Los venenos de la medicina
No es el dietilenglicol, ni el arsénico, ni la charlatanería. La medicina moderna está intoxicada de comercio, de politiquería, de poder, de fama y de soberbia. Así, en la competencia mal entendida, prevalecen no los más aptos, sino los más vivos, no importa que repten o trepen. Al no poder desligarse de los fenómenos sociales, económicos y políticos que mantienen la Medicina secuestrada en un proceso globalizador amoral, asimétrico e injusto, el resultado en la población no puede ser otro que la incredulidad y la impotencia. Contra nosotros los médicos y contra el sistema.
La compleja medicina actual debiera ser el resultado final de la interacción armónica de sus profesionales -sus motivaciones, su aprendizaje, su filosofía moral (ética) y su cultura-, así como de políticas sanitarias científicamente elaboradas con genuino interés apolítico y sobre todo, de la responsabilidad y educación de la población asistida.
La excelencia en la práctica médica parte por la concientización de la comunidad, del equipo de salud y del gobierno en todos y cada uno de los objetivos planteados en la comunidad a través de sus organizaciones representativas. Basta con que uno de estos engranajes se trabe para que el sistema falle y si, tal como nos está ocurriendo ahora, ninguno funciona, directamente sobreviene el colapso, mientras la apatía popular observa con estupor e indiferencia el abismo abierto a sus pies.
Nadie puede oponerse a un sistema de educación médica continuada sin amarrarse al fracaso. Existen numerosos sistemas internacionales para medir el progreso y la capacidad de los médicos y del personal de salud, que si se aplican con criterio positivo y no con fines espurios, serían de mutuo beneficio. No debiera entenderse este mecanismo evaluador como un simple trámite burocrático más, sino como una auto-evaluación del conocimiento en la materia, una especie de GPS para saber dónde se está mejor o peor ubicado. Los cursos obligatorios de postgrado son una solución razonable para quienes los prefieran como alternativa o como complemento.
La mayor responsabilidad para una medicina eficaz, ágil y progresista recae en una buena administración y en la adecuada actualización funcional de equipos y de tecnología informática al servicio de una salud sin privilegios ni privilegiados, que cuente con un escalafón salarial móvil automático acorde a los méritos logrados por el personal y el nombramiento por concursos asépticos y sin trampas. Con voluntad política e iniciativas creativas, estas simples medidas serían un aliciente permanente para el mantenimiento de una buena calidad en la atención integral de la salud en todos sus niveles, primario, secundario y terciario.
Los sindicatos, colegios y agrupaciones médicas y paramédicas deberían entonces velar por el cumplimiento de sus agremiados y controlar el accionar de los funcionarios con el objeto de evitar a toda costa medidas de fuerza innecesarias en un país serio, que pretende disminuir la brecha social e insertarse entre los más desarrollados de la región.
Volver a los preceptos de una medicina centrada en el beneficio y preservación del ser humano, bajo la sana competencia de la excelencia sanitaria y no por conveniencia de intereses espurios o de beneficios económicos ilegítimos o antiéticos, nos permitirá reconquistar, en poco tiempo, el prestigio perdido.