Los silencios de un Pontífice
En los últimos tiempos, se ha incrementado significativamente el interés por el Holocausto. Así, han aparecido numerosos trabajos investigativos, testimoniales, películas y artículos periodísticos que abordan la persecución de los judíos europeos en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, una de las cuestiones más divisivas o polémicas está vinculada con el papel desempeñado por la Iglesia Católica durante la instrumentación del genocidio. Puntualmente, la figura del Papa Pío XII se encuentra en el centro de la controversia. Esta ha recrudecido al insistir el Vaticano en beatificarlo. Ello como paso previo a ser convertido en santo.
Distintos sectores han caracterizado la actitud del discutido Pontífice como pasiva o tolerante ante el horror vivido durante esos años. Renombrados historiadores, sumados a varias organizaciones judías de los Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, y al mismo estado de Israel han expresado una gran inquietud ante la posibilidad de su beatificación. Afirman que la seriedad de las imputaciones recaídas sobre Pío XII obligan a profundizar las investigaciones sobre quién condujo la Iglesia durante la conflagración bélica. Reclaman también, el acceso de investigadores independientes a los archivos vaticanos. Ello permitirá dilucidar aquellos interrogantes que aún permanecen abiertos.
En septiembre de 1943, comenzó la ocupación militar de Italia por las tropas alemanas. El poder de la svástica llegó literalmente hasta el borde mismo de la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Atrás quedaba la alianza política y militar forjada entre italianos y germanos. Un mes después del arribo a la capital, las fuerzas de ocupación irrumpieron en el barrio judío romano. Ello sellaría el destino de miles de hombres, mujeres, niños y ancianos, pues pronto se daría comienzo a las deportaciones hacia el consabido destino: Auschwitz. Entonces, Europa asistía inmutable a la recreación de un terrible "espectáculo". Trenes de carga, transportando en condiciones inhumanas a la población de origen judío, cruzaban el continente con dirección a los campos de concentración y exterminio. La "Solución Final" impulsada por Berlín alcanzaba su apogeo.
Fuentes cercanas al Vaticano afirman que Pío XII condenó la persecución implementada. Un claro ejemplo de dicha intervención, insisten, lo constituyó la transmisión del mensaje navideño efectuado a fines de 1942. No obstante, durante el mismo el Papa no mencionó expresamente a los judíos europeos, "destinatarios" principales de la política genocida. Otro dato nos permite poner en un debido contexto la intercesión de la Santa Sede: el mensaje tuvo lugar nueve años después de la llegada de Hitler al poder. Por otra parte, se sostiene que el Pontífice sólo pudo permanecer callado ante la barbarie del Nazismo. De haber obrado de otro modo, habría puesto en peligro las vidas de muchas personas. Este argumento resulta también objetable. Para ese entonces, el derecho a la vida de millones de seres humanos no sólo estaba en peligro, sino que era flagrantemente desconocido.
Sin lugar a dudas, la complejidad del momento histórico, la memoria de las víctimas y la sensibilidad de los sobrevivientes exigen nuevas investigaciones. Avanzar en la beatificación de Pío XII, a pesar de los reiterados llamados en favor de un proceder cauteloso genera desconcierto. La decisión contraría una de las líneas principales del papado de Juan Pablo II. Desde 1978, él se comprometió a alcanzar el tan esperado acercamiento entre cristianos y judíos. Dicho esfuerzo reconoce como hitos la visita papal a Auschwitz, durante su primer viaje a Polonia, en 1980, y la emotiva visita a la sinagoga de Roma, en 1986. A fines del pasado mes de marzo, Juan Pablo coronó todo este proceso con un viaje a Israel. Allí, rindió tributo a quienes murieron en el Holocausto y renovó el pedido de perdón por las faltas cometidas por los cristianos a los hermanos judíos. Descartar la legítima preocupación que los silencios de Pío XII continúan generando, constituiría un lamentable retroceso.
Distintos sectores han caracterizado la actitud del discutido Pontífice como pasiva o tolerante ante el horror vivido durante esos años. Renombrados historiadores, sumados a varias organizaciones judías de los Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, y al mismo estado de Israel han expresado una gran inquietud ante la posibilidad de su beatificación. Afirman que la seriedad de las imputaciones recaídas sobre Pío XII obligan a profundizar las investigaciones sobre quién condujo la Iglesia durante la conflagración bélica. Reclaman también, el acceso de investigadores independientes a los archivos vaticanos. Ello permitirá dilucidar aquellos interrogantes que aún permanecen abiertos.
En septiembre de 1943, comenzó la ocupación militar de Italia por las tropas alemanas. El poder de la svástica llegó literalmente hasta el borde mismo de la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Atrás quedaba la alianza política y militar forjada entre italianos y germanos. Un mes después del arribo a la capital, las fuerzas de ocupación irrumpieron en el barrio judío romano. Ello sellaría el destino de miles de hombres, mujeres, niños y ancianos, pues pronto se daría comienzo a las deportaciones hacia el consabido destino: Auschwitz. Entonces, Europa asistía inmutable a la recreación de un terrible "espectáculo". Trenes de carga, transportando en condiciones inhumanas a la población de origen judío, cruzaban el continente con dirección a los campos de concentración y exterminio. La "Solución Final" impulsada por Berlín alcanzaba su apogeo.
Fuentes cercanas al Vaticano afirman que Pío XII condenó la persecución implementada. Un claro ejemplo de dicha intervención, insisten, lo constituyó la transmisión del mensaje navideño efectuado a fines de 1942. No obstante, durante el mismo el Papa no mencionó expresamente a los judíos europeos, "destinatarios" principales de la política genocida. Otro dato nos permite poner en un debido contexto la intercesión de la Santa Sede: el mensaje tuvo lugar nueve años después de la llegada de Hitler al poder. Por otra parte, se sostiene que el Pontífice sólo pudo permanecer callado ante la barbarie del Nazismo. De haber obrado de otro modo, habría puesto en peligro las vidas de muchas personas. Este argumento resulta también objetable. Para ese entonces, el derecho a la vida de millones de seres humanos no sólo estaba en peligro, sino que era flagrantemente desconocido.
Sin lugar a dudas, la complejidad del momento histórico, la memoria de las víctimas y la sensibilidad de los sobrevivientes exigen nuevas investigaciones. Avanzar en la beatificación de Pío XII, a pesar de los reiterados llamados en favor de un proceder cauteloso genera desconcierto. La decisión contraría una de las líneas principales del papado de Juan Pablo II. Desde 1978, él se comprometió a alcanzar el tan esperado acercamiento entre cristianos y judíos. Dicho esfuerzo reconoce como hitos la visita papal a Auschwitz, durante su primer viaje a Polonia, en 1980, y la emotiva visita a la sinagoga de Roma, en 1986. A fines del pasado mes de marzo, Juan Pablo coronó todo este proceso con un viaje a Israel. Allí, rindió tributo a quienes murieron en el Holocausto y renovó el pedido de perdón por las faltas cometidas por los cristianos a los hermanos judíos. Descartar la legítima preocupación que los silencios de Pío XII continúan generando, constituiría un lamentable retroceso.