Malas señales para las próximas elecciones
Las del 2004 serán elecciones cruciales. Ellas marcarán la transición desde una democracia incipiente hacia una democracia joven, tras veintiún años de dictadura. Además, sobre ellas recae el peso psicológico y expectativas enormes propias del primer torneo electoral del nuevo siglo. Es igualmente, el primer ejercicio eleccionario desde que el país obtuvo el pleno control sobre la vía canalera y el resto de su territorio, ahora libre de presencia militar extranjera.
Otro ángulo, quizás más importante, es que al gobierno que surja de ellas tocará seguramente la responsabilidad de conducir a Panamá por el difícil camino de decidir qué alternativa tomar para modernizar el Canal. Para el 2009, año en que cesará su mandato, la decisión no sólo deberá estar tomada sino que deberán haberse suscrito los préstamos para financiar la obra y los contratos multimillonarios para llevarla a cabo. La decisión, sea cual fuere, elevará a la Nación hacia estadios de progreso inalcanzables o la conducirá a la perpetua ruina, sin puntos medios.
Desafortunadamente, los pasos que se están dando para la celebración de las que debieran ser las más prístinas elecciones de nuestra historia, nos están conduciendo al extremo contrario pese a las muchas voces de advertencia ciudadana para que rectifiquemos a tiempo.
Para empezar, el Ejecutivo ha impuesto en la Corte Suprema a dos magistrados con antecedentes políticos comprometidos con su causa, que se suman a otros dos previos, también conocidos simpatizantes de su signo. Fuera de eso, en los próximos meses, estará en condición de elegir a un quinto magistrado. Entre los cinco tendrán pleno control de la Corte, integrada por nueve miembros.
Lo anterior adquiere mayor relevancia, en el contexto de las recientes intromisiones decisorias del augusto tribunal en controversias partidistas que debieran ser de la exclusiva competencia del Tribunal Electoral, en particular el caso Afú, en el que la Corte acogió un recurso de hecho y ordenó al Tribunal Electoral remitirle el expediente, forzando la parálisis de su tramitación por el último.
Otras malas señales se observan en lo ocurrido con las elecciones internas de delegados de los partidos Arnulfista y MOLIRENA. En el primero, se dieron infinidad de componendas y maniobras legales y reglamentarias para que una nómina en poder del colectivo compitiera en ventaja contra su opositora, anulando nóminas y anulando escrutinios, entre otros. En el caso del Arnulfista, se dio en Puerto Armuelles el espectáculo bochornoso, televisado, de robo de urnas, que hizo recordar épocas que creíamos olvidadas. No hay que ser sabio para anticipar que en el próximo torneo electoral prevalecerán prácticas truculentas y legaloides, recursos sorpresivos, recusaciones, magistrados ausentes, suplentes que se encargan para resolver disparates, ganadores que perdieron y un país sumido en la más oscura incertidumbre. Ahora sí, el mundo nos mirará; y al Canal también.
Otro ángulo, quizás más importante, es que al gobierno que surja de ellas tocará seguramente la responsabilidad de conducir a Panamá por el difícil camino de decidir qué alternativa tomar para modernizar el Canal. Para el 2009, año en que cesará su mandato, la decisión no sólo deberá estar tomada sino que deberán haberse suscrito los préstamos para financiar la obra y los contratos multimillonarios para llevarla a cabo. La decisión, sea cual fuere, elevará a la Nación hacia estadios de progreso inalcanzables o la conducirá a la perpetua ruina, sin puntos medios.
Desafortunadamente, los pasos que se están dando para la celebración de las que debieran ser las más prístinas elecciones de nuestra historia, nos están conduciendo al extremo contrario pese a las muchas voces de advertencia ciudadana para que rectifiquemos a tiempo.
Para empezar, el Ejecutivo ha impuesto en la Corte Suprema a dos magistrados con antecedentes políticos comprometidos con su causa, que se suman a otros dos previos, también conocidos simpatizantes de su signo. Fuera de eso, en los próximos meses, estará en condición de elegir a un quinto magistrado. Entre los cinco tendrán pleno control de la Corte, integrada por nueve miembros.
Lo anterior adquiere mayor relevancia, en el contexto de las recientes intromisiones decisorias del augusto tribunal en controversias partidistas que debieran ser de la exclusiva competencia del Tribunal Electoral, en particular el caso Afú, en el que la Corte acogió un recurso de hecho y ordenó al Tribunal Electoral remitirle el expediente, forzando la parálisis de su tramitación por el último.
Otras malas señales se observan en lo ocurrido con las elecciones internas de delegados de los partidos Arnulfista y MOLIRENA. En el primero, se dieron infinidad de componendas y maniobras legales y reglamentarias para que una nómina en poder del colectivo compitiera en ventaja contra su opositora, anulando nóminas y anulando escrutinios, entre otros. En el caso del Arnulfista, se dio en Puerto Armuelles el espectáculo bochornoso, televisado, de robo de urnas, que hizo recordar épocas que creíamos olvidadas. No hay que ser sabio para anticipar que en el próximo torneo electoral prevalecerán prácticas truculentas y legaloides, recursos sorpresivos, recusaciones, magistrados ausentes, suplentes que se encargan para resolver disparates, ganadores que perdieron y un país sumido en la más oscura incertidumbre. Ahora sí, el mundo nos mirará; y al Canal también.