default

Malaria, tragedia innecesaria


L a niñita de cuatro años no puede caminar desde hace meses por la malaria. Sus ojos parecen que se le van a salir de la cara. Su cabello luce reseco y su estómago está hinchado por los parásitos que le invadieron el hígado. Su familia no tiene dinero para ayudarla y tampoco el gobierno de su país. Lo único que pueden hacer es cuidarla y esperar que muera. Pocas personas de mi país comprenden el horror y el alcance de esta tragedia.
La malaria infecta a 300 millones de personas al año y mata a 2 millones. La mayoría muere al sur del Sahara y la mitad de los muertos son niños. La enfermedad le cuesta a Africa, India y América Latina miles de millones de dólares anualmente, afectando negativamente a otros programas de salud y del medio ambiente.
Una de las principales razones de esta epidemia y de sus desastrosas consecuencias es la prohibición casi total de la producción, exportación y uso de DDT. Las restricciones son el resultado de intensa presión por parte de ambientalistas ideológicos y amenazas de las Naciones Unidas, la Unión Europea, fundaciones y de agencias de ayuda internacional de suspender la ayuda extranjera o bloquear el comercio a cualquier país que utilice el insecticida.
Claro que ninguno de esos activistas confronta el peligro que algún familiar muera de malaria. Sus países eliminaron la enfermedad hace décadas, utilizando el DDT que ahora le niegan a América Latina, Africa y Asia. Nada funciona como el DDT: es barato (los otros pesticidas cuestan hasta seis veces más) y una sola fumigación es efectiva por no menos de seis meses, lo cual evita fumigaciones frecuentes. Y los mosquitos son mucho menos resistentes al DDT que a otros insecticidas utilizados frecuentemente en la agricultura.
Como reportaron Richard Trent y Roger Bate del grupo Africa Contra la Malaria, cuando Sudáfrica dejó de fumigar con DDT en 1996, cuando los casos de malaria habían caído a menos de 8 mil al año, estos pronto se dispararon a 65 mil muertos, pero al volver a utilizar DDT, las muertes se redujeron en 80%. El DDT no es carcinógeno ni dañino a los humanos. Si se utiliza apropiadamente es seguro para el medio ambiente y cualquier pequeño riesgo no es nada comparado con los beneficios.
Durante la Segunda Guerra fumigaban a las tropas aliadas con DDT para protegerlas contra la malaria y la fiebre tifoidea, lo cual salvó decenas de miles de vidas. A los sobrevivientes de los campos de concentración y a muchos alemanes e italianos los fumigaron con DDT. En los años 50, el DDT contribuyó a la erradicación de la malaria en EEUU, Canadá, Europa, Australia y muchos otros países.
Rachel Carson ayudó a crear el activismo ambiental y las cruzadas contra los pesticidas con su libro "La primavera silenciosa", publicado en 1962. Ella aseguraba que el DDT iba a matar a los pájaros y demás animales de EU, pero sus predicciones alarmistas resultaron falsas. Pero, Greenpeace, World Wildlife y otros grupos de presión siguen insistiendo que los pesticidas en general y el DDT en particular son terriblemente tóxicos para los animales. Hollywood y multimillonarias fundaciones, como Ford, Pew y Mac Arthur apoyan a esos activistas con decenas de millones de dólares al año.
La OMS se opone al uso del DDT. Esas organizaciones apoyan la utilización de medicinas y de mosquiteros tratados con insecticidas, pero ello no reduce la malaria, son costosos y sólo parcialmente efectivos. La USAID, agencia de ayuda internacional de EU, alega no poder financiar el uso del DDT ante la oposición de la OMS. Pero William Ruckelshaus, quien en 1972 siendo director de la Agencia de Protección del Ambiente (EPA) de EU prohibió el DDT declaró, luego: " no prohibí el DDT por la ciencia. Fue una decisión política".
En EU eso no importaba mucho porque se había logrado erradicar la malaria, el dengue y la fiebre tifoidea, pero lo sucedido en el mundo en desarrollo es muy diferente: cientos de miles de niños mueren pudiendo vivir si en sus países se utilizara el DDT, fumigando paredes, en cantidades limitadas, un par de veces al año. Patrick Moore, co-fundador de Greenpeace, lamenta que "el movimiento ambientalista perdió la objetividad, la moralidad y la humanidad".
*Autor del libro "Eco Imperialismo: poder verde, peste negra" y analista de TechCentralStation.com.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América