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Malgastamos el dinero


Panamá no es un país pobre, pero en Panamá sí hay muchos pobres. Sucede que en nuestro país existen sitios o regiones en donde la vida no es fácil y quien elige vivir allí o nace allí tiene una buena faena por delante; igual que la tienen los esquimales, quizás, que si no mueven el esqueleto se mueren de hambre.
En nuestras ciudades y pueblos podemos hacerle llegar muchos servicios esenciales a los ciudadanos; servicios que constituyen para quienes los tienen, parte del criterio de pobreza o riqueza.
Quien tiene energía económica, calle, alcantarilla, policía, ambulancia, tiene muchas riquezas. Lo que no podemos pretender es llevarle esas riquezas a quienes viven u optan por vivir en la cima de una montaña en la mitad de Veraguas.
Por ejemplo, un indígena puede no tener ciertas cosas pero no por eso es pobre y su conocimiento puede ser muy apropiado para el medio en el que vive, pero no para la ciudad.
También es cierto que existen los recursos de más para que no existan pobres pero malgastamos cantidades de dinero absurdamente, en cosas como un tránsito y transporte abominable y en gobiernos exageradamente grandes que consumen la vitalidad del pueblo dando muy poco a cambio. ¡Y ni hablar de la corrupción!...
Un camino difícil llevará a la salida al final del túnel de la pobreza. Y es que todo ser humano debe ser emprendedor a nivel personal para surgir y eso es empresa. No existe otra ruta que nos conduzca al desarrollo que no sea a través de la acción emprendedora ciudadana, que tristemente se ha visto impedida por nuestras tendencias centristas y una economía mercantil de tipo clientelista o feudal, si se quiere. El agua se aclara sola al paso de la corriente.
En la medida en que sigan llegando otras gentes a Panamá, porque ven en ella futuro y traigan consigo inversiones, conocimientos y culturas que se vayan insertando en la nuestra, las cosas mejorarán. Con el tiempo serán panameños y todo su bagaje de riquezas también. De hecho, todo los panameños somos inmigrantes.
Geovana desea que sus hijos sean "alguien en la vida", pero no pretende forzarlos a estudiar nada que no les guste. Es una madre orgullosa, por lo que no perdió oportunidad de hablar del desempeño escolar de Joel, quien pasó para tercer grado con un promedio de 4.8.
En este cuadro se sumó pronto un hecho inesperado. Ella, Geovana, se embarazó accidentalmente. Se encoge de hombros y lo acepta de buen grado, porque ese niño se lo mandó Dios.
Sin embargo, la diferencia de edades hizo obligatoria la pregunta ¿qué harás si se enferma tu esposo? "Trabajaré como empleada", dice con voz melancólica. Y es que sólo llegó hasta tercer año de secundaria.
Una quiere ser arquitecta y las otras dos odontólogas, sin embargo, la difícil situación económica pudiera truncar la preciada meta de María, Marta y Mónica, hijas de Agapita y Salomón Serrano.
Los Serrano, como la mayoría de sus vecinos, tienen que luchar día con día contra la pobreza. Salomón es el único que trabaja, y como cocinero gana un salario mínimo que apenas alcanza para sus necesidades y los estudios de las niñas en la Escuela de Guarumal de Chilibre.
Como fiel creyente de la palabra de Dios, Agapita lee sus escrituras a diario para no perder la esperanza. Su esposo hace ingentes esfuerzos por conseguir un empleo mejor remunerado, ella, también quisiera trabajar, pero le preocupa dejar a sus niñas solas. Un día alguien pasaba con una hoja de zinc y por descuido se acercó demasiado a la niña y cortó parte de su cuero cabelludo, por lo que le angustia pensar lo que puede ocurrir en su ausencia.
Contrario a Agapita, Yadira Villarreta no tiene opción; como madre soltera, tiene que buscar el sustento de sus niños. Juan Carlos, el mayor, cuida de sus dos hermanos pequeños. Cuando llegamos entreabrió tímidamente la puerta de madera, y la mantuvo así hasta que nosotros, unos perfectos extraños, nos alejamos su hogar.
La comunidad de Nuevo Méjico N°2 tienen muchas lecciones que mostrar. La unidad como método para lograr sus propósitos (luz eléctrica, agua y la futura entrega de las escrituras de sus terrenos); el apoyo a los eslabones más débiles de la cadena; el esmero que ponen en mejorar la apariencia de sus pobrísimos hogares y el valor para asumir o tratar de mejorar con decencia la vida que les tocó vivir.

101 años de Panamá América

 
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