Mal mensaje, exonerar impuestos a bajos salarios
No creemos que sea conveniente que, en la reforma tributaria, se exonere del pago de impuesto sobre la renta a quienes devengan bajos salarios. La iniciativa crearía dos categorías de ciudadano: la de los que aportan al sustento de los servicios públicos y la de los que nada dan. Los últimos serían ciudadanos de segunda clase, cargados en hombros por los primeros.
Hay 193 mil ciudadanos con sueldos menores de B/.800 mensual, quienes ahora aportan al Fisco unos B/.58 millones anualmente. Algunos estiman que ellos podrían sumar con la reforma a su presupuesto familiar tanto como B/.60 mensual y, de ese modo contribuir a aumentar el consumo y a dinamizar la economía nacional. Eso es cierto, pero injusto y discriminativo para el resto de los panameños que paga impuestos.
Además, subyace en la iniciativa de exoneración un olímpico desprecio por el problema de principio, que a nuestro juicio, suscita el hecho de que un gran grupo de ciudadanos usufructe gratuitamente de la infraestructura de servicios públicos que otros mantienen. Si se quiere, es cuestión de contribuir, de aportar algo, por pequeño o simbólico que sea por esos servicios.
En Estados Unidos, por ejemplo, los contribuyentes han desarrollado una envidiable conciencia de mando y autoridad frente a los funcionarios públicos que le sirven, en actitud propia de quien se sabe "paga la fiesta". Eso se refleja en una doble vertiente: por un lado, la disposición del contribuyente a hablar fuerte y exigir buen servicio a sus funcionarios e instituciones; y por el otro, la de los funcionarios que desarrollan frente al primero una auténtica vocación de servicio a quien saben es su verdadero jefe. Con razón cuentan con tan sólidas instituciones y el contribuyente tiene tan atronadora voz. La razón es muy sencilla: él paga con sus impuestos los sueldos, automóviles, despachos refrigerados, celulares, armas, bombas, barcos y aviones. Paralelo a estos ciudadanos, hay otros que viven del subsidio de desempleo, el "medicare" y otras asistencias sociales. La situación de estos últimos, no es la mejor ni la más deseable política y socialmente hablando. Y eso es lo que se pretende con la exoneración.
Si un ciudadano panameño de bajo sueldo paga hoy B/.60 mensual de impuestos, bien puede ser sujeto de una rebaja, digamos de la mitad, para que pague B/.30, pero algo debe aportar por las calles, aceras, escuelas, universidades, servicios de policía y de salud pública que usa, y por el mantenimiento costoso de toda esa infraestructura. Insistimos, todos los que devengamos ingresos deberíamos contribuir a pagar la deuda pública y al sostemiento de los servicios públicos, lo cual nos da derecho a exigir a los funcionarios y entidades que hagan mejor su tarea.
No es posible que una empleada doméstica aporte B/. 25 de su sueldo mensual para pagar cuotas de seguro social, mientras que gente que gana cinco veces más que ella, no vaya a pagar un solo centavo por la educación, seguridad, salud y obras públicas que usa a diario, las cuales requieren de igual sostén y mantenimiento que los hospitales, ambulancias y médicos del seguro.
Mientras, en las faldas de aquel cerro, la primera cueva que visitamos permanecía repleta de murciélagos, como era de esperarse. Más adelante, en Punta Cueca, ubicamos la segunda. Allí los trabajos del INAC llevan ya varios meses. Su exploración significó el derribo de gigantescas piedras que fueron dando paso a múltiples hipótesis relativas a la existencia de importantes riquezas al fondo de la cueva.
No obstante, de lo que sí existe una teoría confirmada y, sobre todo, respetada, es "de no atentar contra la cultura indígena presente en estas áreas", según dijo Ruiloba.
El indio Plinio nos lo explicaría después. "Se enciende un tabaco cuando uno llega porque así lo pide el espíritu del español que habitó esta cueva, además se le coloca una vela verde, agua y vino", nos dijo y de inmediato agregó "tampoco se permiten chistes dentro de ella, ni beber o fumar y mucho menos relaciones sexuales".
A nuestra salida del sitio uno de los expedicionarios encendía el tabaco, tal como Plinio lo dijo. Para Menéndez Franco las cuevas tienen un "doble carácter". Son lugares naturales y militares para guardar no sólo riquezas, sino también víveres y armas.
Lo cierto es que la historia de estas tierras es aún un "gran misterio en espera de exhaustivas investigaciones". Mientras éstas concluyan, sus habitantes permanecerán en ellas como los más fieles guardianes de una época fantástica.
A pocos minutos de Playa Brava, después del pueblo de Punta Alegre, se divisa un terreno por donde los pescadores de esta región, de Garachiné y Taimatí, dicen que desciende desde la montaña, una cadena de oro. Se cuenta que en Perú se le hizo un regalo a un galeón español que llegó a Lima. La reina recibió una cadena y un ancla de oro.
El arca vino cargada con tesoros y en las costas de Patiño sufrió un ataque de piratas. Al salir mal librado, descargó la mitad del oro, el resto siguió en el galeón y éste se hundió justo en la sima de esta montaña. En noches de semana santa se le ve alumbrando.
En un morro (monte pequeño) también en las costas de Patiño, llegaron una vez unos marines norteamericanos y acordonaron el área, impidiéndole el paso a los pescadores. Trajeron helicópteros de dos hélices y se llevaron unos cañones que se dice, eran de los galeones.
Por allá por los años "70 llegó a estas costas un barco de ingleses. Algunos muchachos de entonces lo abordaron para preguntarles si querían comprar langostas. Los navegantes les mostraron un mapa y les dijeron que andaban tras tres cofres con riqueza que estaban en una cueva.
Frente al poblado de Mogocénega, en Punta La Virgen, un niño estaba pescando y sacó un pedazo de lona que se dice que cubría un millonario tesoro. Los adultos intentaron llegar al lugar para explorar, pero el pequeño se desmayó una y otra vez y los lugareños lo tomaron como una premonición y allí terminó todo. Nada más se ha sabido desde entonces.
Los indios de estas tierras hablaban inglés y francés para aliarse con los piratas y los guiaban por la espesura de la selva en contra de los españoles.
Hay 193 mil ciudadanos con sueldos menores de B/.800 mensual, quienes ahora aportan al Fisco unos B/.58 millones anualmente. Algunos estiman que ellos podrían sumar con la reforma a su presupuesto familiar tanto como B/.60 mensual y, de ese modo contribuir a aumentar el consumo y a dinamizar la economía nacional. Eso es cierto, pero injusto y discriminativo para el resto de los panameños que paga impuestos.
Además, subyace en la iniciativa de exoneración un olímpico desprecio por el problema de principio, que a nuestro juicio, suscita el hecho de que un gran grupo de ciudadanos usufructe gratuitamente de la infraestructura de servicios públicos que otros mantienen. Si se quiere, es cuestión de contribuir, de aportar algo, por pequeño o simbólico que sea por esos servicios.
En Estados Unidos, por ejemplo, los contribuyentes han desarrollado una envidiable conciencia de mando y autoridad frente a los funcionarios públicos que le sirven, en actitud propia de quien se sabe "paga la fiesta". Eso se refleja en una doble vertiente: por un lado, la disposición del contribuyente a hablar fuerte y exigir buen servicio a sus funcionarios e instituciones; y por el otro, la de los funcionarios que desarrollan frente al primero una auténtica vocación de servicio a quien saben es su verdadero jefe. Con razón cuentan con tan sólidas instituciones y el contribuyente tiene tan atronadora voz. La razón es muy sencilla: él paga con sus impuestos los sueldos, automóviles, despachos refrigerados, celulares, armas, bombas, barcos y aviones. Paralelo a estos ciudadanos, hay otros que viven del subsidio de desempleo, el "medicare" y otras asistencias sociales. La situación de estos últimos, no es la mejor ni la más deseable política y socialmente hablando. Y eso es lo que se pretende con la exoneración.
Si un ciudadano panameño de bajo sueldo paga hoy B/.60 mensual de impuestos, bien puede ser sujeto de una rebaja, digamos de la mitad, para que pague B/.30, pero algo debe aportar por las calles, aceras, escuelas, universidades, servicios de policía y de salud pública que usa, y por el mantenimiento costoso de toda esa infraestructura. Insistimos, todos los que devengamos ingresos deberíamos contribuir a pagar la deuda pública y al sostemiento de los servicios públicos, lo cual nos da derecho a exigir a los funcionarios y entidades que hagan mejor su tarea.
No es posible que una empleada doméstica aporte B/. 25 de su sueldo mensual para pagar cuotas de seguro social, mientras que gente que gana cinco veces más que ella, no vaya a pagar un solo centavo por la educación, seguridad, salud y obras públicas que usa a diario, las cuales requieren de igual sostén y mantenimiento que los hospitales, ambulancias y médicos del seguro.
Mientras, en las faldas de aquel cerro, la primera cueva que visitamos permanecía repleta de murciélagos, como era de esperarse. Más adelante, en Punta Cueca, ubicamos la segunda. Allí los trabajos del INAC llevan ya varios meses. Su exploración significó el derribo de gigantescas piedras que fueron dando paso a múltiples hipótesis relativas a la existencia de importantes riquezas al fondo de la cueva.
No obstante, de lo que sí existe una teoría confirmada y, sobre todo, respetada, es "de no atentar contra la cultura indígena presente en estas áreas", según dijo Ruiloba.
El indio Plinio nos lo explicaría después. "Se enciende un tabaco cuando uno llega porque así lo pide el espíritu del español que habitó esta cueva, además se le coloca una vela verde, agua y vino", nos dijo y de inmediato agregó "tampoco se permiten chistes dentro de ella, ni beber o fumar y mucho menos relaciones sexuales".
A nuestra salida del sitio uno de los expedicionarios encendía el tabaco, tal como Plinio lo dijo. Para Menéndez Franco las cuevas tienen un "doble carácter". Son lugares naturales y militares para guardar no sólo riquezas, sino también víveres y armas.
Lo cierto es que la historia de estas tierras es aún un "gran misterio en espera de exhaustivas investigaciones". Mientras éstas concluyan, sus habitantes permanecerán en ellas como los más fieles guardianes de una época fantástica.
A pocos minutos de Playa Brava, después del pueblo de Punta Alegre, se divisa un terreno por donde los pescadores de esta región, de Garachiné y Taimatí, dicen que desciende desde la montaña, una cadena de oro. Se cuenta que en Perú se le hizo un regalo a un galeón español que llegó a Lima. La reina recibió una cadena y un ancla de oro.
El arca vino cargada con tesoros y en las costas de Patiño sufrió un ataque de piratas. Al salir mal librado, descargó la mitad del oro, el resto siguió en el galeón y éste se hundió justo en la sima de esta montaña. En noches de semana santa se le ve alumbrando.
En un morro (monte pequeño) también en las costas de Patiño, llegaron una vez unos marines norteamericanos y acordonaron el área, impidiéndole el paso a los pescadores. Trajeron helicópteros de dos hélices y se llevaron unos cañones que se dice, eran de los galeones.
Por allá por los años "70 llegó a estas costas un barco de ingleses. Algunos muchachos de entonces lo abordaron para preguntarles si querían comprar langostas. Los navegantes les mostraron un mapa y les dijeron que andaban tras tres cofres con riqueza que estaban en una cueva.
Frente al poblado de Mogocénega, en Punta La Virgen, un niño estaba pescando y sacó un pedazo de lona que se dice que cubría un millonario tesoro. Los adultos intentaron llegar al lugar para explorar, pero el pequeño se desmayó una y otra vez y los lugareños lo tomaron como una premonición y allí terminó todo. Nada más se ha sabido desde entonces.
Los indios de estas tierras hablaban inglés y francés para aliarse con los piratas y los guiaban por la espesura de la selva en contra de los españoles.