pueda vender desde indulgencias hasta pasta de dientes con dietilenglicol.
Bien está al alcance de los líderes políticos entender y explicar a sus ciudadanos que lo que se percibe como un alza en el precio de los alimentos se debe, principalmente, a un fenómeno inflacionario de sobreoferta monetaria en los países emisores de la moneda, lo cual devalúa el valor de la moneda y por consiguiente requiere que saquemos más dólares del bolsillo para comprar la comida.
En realidad, si tomamos en consideración esa devaluación, en muchos casos veríamos que el precio de los comestibles ha disminuido. Lo feo y triste de esta trampa "burrocrática" es que para el ciudadano común el efecto es igual; es decir, a él le cuesta más alimentarse, debido a que no le aumenta la cantidad de dólares que le ingresan. Y para colmos, los gobiernos aumentan los impuestos como supuesta medida para ayudar a los pobres. Es como tirarle un salvavidas cargado con plomo a uno que se ahoga. Debería ser obvio que a los productores los aumentos de impuesto, sean estos directos o indirectos, les aumentan sus costos de producción y ello les llevará a subir sus precios. Es un círculo vicioso del cual podríamos salir, pero tal cual parece que a los gobernantes les es más cómodo seguir su alocado camino populista.
Ojalá algún día de éstos se iluminen y sigan el camino de otros países que nos han mostrado con claridad la salida de todo este enredo.
Cuando la relación normal y sana entre los líderes políticos y sus pueblos se alteran y esos líderes sobrepasan los límites naturales de tutela, los ciudadanos van aprendiendo cuáles son las nuevas o viejas reglas del juego que les permiten sobrevivir y se adaptan a ellas para sacar toda la ventaja posible.
Por más falta de educación que pueda tener una sociedad, ello no significa es estúpida, pues educación e inteligencia no son lo mismo. Los ciudadanos rápidamente van aprendiendo cuáles son las reglas de dependencia y particularmente los más vivos se van especializando en sacarle el mayor provecho a esas torcidas reglas. Por ello es que resulta de más delicado sustraerle a los ciudadanos la responsabilidad directa de sus vidas y entregárselas a los gobernantes. En realidad es bastante fácil que una buena porción del pueblo entregue sus libertades a los gobernantes y ganen en el intercambio un sentido de seguridad social. Es entonces cuando aparecen los apelativos de "jefe" y "patrón", entre tantos otros.
Cuando escuchamos que es necesario garantizarle el precio de arroz al pueblo, esta es una clara señal de ese exceso de intromisión en las libertades de la gente que ahora necesitan de la mano interventora de los endiosados hasta para alimentarse; tal como el niño que necesita que sus padres lo limpien cuando hace sus necesidades o le lleven la comida a la boca.
Este proceso es tan insidioso que aún se unen las voces de dudosos líderes eclesiásticos para pedir que no se aprueben los tratados de libre comercio, tal como hemos visto en estos días en Costa Rica. Según estos "líderes" del alma, que ni siquiera tienen el buen sentido de seguir los dictámenes de sus superiores de mantenerse imparciales en este debate político-económico y no espiritual, es malo que los ciudadanos gocen de libertad para comerciar con personas que están más allá de las fronteras. Quizás algunos todavía lleguen a soñar con convertir a sus parroquias en centros comerciales en donde se pueda vender desde indulgencias hasta pasta de dientes con dietilenglicol.
Bien está al alcance de los líderes políticos entender y explicar a sus ciudadanos que lo que se percibe como un alza en el precio de los alimentos se debe, principalmente, a un fenómeno inflacionario de sobreoferta monetaria en los países emisores de la moneda, lo cual devalúa el valor de la moneda y por consiguiente requiere que saquemos más dólares del bolsillo para comprar la comida.
En realidad, si tomamos en consideración esa devaluación, en muchos casos veríamos que el precio de los comestibles ha disminuido. Lo feo y triste de esta trampa "burrocrática" es que para el ciudadano común el efecto es igual; es decir, a él le cuesta más alimentarse, debido a que no le aumenta la cantidad de dólares que le ingresan. Y para colmos, los gobiernos aumentan los impuestos como supuesta medida para ayudar a los pobres. Es como tirarle un salvavidas cargado con plomo a uno que se ahoga. Debería ser obvio que a los productores los aumentos de impuesto, sean estos directos o indirectos, les aumentan sus costos de producción y ello les llevará a subir sus precios. Es un círculo vicioso del cual podríamos salir, pero tal cual parece que a los gobernantes les es más cómodo seguir su alocado camino populista.
Ojalá algún día de éstos se iluminen y sigan el camino de otros países que nos han mostrado con claridad la salida de todo este enredo.