M. Robespierre (1758-1794)
Maximilien Robespierre, revolucionario de alto poder político en los días de la Revolución Francesa, desde temprana edad dio muestra de inteligencia y ser hombre de palabra fácil y elocuente. Por ello, en el colegio Luis El Grande, donde estudiaba, en los festejos con motivo de la coronación de Luis XVI como rey de Francia, lo escogieron para hacer el discurso de honor. Desde luego, hizo un gran elogio al nuevo monarca. Y en parte del discurso, dijo: "Me siento feliz de poder hacer públicos mis mejores sentimientos y los de toda Francia hacia un rey al que todos queremos y que es la gloria del país".
Nadie podría imaginar, entonces, que luego a ese rey tan querido por él, al instaurarse el Régimen del Terror tras la revolución del que fue él prácticamente quien lo instauró en unión de Marat, Dantón y Saint-Just, haría que la cabeza del rey cayera bajo el filo de la guillotina. Y como ocurre casi siempre entre confabulados que en silencio abrigan desconfianza unos para con otros, los celos arrastraron a Robespierre a llevar también a su aliado Dantón a la guillotina. Gente de la convención hacía matar gente de entre sus colegas. Llegó un momento en el que José Fouché, uno de sus miembros, vio su vida en peligro. Frío calculador y sagaz intrigante, comenzó entonces a tocar puertas en casas de colegas en horas de la madrugada para advertirle del peligro en que podrían estar. Entre éstos y enemigos de Robespierre se logró mayoría de votos para entablarle proceso. Llegado el día del juicio, Fréron, presidente de la Convención, no le permitió hablar, aunque lo intentó varias veces, y hasta llegó a gritarle: "¡La sangre de Dantón está contra ti!". Y el acusado también fue condenado a morir bajo la guillotina. Se había cumplido la sentencia bíblica: "Con la misma vara que mides serás medido". Y "quien a hierro mata, a hierro muere".