María al pie de la cruz
Vamos a remontarnos hace varios siglos, al momento en que Jesús estaba agonizando en la cruz. María Santísima, su madre, está al pie de aquel madero, contemplando, viviendo con dolor la tragedia de la muerte, del asesinato de su hijo, el Hijo de Dios. Jesús está experimentado la agonía, dejando su vida lentamente, y finalmente muriendo por amor a cada uno de nosotros.
Allí está María, al pie de la cruz, sufriendo el dolor tremendo que el anciano Simeón, hacía casi 33 años, ya le había predicho: "Una espada atravesará tu corazón, porque ese hijo tuyo ha sido puesto como piedra de salvación para muchos, pero también como piedra de tropiezo para otros que no quieren aceptar a Dios. Sufrirás mucho, pero tu gozo y tu alegría serán infinitos, porque serás madre de Dios y cooperarás en la salvación del mundo."
Cristo Jesús levanta sus ojos al cielo y dice, "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." María, cuyo corazón reboza del amor de Dios y es un eco de la palabra Divina, también dice, Padre, en el nombre de Jesús, perdona a los que están matando a mi hijo, porque yo también los perdono.
¡Qué corazón de madre más fuerte, lleno de misericordia y de amor, el de María! Cristo Jesús levanta nuevamente la mirada al Padre y le pide, "Padre, que mamá no se quede sola". Inmediatamente vuelve a ver hacia abajo, ve a Juan y le dice, "No dejes sola a mi mamá; mamá ve a la casa de Juan."
El corazón de Cristo es el de un hijo amante de su madre. Jesús está desangrándose en la cruz, asfixiándose, muriendo. Pero en lugar de pensar en sí mismo, está preocupado por su mamá, dando con esto un ejemplo de un hijo respetuoso y fiel a su madre. El es un hijo ejemplar, que nos enseña a respetar y amar a nuestra madre.
Allí está María al pie de la cruz, fuerte, vigorosa, no se desmorona. Cristo Jesús está muriendo y su madre está con El, muriendo también de dolor. María se mantiene firme al pie de la cruz. Al rato se escucha la voz del Hijo de Dios, "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Un profundo silencio y Cristo muere. El velo del templo se rasgó, hubo un terremoto, se apagó el sol y vino la oscuridad. El corazón de María se partió en pedazos, pero en su corazón estaba la luz del Espíritu que le decía, "tu hijo murió, pero no es para siempre. ¡El resucitará!
A las horas, bajaron el cadáver de Cristo. María tomó en sus brazos el cuerpo muerto de Jesús. En ese momento, María recuerda cuando ella abrazaba a su hijo recién nacido y lo acurrucaba en su pecho. Ella recuerda los momentos lindos que vivió con esa criatura, que fue creciendo poco a poco como todo niño. "¿Qué le han hecho a mi hijo? ¿Por qué lo han tratado así, si El es inocente, es bueno? ¿Por qué?" Ese es el mismo grito que se escucha hoy cuando muchas mamás experimentan el dolor y la tragedia de un hijo drogadicto o alcohólico que la sociedad corrupta ha llevado a la destrucción total.
Esas mamás gritan, "¿por qué a mi hijo?" ¿Por qué mi hijo es un borracho y un drogadicto? Allí está María hoy, sosteniendo en sus brazos la muerte mental, espiritual y física de tantos muchachos. Las mamás están sufriendo hoy por esa desgracia tan terrible que es la adicción a las drogas y el alcohol. Pobres mamás que sufren y lloran, sus corazones partidos por el dolor, la tragedia de sus hijos.
A ustedes, mamás, un mensaje de esperanza y amor. También María tuvo en sus brazos el cadáver de Jesús. Mas ella se dijo a sí misma, iluminada por el Espíritu, este hijo no ha muerto para siempre, El volverá a vivir. ¡Resucitará de entre los muertos! Ese hijo mío lo veré otra vez vivo para siempre, eternamente, porque yo creo que el poder de Dios es infinitamente más grande que la muerte y que Satanás. Dios Padre resucitará a mi hijo, Jesús. Y así fue, al tercer día, resucitó de entre los muertos y ya no muere más.
Si tu hijo está muerto por el pecado o experimenta en este momento la terrible plaga de la droga, del licor o cualquiera otra, hoy te digo a ti, madre que sufre, que tengas fe, ora manténte firme que tu hijo resucitará, como San Agustín. Después de tantos años de pecado, él resucitó a una vida nueva gracias a la oración constante de Mónica, su madre. Ella creyó en el poder de Dios y siempre pensó que Agustín algún día volvería a la vida divina. Y así fue, porque para Dios, ¡nada es imposible!
María fue una mujer fuerte, no fue blandengue; no se doblegó ante el sufrimiento, la tentación, el miedo, el fracaso ni ante el diablo. María tiene un corazón fuerte. Eso es lo que le pedimos al Señor para todas ustedes, mamás. Yo te digo, madre, que necesitamos que tu corazón sea fuerte, que resista cualquier prueba. Madre, si tú vives en Cristo, confías en El, aceptas que Cristo tiene poder y oras profundamente y con fe, con la ayuda de Dios, ¡SERAS INVENCIBLE!
Allí está María, al pie de la cruz, sufriendo el dolor tremendo que el anciano Simeón, hacía casi 33 años, ya le había predicho: "Una espada atravesará tu corazón, porque ese hijo tuyo ha sido puesto como piedra de salvación para muchos, pero también como piedra de tropiezo para otros que no quieren aceptar a Dios. Sufrirás mucho, pero tu gozo y tu alegría serán infinitos, porque serás madre de Dios y cooperarás en la salvación del mundo."
Cristo Jesús levanta sus ojos al cielo y dice, "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." María, cuyo corazón reboza del amor de Dios y es un eco de la palabra Divina, también dice, Padre, en el nombre de Jesús, perdona a los que están matando a mi hijo, porque yo también los perdono.
¡Qué corazón de madre más fuerte, lleno de misericordia y de amor, el de María! Cristo Jesús levanta nuevamente la mirada al Padre y le pide, "Padre, que mamá no se quede sola". Inmediatamente vuelve a ver hacia abajo, ve a Juan y le dice, "No dejes sola a mi mamá; mamá ve a la casa de Juan."
El corazón de Cristo es el de un hijo amante de su madre. Jesús está desangrándose en la cruz, asfixiándose, muriendo. Pero en lugar de pensar en sí mismo, está preocupado por su mamá, dando con esto un ejemplo de un hijo respetuoso y fiel a su madre. El es un hijo ejemplar, que nos enseña a respetar y amar a nuestra madre.
Allí está María al pie de la cruz, fuerte, vigorosa, no se desmorona. Cristo Jesús está muriendo y su madre está con El, muriendo también de dolor. María se mantiene firme al pie de la cruz. Al rato se escucha la voz del Hijo de Dios, "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Un profundo silencio y Cristo muere. El velo del templo se rasgó, hubo un terremoto, se apagó el sol y vino la oscuridad. El corazón de María se partió en pedazos, pero en su corazón estaba la luz del Espíritu que le decía, "tu hijo murió, pero no es para siempre. ¡El resucitará!
A las horas, bajaron el cadáver de Cristo. María tomó en sus brazos el cuerpo muerto de Jesús. En ese momento, María recuerda cuando ella abrazaba a su hijo recién nacido y lo acurrucaba en su pecho. Ella recuerda los momentos lindos que vivió con esa criatura, que fue creciendo poco a poco como todo niño. "¿Qué le han hecho a mi hijo? ¿Por qué lo han tratado así, si El es inocente, es bueno? ¿Por qué?" Ese es el mismo grito que se escucha hoy cuando muchas mamás experimentan el dolor y la tragedia de un hijo drogadicto o alcohólico que la sociedad corrupta ha llevado a la destrucción total.
Esas mamás gritan, "¿por qué a mi hijo?" ¿Por qué mi hijo es un borracho y un drogadicto? Allí está María hoy, sosteniendo en sus brazos la muerte mental, espiritual y física de tantos muchachos. Las mamás están sufriendo hoy por esa desgracia tan terrible que es la adicción a las drogas y el alcohol. Pobres mamás que sufren y lloran, sus corazones partidos por el dolor, la tragedia de sus hijos.
A ustedes, mamás, un mensaje de esperanza y amor. También María tuvo en sus brazos el cadáver de Jesús. Mas ella se dijo a sí misma, iluminada por el Espíritu, este hijo no ha muerto para siempre, El volverá a vivir. ¡Resucitará de entre los muertos! Ese hijo mío lo veré otra vez vivo para siempre, eternamente, porque yo creo que el poder de Dios es infinitamente más grande que la muerte y que Satanás. Dios Padre resucitará a mi hijo, Jesús. Y así fue, al tercer día, resucitó de entre los muertos y ya no muere más.
Si tu hijo está muerto por el pecado o experimenta en este momento la terrible plaga de la droga, del licor o cualquiera otra, hoy te digo a ti, madre que sufre, que tengas fe, ora manténte firme que tu hijo resucitará, como San Agustín. Después de tantos años de pecado, él resucitó a una vida nueva gracias a la oración constante de Mónica, su madre. Ella creyó en el poder de Dios y siempre pensó que Agustín algún día volvería a la vida divina. Y así fue, porque para Dios, ¡nada es imposible!
María fue una mujer fuerte, no fue blandengue; no se doblegó ante el sufrimiento, la tentación, el miedo, el fracaso ni ante el diablo. María tiene un corazón fuerte. Eso es lo que le pedimos al Señor para todas ustedes, mamás. Yo te digo, madre, que necesitamos que tu corazón sea fuerte, que resista cualquier prueba. Madre, si tú vives en Cristo, confías en El, aceptas que Cristo tiene poder y oras profundamente y con fe, con la ayuda de Dios, ¡SERAS INVENCIBLE!